Tres grandes exploradores Españoles: Elcano, López de Legazpi y Andrés de Urdaneta…

La epopeya de Elcano

Martes 08 de Agosto, 2017
El 6 de septiembre de 1522, 18 hombres demacrados, sin fuerzas, exhaustos, llegaban capitaneados por Juan Sebastián Elcano al puerto de Sanlúcar de Barrameda, el mismo del que habían partido tres años antes para realizar un periplo impensable: dar la vuelta al mundo. Por: Iván Rámila
elcano

Fue una de las gestas más heroicas jamás realizadas. Un auténtico ejemplo de navegación, aventura y… supervivencia. ¿Cómo, si no, explicar que 18 hombres regresaran vivos el 6 de septiembre de 1522 al puerto de Sanlúcar de Barrameda, tras haber dado la vuelta al mundo en un periplo de tres años, y a bordo de barcos carentes de alimento, aparejo y con un casco repleto de vías de agua? Y, sin embargo, en España apenas existe bibliografía sobre aquel acontecimiento y su capitán, Juan Sebastián Elcano. Quizá porque, como dice el escritor guipuzcoano José Luis Olaizola, “los vascos nos hemos cuidado más con las armas y la navegación, que con las letras. Parafraseando al historiador Garibay, no nos hemos preocupado de contar nuestra propia historia”.
Como tantos hombres de su época, se desconoce la fecha exacta del nacimiento de Juan Sebastián Elcano. Se baraja la de 1476, pero es incierta. Lo que sí está constatado es que nació en la villa de Getaria, a 20 kilómetros escasos de San Sebastián. Y como pueblo costero que es, la familia Elcano hizo del mar su profesión.
El futuro héroe fue el primogénito de los nueve hijos engendrados por Domingo Sebastián de Elcano y Catalina Portu. Su padre disponía de nave propia, heredada de sus antepasados, lo que en aquel tiempo era signo de acomodo, ya que la alquilaba para que otros faenaran con ella bien a jornal o por una parte de las ganancias obtenidas. También disponían, por legado, de una huesa en la iglesia de San Salvador de Getaria, donde estaban enterrados sus ancestros, y de la que el segundo hijo, Domingo de Elcano, llegaría a ser nombrado presbítero.
Así, ya desde muy pequeño, el primogénito aprendió las artes de la navegación, a leer los vientos, a sufrir con las tempestades y a comprender que el mar podía darlo y quitarlo todo.
Por aquel entonces, en el País Vasco permanecía muy arraigado el negocio del contrabando. Los vascos, gracias a sus fueros, tenían permiso para negociar con ciertas mercancías sin el deber de pagar los impuestos aduaneros estipulados. Un suculento negocio al que Juan Sebastián se dedicó durante su juventud, viajando incluso a tierras lejanas como Flandes para adquirir telas que posteriormente vendía en Castilla.
Con los beneficios obtenidos emprendió una nueva empresa: participar en las campañas que el Gran Capitán dirigía en el Mediterráneo y en las del cardenal Cisneros contra las plazas de Orán, Bujía y Trípoli. Viendo la necesidad que España tenía de naves, decidió armar una nao de 200 toneles para venderla o alquilarla a la Corona. Lo que iba a ser la consagración económica, se convirtió casi en su perdición. Los costes del material se encarecieron de tal modo que Elcano tuvo que pedir un préstamo a banqueros saboyanos, poniendo en prenda la propia nave y confiando en poder pagarlo con el dinero procedente de la Corona. Pero éste no llegó y el barco fue requisado por los saboyanos. Los regidores de Castilla entendieron que Elcano había consentido que un buque de pabellón español cayera en manos extranjeras y lo persiguieron para encarcelarlo si no pagaba la cuantiosa multa estipulada: precio del navío y confiscación de la mitad de los bienes personales.
