Virreyes de la Nueva España; Luis de Velasco (padre)

 Luis de Velasco fue el segundo Virrey de Nueva España.

Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, segundo Virrey de La Nueva España, nació en 1515, en Carrión de los Condes (Palencia). Falleció en la ciudad de México en 1564. Llegó a México el 25 de noviembre de 1550 y ocupó el cargo de Virrey hasta su fallecimiento.

José Alberto Cepas Palanca

Virreyes de la Nueva España;
Luis de Velasco (padre)
Virrey Luis de Velasco (padre)
Datos biográficos
Luis de Velasco y Ruiz de Alarcón, segundo Virrey de La Nueva España, nació en 1515, en Carrión de los Condes (Palencia). Falleció en la ciudad de México en 1564. Llegó a México el 25 de noviembre de 1550 y ocupó el
cargo de Virrey hasta su fallecimiento.
Gobierno y hechos
El Emperador Carlos V
al salir de España le dio las consabidas instrucciones de mejorar la situación de los indios, de velar por la buena Administracióny evitar discrepancias con los poderes constituidos, especialmente que hiciera más llevadera la situación de los esclavos en las minas. Esto último comenzó por darle muchos sinsabores al querer ponerlo en práctica, pues,como le ocurrió a casi todos los Virreyes, tuvo que enfrentarse con los intereses creados y aquéllos que obtenían beneficios de la esclavitud le recibieron con gesto amenazador y siniestras intenciones, tratando de disimular su estado de ánimo y recurriendo a pretextos para disuadirle de sus buenos propósitos. Pero el nuevo Virrey, siguiendo el criterio que se tenía trazado, comenzó a dar la libertad a 150.000 indios, procurando que los
obreros oficiales siguieran trabajando en otros menesteres y que no cayeran en la abulia a la que su propia naturaleza les arrastraba.
Antes de llevar a efecto esta medida contestó a los que se oponían:
Que más importa la libertad de los indios que las minas de todo el mundo y que las rentas que pueda percibir la Corona, pues no son de tal naturaleza que por ellas se vayan a atropellar las leyes divinas y humanas.
Dictó disposiciones para que fuese también más llevadero el trabajo en las minas. Los indios libres, aunque tratados con mayor benevolencia que los negros, estaban sujetos al régimen poco humanitario de las encomiendas, a pesar de la defensa que hacían por su triste situación algunos sacerdotes y las protestas de los abusos cometidos por los encomenderos, de los que se informaba continuamente a la Corte.
Luis de Velasco, al asumir el poder, se encontró con una situación confusa y difícil para dar libertad a los mineros indios, viéndose obligado a hacerlos vigilar, para que no cayesen de nuevo en manos de sus explotadores.
También tuvo que contener la reciente explotación que se hacía de los esclavos negros, que habían aumentado extraordinariamente en los últimos tiempos del reinado de Carlos V, que se concedió autorización a Jorge
de Portugal, vecino de Sevilla, para que enviase a la Isla La Española la cantidad de 400 esclavos de Guinea y poco después, con el flamenco, Lorenzo de Gorrevot, Gobernador de la ciudad de Bresa, en Lombardía, Ita-
lia, la importación a la misma Isla de 4.000 negros procedentes de Guinea.
Éstos eran considerados como una mercancía cualquiera, por la que se pagaban los correspondientes derechos. Después, Gorrevot transfirió su contrato a unos genoveses, mediante una fuerte suma; más tarde se sucedieron los contratos con franceses, ingleses, alemanes, portugueses, etc.
La connotación de indios y blancos trajo en extenso mestizaje, así como no fue menor el de mulatos, de blancos y negros y en menor proporción el “zambo”, producido por la mezcla de raza negra e india. Luis de Velasco no solamente se interesó por mejorar la situación de los indios, sino que también controló el negocio que hacían los negreros, imponiendo leyes adecuadas para que fuese más llevadera la esclavitud de la raza de color.
Infinidad de negros, desafiando los peligros y las duras penas que las leyes les imponían y sobre todo los encomenderos, en cuanto se les presentaba la oportunidad huían a despoblados, donde, reunidos en bandas, se dedicaban al pillaje. Eran los cimarrones.
Los negros que estaban sometidos a la voluntad de los representantes de la Corona o de los particulares, tenían un fondo de bondad en su carácter, mayor que la de los indios. Tal vez porque su resignación era también mayor. El historiador dominico padre Labat dice: “Por poco que se les haga bien y que se haga de buena gana, aman infinitamente a sus dueños y no les arredra peligro alguno cuando se trata de salvarles la vida”. La opresión que hubo, jamás peor que la que otras naciones infringieron en su tiempo o más tarde a sus pupilos y aun a sus nacionales, no fue opresión de los Reinos de las Indias por la Corona de España, sino opresión de los indios.
negros y blancos por los mismos blancos y sus domésticos, mestizos y mulatos, en violación de las leyes españolas vigentes. Fueron responsables de esta opresión los blancos, ya americanos, ya europeos, que se habían instalado en las Indias para hacer dinero o para gobernar en nombre de la Corona.