Y así fue como el marinero recaló en Sevilla, huyendo de la “Justicia” castellana.
UN PLAN AUDAZ
Era 1519. Hacía dos años que otro navegante, conocido como Fernando de Magallanes –Fernaõ de Magalhães–, se estableció en la misma ciudad. Oriundo de Portugal, Magallanes llegaba después de que el rey Manuel, el Afortunado, rechazara su proyecto de alcanzar las islas de las especias –Molucas–, abriendo una nueva ruta por el Oeste, lo mismo que propusiera Colón casi treinta años antes. La ventaja de Magallanes estribaba en que él había servido en la conquista de la India y en la de Mombassa, y sabía, casi con certeza, que hasta aquellos parajes podía llegarse a través de un paso aún desconocido bajo el continente americano.
En España sí fue oído por el emperador Carlos I, a quien le interesaba arrebatar parte del poderío económico portugués. Además, el plan de Magallanes, ya súbdito español, era el único posible si se quería respetar el Tratado de Tordesillas, por el que los barcos españoles no podían recorrer mares pertenecientes a la corona portuguesa, y viceversa. Y, en aquel entonces, Portugal dominaba todas las aguas que rodeaban a las Molucas desde el Este.
Decidió organizarse una armada desde la Casa de Contratación de Indias, compuesta por cinco naves: la Trinidad de 110 toneles, la San Antonio con 120, la Concepción que desplazaba 90 y las Victoria y Santiago, de 85 y 75 toneles respectivamente. El precio total de esta empresa ascendió a tres millones de maravedíes, costeados casi íntegramente por Magallanes, sabiendo que si la travesía finalizaba con éxito, tal cantidad resultaría nimia comparada con los ingentes beneficios que aportaban las especias, principalmente la nuez moscada y el clavo.
Magallanes, como capitán general, se reservó el mando de la Trinidad –nave capitana–, mientras que los otros barcos serían dirigidos por portugueses y españoles. A Elcano le correspondió el cargo menor de maestre en la San Antonio.
La tarea más ardua resultó enrolar a la tripulación necesaria para completar todas las naves. La escasa calidad de los barcos y el destino incierto al que les llevaba Magallanes, causaban el recelo de los marinos. La solución vino del extranjero. Entre los 265 hombres que compusieron finalmente la escuadra, había franceses, italianos, griegos, alemanes, malayos e ingleses, además de portugueses y españoles. Durante los meses que duraron los preparativos, hubo marineros que embarcaban, desembarcaban y dejaban su puesto a prófugos de la Justicia que utilizaban prestado el nombre de los desertores. Los maestres sabían de la jugada, pero no decían nada por la necesidad de completar el número.
La armada partió el 10 de agosto de 1519 precedida de una descarga de artillería y de la confesión común, impartida por los tres capellanes embarcados.

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l Tornaviaje Andrés de Urdaneta (1564-65)

Carlo A. Caranci

Durante más de dos siglos los barcos españoles cruzaron el Pacifico desde Méjico a Filipinas, manteniendo abierta una ruta de importancia fundamental para el Imperio español, en particular para el comercio y las relaciones con el Asia oriental y del sudeste y con las posesiones españolas del Pacifico occidental.

L a existencia de rutas comerciales es algo obviamente necesario en el entramado de un imperio, y en esto el español no fue una excepción. La preocupación por el establecimiento de rutas terrestres y marítimas fue una constante en la América española y en el Atlántico, y lo será en el Pacífico.

El reino de Castilla (que ya comenzaba a llamarse “de España”) estaba ansioso por participar en el comercio europeo con el Oriente –iniciado por los portugueses—e igualmente por aumentar sus posesiones incluyendo, nolens volens, a otros pueblos, y, por añadidura, ampliar los limites de la Cristiandad y reducir los del Islam.

Ir y volver.

Desde el momento en que Castilla alcanza Insulindia –-concretamente las Molucas y luego las Filipinas- se hizo necesario establecer una ruta que llevara desde la Península Ibérica a esa parte del Pacífico occidental. Hasta comienzos del siglo XVI, la ruta habitual para alcanzarla era la que, inagurada por los portugueses, partía de la península, salía al Atlántico, rodeaba África, salvaba el cabo de Buena Esperanza, entraba en el océano Índico, superaba el subcontinente indio y llegaba a lo que es hoy Malasysia e Indonesia, y a las Filipinas.

Ya la expedición del equipo formado por Magallanes y Elcano de 1519-1522 (es decir, la que iba a efectuar realizar la primera vuelta al mundo, emprendida por ambos y completada por el segundo), permitió pensar en alcanzar Asia por occidente, cruzando el Atlántico, buscando un paso hacia el oeste por el continente americano (que será el estrecho de Magallanes), salir al Pacífico y cruzarlo hasta alcanzar Asia. Cuando España penetra en México occidental y en el Perú, es decir, al instalarse en las costas del Pacifico, fue cuando parecía estar al alcance de la mano la posibilidad de llegar a Asia cruzando el Pacífico desde América. Cruzándolo y retornando, claro está.

Pero esta ruta va a presentar algunas particularidades. Una ruta comercial no puede ser de dirección única: a ser posible — si no se quiere realizar un interminable viaje de circunvalación de la Tierra– debe tener vuelta por el mismo camino o por uno mas o menos paralelo o, al menos, de una longitud semejante. Pero la ruta Nueva España (o México) aInsulindia no la tenía: la vuelta debía hacerse por la ruta alternativa que hemos mencionado antes, por el océano Índico, el cabo de Buena Esperanza y el Atlántico, lo que alargaba mucho el recorrido. Por eso, establecer una ruta de ida y vuelta, es decir, con tornavíaje, por el mismo Pacifico, era una tarea prioritaria.

Ya los polinesios hablan hallado diversas rutas que cruzaban el Pacífico en varias direcciones, de oeste a este, de sur a norte y a la inversa, principalmente, primero en sus migraciones más antiguas, de “poblamiento”, hacia el centro del océano, provenientes de lo que hoy se llama Insulindia; y, lueqo, durante los viajes posteriores, de poblamiento secundario, llegando hasta Rapa Nui (hoy Pascua) y hasta las Hawai. Pero esto no lo sabían los castellanos en el siglo XVI, cuando no se hablan producido aún contactos significativos entre europeos y oceanianos.

Así, ya desde el viaje de Magallanes y Elcano se plantea el retorno a América (y por tanto a Europa) por el Pacífico. Cinco fueron los intentos que se saldaron con otros tantos fracasos. Sólo al sexto se consiguió, con Urdaneta.

LOS INTENTOS DE TORNAVIAJE

EL PRIMER INTENTO

Durante el viaje de Magallanes y Elcano, un hecho circunstancial –el que una nave, la Trinidad , necesitase largas reparaciones en Tidore (Molucas) y no siguiese a la otra, la Victoria , en su viaje de vuelta por el oeste– hizo que su capitán, Gonzalo Gómez de Espinosa, para no retrasarse más, intentara volver a Panamá dirigiéndose hacia el este, atravesando el Pacífico.

La neve Trinidad reinició su viaje de vuelta el 6 de aril de 1522, tocó dos islas de las Carolinas que los europeos no conocían, siguió hasta el paralelo 40º, casi, precisamente a la altura de la ruta que más tarde se adoptaría para ir de Filipinas a México. Pero los vientos contrarios, las tempestades y las numerosas muertes por escorbuto, le decidieron a volver a Tidore, donde fue capturado, junto con otros españoles, por los portugueses, que se habían instalado en esa isla de las Molucas. La intentona había fracasado.