Velasco en persona, con su escolta privada, inspeccionaba las minas y las tierras de labor que estaban a su alcance para ser vigiladas, estudiando los fallos que había, para después, serenamente, remediarlos en cuanto le fuera posible. Tanto los indios como los descendientes de raza negra sentían por él un gran afecto, distinguiéndole con los sobrenombres de “Padre de la Patria” y de “Prudentísimo”.
En los primeros meses del Virreinato llegó a México el Arzobispo fray Alonso de Montufar, quien manifestó su descontento por la situación en que se encontraba su diócesis, principalmente por el desorden que existía con respecto a la enseñanza religiosa, prestándole el Virrey su entusiasta colaboración, dentro de sus atribuciones de carácter civil, con lo que más tarde se obtuvieron grandes ventajas.
La peste invadió el país, causando infinidad de víctimas, principalmente entre el elemento indio. El Virrey, siempre atento y dispuesto a defender el territorio, así como a los que dependiesen de su jurisdicción, creó nuevos hospitales e hizo cuanto pudo para conseguir médicos y medicinas.
Con el fin de evitar en lo posible los asaltos a las diligencias que recorrían los caminos, algunas veces portadoras de grandes cantidades de dinero destinadas a las arcas del Tesoro Real, creó un Tribunal, semejante al que funcionaba en España, con el nombre de Tribunal de la Santa Hermandad, que se la tituló “Acordadas”.
El Virrey tuvo que reprimir una sublevación de la tribu de los chichimecas, que dirigida por el caudillo chichimeca
Maxorro, que se mantenía en plan de combate, a pesar de las frecuentes derrotas que sufrió, reorganizaba rápidamente sus fuerzas con voluntarios de otras tribus, a los que atraía y engañaba con promesas de cuantiosos botines. En emboscadas y asaltos apoblados indefensos, cometieron terribles matanzas, especialmente de
religiosos. “Quien conozca la historia de los indios de América sabe cómo surgieron sus instintos de fieras, no bien tuvieron la oportunidad de revelarlos. Las matanzas frías y crueles de misioneros y sacerdotes indefensos
llenan las páginas de las crónicas. Esto ocurría fundamentalmente porque sus creencias religiosas nunca fueron profundas y sólidas, sino superficiales, fingidas, adoptadas por temor o conveniencias” – dice Enrique García,
en su Nueva Historia de América.
En 1553, a causa de las lluvias, hubo una inundación causando muchas víctimas y dejando sin hogar a numerosas familias de México capital. El Virrey se vio enfrentado ante esta difícil situación. Gracias a su serenidad y
temple tomó las medidas adecuadas para cada caso, organizando un servicio de canoas para trasladar a los habitantes de una orilla a otra. La misma capital fue invadida por las aguas, y el Virrey, secundado por los
caciques y las cuadrillas de negros e indios que se pusieron a su disposición, procedieron al desagüe, arriesgando incluso sus vidas en las situaciones peligrosas. Ordenó que se tomaran las medidas pertinentes para que no volviera a repetirse una situación parecida y obligó al Ayuntamiento a que activara los trabajos.
En 1554, se organizó una expedición para explorar la región de Zacatecas, rica en minerales, especialmente en plata, según manifestó con anterioridad Francisco Vázquez de Coronado4, y con el fin además de construir viviendas y organizar poblados, nombrando jefe de dicha expedición a su yerno, Francisco de Ibarra 5 , persona adinerada y de gran prestigio. En la primera jornada llegaron hasta el valle de San Martín, cerca de la ciudad de Puebla. Allí, Ibarra reunió un mayor número de tropas y reanudó el viaje, fundando en el camino la villa Nombre de Dios, perteneciente al municipio de Durango, constituyendo en aquellos territorios una provincia, a la que llamó La Nueva Vizcaya6, de la que se nombró Gobernador, repartiendo tierras entre los españoles que iban a cultivarlas. En su recorrido encontró bastantes tribus de indios que les ofrecieron resistencia, teniendoque luchar con arrojo y valentía para defender lo conquistado. Llegaron ala demarcación de la Nueva Galicia
y al adjudicarse parte de los territorios en nombre de la Corona, que ya habían sido descubiertos por los explora-
dores y conquistadores NuñoBeltrán de Guzmán8 y Ginés Vázquez de Mercado, la Audiencia de aquella provincia se consideró despojada en sus intereses y armó a varios vecinos para defender sus derechos por medio de las armas. Diego de Ibarra, tío del Gobernador de Nueva Vizcaya, Francisco, intervino a tiempo, comunicándoselo al Virrey para que él decidiera, pero éste prefirió someter el caso al dictamen del Emperador, también llamado el “César” Carlos V. Algún tiempo después se falló el pleito a favor de La Nueva Vizcaya.
En 1555 se celebró en México capital un Concilio Provincial asistiendo varios Obispos, entre ellos el de Chiapas y Oaxaca. Acudieron muchas comunidades religiosas y Cabildos, donde se tomaron medidas urgentes para
resolver las rencillas entre los prelados y las Órdenes religiosas. Las congregaciones religiosas se encontraban en una situación muy confusa a causa del fallecimiento del Arzobispo franciscano Juan de Zumárraga9 en 1548.