EL SEGUNDO INTENTO

Lo realizó cinco años más tarde, en 1527, Álvaro de Saavedra. Éste habia sido encargado por su primo Hernán Cortés de hallar las expediciones de Loaysa y de Caboto y de llevar refuerzos con una flota desde México –sería la primera vez que salían de allí–, a los castellanos que habían conseguido instalarse en algunas de las islas Molucas y estaban en conflicto casi permanente con los portugueses.

En Junio de 1528 Saavedra salía de Tidore en la nave Florida con la intención de volver con refuerzos, y trató de retornar a México por el este. Pasó por algunas de las islas melanesias próximas, por el norte, a Nueva Guinea, luego se dirigió hacia las Carolinas; pero las corrientes contrarias, las calmas y las tempestades lo forzaron a retroceder por las Marianas y las Filipinas y volver a Tidore en noviembre del mismo año.

EL TERCER INTENTO

Lo va a protagonizar también Saavedra. En Tidore repara el Florida y en mayo de 1529, en contra de la “opción oeste” para el tornaviaje, del gobernador español de las Molucas, levó anclas otra vez y se dirigió a México. Y de nuevo tempestades y calmas lo detuvieron semanas y meses, pero consiguió llegar a las Carolinas orientales y quizá se acercó también a Wake y a las Hawai. Pero Saavedra murió, y aunque la tripulación prosiguió el viaje, pronto, al llegar al 31º de latitud, el barco estaba en tan malas condiciones y el mar y los vientos hicieron el resto. A fines de 1529 el Florida ha de dar la vuelta hacia Gilolo, en las Molucas. Es el tercer fracaso.

EL CUARTO INTENTO

Sólo en 1544 se insistirá en el tornaviaje. En 1542 el virrey de la Nueva España , organiza una expedición desde el puerto de Navidad, en la costa mexicana del Pacifico. La manda el malagueño Ruy López de Villalobos, pariente del virrey.

Después de alcanzar el archipiélago filipino, y tras diversos contratiempos, decidió pedir ayuda al virrey de México. Para ello encargó a Bernardo de la Torre que con el navío San Juan tratase de llegar a América por el este. Salió el marino desde la isla de Sarangán, en Filipinas, en agosto de 1544. Se dirigió al noreste, hacia las islas de los Ladrones (luego llamadas Marianas) y alcanzó la isla de Kazan Rettó, del archipiélago de las Bonin -hoy Japones-; pero más al norte una fortísima borrasca lo obligó a volver sobre sus pasos.

EL QUINTO INTENTO

Mientras tanto, Villalobos, con los barcos y las tripulaciones muy maltrechos, buscaba refugio y ayuda en las Molucas portuguesas: los portugueses los ayudaron a reparar las naves, en particular la San Juan , con la que Iñigo Ortiz de Retes debía realizar un nuevo intento de volver a México por el este para pedir ayuda. En mayo de 1545 inicia la nueva búsqueda del tornaviaje: pasa por diversas islas próximas a Nueva Guinea y por la costa norte de esta isla, de la que tomó posesión (obviamente nominal), en nombre de la Corona española, en junio de 1545.

Pero a partir de agosto, las borrascas y el descontento de las tripulaciones forzaron el regreso a Tidore, en octubre. Tras este nuevo fracaso, pasaron algunos años antes de que los castellanos intentaran de nuevo volver del Pacífico occidental a América por el oriente.

URDANETA

Parecía una maldición: algo aparentemente tan simple como volver de un viaje, por muy largo que fuera el recorrido, estaba resultando imposible. Se había convertido en un obsesión de la Corona y de los virreyes de la Nueva España.

Pero hubo que esperar todavía veinte años, hasta la expedición de Miguel López de Legazpi a Filipinas (1564-1565), para que se vuelva a plantear la búsqueda de una ruta de tornaviaje a través del Pacífico.

Para este cometido la selección del hombre adecuado no se presentaba fácil pese a que el reino de España poseía un gran número de hombres y tripulaciones expertas en viajes transocéanicos –y podía contar con otros provenientes del extranjero, también de gran experiencia y conocimientos–. Competentes capitanes, pilotos y cosmógrafos han fracasado en sus intentos. Pero se hace perentorio hallar una ruta que permita acortar el tornaviaje.

Cuando se proyectó la expedición de Legazpi uno de los problemas es encontrar un experto que pudiera responsabilizarse del tornaviaje. La elección recayó sobre Andrés de Urdaneta, veterano ya en aventuras americanas y oceánicas y superviviente de la expedición de Loaisa.

EL COSMÓGRAFO URDANETA

Urdaneta es una de las fiquras más completas de la historia de la penetración colonial española en América y en el Pacifico. Fue un hombre serio, competente, en el que se podía confiar, y de un nivel profesional notable.

Nació en Villafranca de Oria (Pais Vasco, integrado ya en el Reino de Castilla), en 1508 o 1510; su padre era alcalde de la localidad. Estudió durante un tiempo filosofía y teología.

Inició sus viajes muy joven: a los diecisiete años formó parte, como hemos mencionado, de la expedición de García Jofre de Loaysa a las Molucas, como criado y asistente del ya veterano piloto mayor Juan Sebastián Elcano –el primero que babia dado la vuelta al mundo–.

La expedición proyectaba repetir el viaje de Magallanes y Elcano de unos años antes. En abril de 1525 parte hacia las Molucas (pero también quería llegar a Cipango, o Japón). De los siete barcos que la componían la expedición, sólo uno llegó a Tidore el 1 de enero de 1527. El propio Urdaneta nos ha dejado unaRelación que presentó al emperador Carlos V , que cubre de 1525 a 1535 , en la que nos cuenta las terribles aventuras de las tripulaciones; murieron cuarenta hombres, entre otros el propio Jofre de Loaysa en julio, y luego Elcano en agosto de 1527.

En 1524 había estallado la guerra entre Portugal y Castilla por las Molucas, donde había cuatro reinos principales:Ternate, Gilolo (hoy Jailolo, o Halmahera), Tidore y Bachan (hoy Bacan). Portugueses y españoles alegaban que el archipiélago se incluía en “su” hemisferio, fijado por el Tratado de Tordesillas de 1494. Ambos reinos, ya desde los tiempos de Magallanes, pretenderán apoderarse de las islas, con suerte alterna, por medio de acuerdos con los gobernantes locales, o por la fuerza, e interviniendo en la política y las guerras entre los gobernantes moluqueños.

En plena guerra, Urdaneta se había quedado en Gilolo, con otros supervivientes de la expedición, para dedicarse a la reparación de algunas naves y la construcción de otras, participando en algunos combates contra moluqueños y portugueses.

En las Molucas castellanos, vascos, andaluces y otros vivían cerca de la población local, y no son pocos los que cometieron desmanes, fuerzaron a las mujeres(muchos hijos que de muchas negras tenían”) y semiesclavizaron a los hombres. Algunos eran meros delicuentes. El propio Urdaneta participó de todo esto: uno de los mestizos era hijo suyo.

Durante los once años que Urdaneta vivió en las Molucas adquirió conocimientos sobre las poblaciones y geografia del área y sobre la navegación por esa parte del mundo, haciendo acopio de experiencia administrativa, política, náutica y militar (obtendrá algunos éxitos en conseguir la firma de tratados con algunos pequeños gobernantes locales de Gilolo y Tidore, y en tratar con los portugueses; elaboración de cartas marítimas de algunas Molucas, que luego serán de utilidad para la expedición de Legazpi de 1564). Y adquirirá rudimentos de lenguas locales.