El 22 de octubre de 1555, el Emperador Carlos I de España y V de Alemania, abdicó en favor de su hijo Felipe –
FelipeII – en Bruselas de los Estados de Flandes y de Brabante, y en 1556 de sus dominios en España. Por tal
motivo se celebraron en México grandes ceremonias y se procedió al juramento de lealtad y sumisión al nuevo Rey, a quien por carta escribe a Luis de Velasco felicitándole por la atención beneficiosa que presta a los indios y le vuelve a recomendar que llegue a cuanto le sea posible en su cometido.Posteriormente le indica que ha de intervenir en La Florida para sacarla del caos en que se encontraba desde que fuera descubierta por Ponce de León
10. El Virrey se apresuró a cumplir la voluntad del Rey organizando un cuerpo de Ejército de 2.000 hombres poniendo al frente al General Tristán de Luna y Arellano11, preparando 13 embarcaciones con suficiente armamento,con 1.000 colonos que zarparon del puerto de Veracruzpara establecerse en la costa oriental de Florida, pero la expedición fracasó debido a la hambruna y a las revueltas de los hostiles guerreros nativos. En agosto de 1559 llegó a la bahía de Pensacola, donde fundó la ciudad de Santa María, que fue al poco tiempo destruida por un huracán.
Desorientado, envió un navío que naufragó en una tormenta.Los españoles se vieron forzados a marcharse teniendo que refugiarse en La Habana, para regresar posteriormente a México.
A principios de 1564, Velasco encargó a Legazpi 12 y a Urdaneta 13  una expedición con una flotilla de cuatro navíos por el Pacífico hasta las Islas Filipinas, donde Magallanes 14 y López Villalobos 15 habían llegado
en 1521 y 1543.
Durante el Virreinato de Luis de Velasco, se fundó en 1560 otra Audiencia en Guadalajara. Se crearon y organizaron muchos centros culturales para la educación de blancos, indios y mezclas de ambas razas. Se enseñaba el castellano así como el “náhuatl”, idioma de los aztecas, con la indicación preferente del Monarca que se enseñara el castellano. Igualmente se enseñó el latín, por el que muchos frailes sentían predilección. El Virrey dio un gran impulso a las artes y los oficios. Los indios, al igual que ocurría en tiempos anteriores con las armas de fuego, mostraron su asombro ante las herramientas que se les entregaban para el trabajo; pero una vez que las utilizaban se sentían satisfechos procurando conseguir el mayor rendimiento con ellas. La imprenta ya funcionaba en México, desde los tiempos del Arzobispo Zumárraga, estando a cargo de esa imprenta Juan Pablos 16, publicándose muchas obras. Se mejoró la agricultura, trayendo de España y de otros países de la América española semillas, plantas y ganado, como lo hizo su antecesor, Antonio de Mendoza y antes que ellos los primeros conquistadores y colonos. Protegió la industria textil, la cerámica y la orfebrería. Con el sistema de “obrajes”17, la manufactura textil se hizo
a gran escala, encargándose del trabajo los indios preferentemente, alcanzando un relativo nivel comercial. Se construyeron muchos telares, incluso de seda, dándole a este ramo de la industria mayor impulso con la introducción de la morera, que fue enviada por indicación del Emperador Carlos I.
En 1563, se produjo la conspiración llamada “Conspiración del Marqués del Valle” que trajo como consecuencia muchos procesos y persecuciones ilegales por parte de la Real Audiencia.
Se descubrieron grandes yacimientos de plata, a donde acudieron a las minas y ciudades colindantes muchos aventureros. Hablamos de las minas de Pachuca, Fresnillo, Guanajuato, Santa Bárbara, Sombrerete, Zumpango
y San Luis Potosí, entre otras.
Cuando Velasco tenía preparada otra nueva expedición para poblar las Islas Filipinas, se vio obligado a suspenderlo por una grave enfermedad, que le produjo su muerte el 31 de julio de 1564. Su entierro constituyó
una manifestación de duelo impresionante, pues era muy querido y respetado por todos aquellos que tuvieron que depender de él o fueron sus allegados o amigos, siendo depositados sus restos mortales en la iglesia de
Santo Domingo de la capital mexicana.
Como prueba de pesar por la pérdida irreparable, el Cabildo de la Iglesia de México manifestó su sentimiento en una carta enviada a Felipe II: “Ha dado a La Nueva España muy grande pena su muerte, porque con la gran-
de experiencia que tenía, gobernaba con tanta rectitud y prudencia, sin hacer agravio a ninguno, que todos le teníamos en lugar de padre. Murió el último día de julio, muy pobre y con muchas deudas, porque siempre
entendió de tener por fin principal hacer justicia con toda limpieza, sin pretender adquirir cosa alguna que servir a Dios y a Vuestra Majestad, sustentando el Reino en suma paz y quietud”.
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