Cuando llegan a Tidore los restos de la flota de Saavedra, 1528, Urdaneta está todavía en las Molucas. Con los refuerzos, los caste11anos pueden contrarrestar los intentos portugueses hasta 1529: en este año Carlos V, por el Tratado de Zaragoza, vende los derechos sobre las Molucas a Portugal por 350.000 escudos. Los Castellanos, con la avuda portuguesa, acabarán evacuando las islas y volviendo a España por la ruta occidental (1532 y 1533), es decir, por la del sur de Asia, rodeando Africa. Urdaneta permanece en la zona hasta el año 1535, en que se dirige a Malaca y, de aquí, a Cochin (en lo que es hoy la India ), llegando en 1536 a Lisboa –y dando también él la vuelta al mundo–, donde los portugueses le confiscan escritos, libros y material diverso que había reunido o elaborado durante esos años, en los que recorrió el archipiélago malayo.

Así, pues, en 1536 Urdaneta estaba en España, de donde, en 1538, pasó a México, a petición de Pedro de Alvarado, para preparar una expedición por el Pacifico, que se malogró por la muerte de este último.

En México, donde vive casi treinta años, ocupa cargos en la administración virreinal con el virrey Antonio de Mendoza, en la administraci6n de justicia, y es corregidor en varios pueblos– y participa en algunas operaciones militares. En 1553, estando Urdaneta en México, parece sufrir una “crisis espiritual” y decide abandonar “la vida que llevaba ” e ingresar en los Agustinos, quizá influido por sus relaciones, durante sus viajes, con misioneros de esta Orden. En el convento será, gracias a sus conocimientos, maestro de novicios.

URDANETA Y LA EXPEDICION DE LEGAZPI

En los años siguientes al último fracaso en la búsqueda del tornaviaje, existía la firme creencia de que era prácticamente imposible volver a América por el este. Pero, en 1559, Felipe II aceptó la sugerncia del virrey de Nueva España, Velasco, de enviar una expedición hacia el Pacífico occidental, con el fin de -abandonadas ya las Molucas- intentar la penetración en el archipiélago de San Lázaro, más tarde llamado, en honor al rey, de las Filipinas.

Para organizar la expedición, el propio virrey sugirió asimismo a Felipe II que contase con un experto cosmógrafo, con la experiencia de viajes anteriores y conocedor de Insulindia, que se hallaba en México: Andrés de Urdaneta. Éste ya había manifestado su interés por el tornaviaje, había madurado la idea, y creía firmemente que era posible la vuelta. Se le había oído decir que “él haría volver no una nave, sino una carreta” de las islas de Poniente. También creía Urdaneta que entre América y Japón había islas habitadas por hombres “blancos” muy ricos y amistosos, lo que era una auténtica fantasía.

Urdaneta, decía el virrey, podría encargarse si no de mandar la expedición –pues era fraile– si de planificarla, de organizar la travesía y proponer la ruta. En México se construirían las naves, y mexicanos serían también los componentes de las tripulaciones.

La finalidad de la expedición, además de la conquista de nuevas tierras, era, como expresó el rey en una carta al virrey, “que se vea si es cierta la vuelta”, es decir, determinar la ruta del tornaviaje. Para ello Felipe II aceptó la sugerencia de Velasco respecto a que se contase con Urdaneta y, en una carta a éste, le pidió que fuera en la expedición que se quería organizar, “y porque según la mucha noticia que diz que tenéis de las cosas de aquella tierra y entender, como entendéis bien, la navegación della y ser buen cosmógrafo, sería de gran efecto que vos fuesedes en los dichos navíos”.

Urdaneta aceptó el encargo, pese a insinuar al rey que ya le ha servido suficientemente y que se encuentra delicado de salud. Pero añade que:

“El Virrey, Don Luis de Velasco, me ha comunicado el mandato de Vuestra Real Majestad acerca de lo que toca a la navegación que manda hacer al Poniente; y tratado con él lo que me ha parescido que conviene al servicio de Nuestro Señor, e de Vuestra Majestad, acerca de este negocio, a Su Señoria le ha parecido que Vuestra Majestad será servido en que se dé cuenta a su Real Persona dello. E así, juntamenta con esta, va mi parescer sobre ello para que Vuestra Majestad, mandado ver, provea lo que mas fuere su servicio. A V.M. suplico se resciba de mi la voluntad con que sirvo, que es con deseo de acertar en el servicio de Nuestro Señor Dios, y de V.M., cuya Real Persona y muy gran Estado Nuestro Señor guarde y conserve, con augmento de muy mayores Reinos y Señoríos (…)”.

Finalmente a Urdaneta se le encargó la construcción de la flota y la contratación de las tripulaciones y se le confió la dirección. Urdaneta propuso al rey como capitán general a un conocido suyo de Zumárraga (Guipúzcoa), que había sido escribano y alcalde oridenario de Ciudad de México, Miguel López de Legazpi.

LA EXPEDICIÓN LEGAZPI Y URDANETA

Pero la muerte del virrey Velasco retrasó la construcción de la flota y los preparativos nada menos que cinco años.

Hasta 1564 no volvió sobre el asunto la Audiencia de México, que entregó las instrucciones pertinentes con fecha de 1 se septiembre de ese año. Así pues, Urdaneta se volvió a ocupar de los preparativos y se confirmo a Legazpi como capitán general de la flota.

La flota quedó compuesta por cinco barcos, la nao capitana “San Pedro”, de quinientas toneladas, el “San Pablo”, de cuatrocientas, el galeoncete “San Juan “, de cien toneladas, el patache “San Lucas “, de cuarenta toneladas, de cien toneladas, y un bergantín. La tripulación era casi totalmente mexicana: trescientos cincuenta y cinco hombres (otros autores hablan de cuatrocientos), de los cuales cientocicuenta eran marinos, doscientos eran soldados y había también cinco religiosos agustinos. Buena parte del material y los animales eran también mexicanos. Algunos autores, en consecuencia, ven esta empresa, como mexicana o, al menos, hispano–novohispana, lo que es acertado.

Legazpi –que en el viaje llevará a su sobrino, el factor Andrés de Mirandaola — se encargó del aspecto político- militar; Urdaneta de la dirección náutica de la expedición, y, como clérigo –era prior–, será nombrado prelado y “protector” de los “indios” (así se llamaba a quienes poblaban América y, por extensión, a los pueblos de las Molucas y de Filipinas) de las regiones a las que llegasen, o “descubriesen”, los expedicionarios y que se pretendia “poblar” (es decir, llevar colonos para ocupar las tierras de los autóctonos).

Finalmente, Urdaneta y Legazpi salen del puerto de la Navidad (Jalisco, en México}, casi tres meses después de emanadas las instrucciones de viaje, el 21 de noviembre de 1564.

Durante algunos días se dirigieron hacia el suroeste hasta que Legazpi, según las órdenes recibidas, abrió el pliego de instrucciones en alta mar: Urdaneta quería dirigirse al sur del ecuador, a Nueva Guinea, a donde creía que iba la expedición. Pero las instrucciones indicaban que la meta son las Filipinas, que se debían “conquistar” y “poblar”. Así, pues, Legazpi se encaminó hacia el oeste, y llegó hasta algunas islas de lo que es hoy Micronesia el 9 de enero de 1565, como el pequeño atolón de Mejit, en la cadena de Ratak, de las Islas Marshall orientales, que llamaron “de los Barbudos ” –al hallar a un qrupo de personas con largas barbas– y algunas otras de las Marshall, como Jemo, Ailuk, Wotho, en la cadena de las Ralik.

El 22 de enero los expedicionarios cruzaban por entre unas islas que confundieron con las Filipinas; pero Urdaneta, que ya conocía la zona, dijo pertenecer a las Islas Marianas meridionales, que los españoles habían llamado “de los Ladrones”. En concreto tocaron Guahan (o Guam), de la cual los españoles, como era práctica habitual, tomaron posesión (nominal) y donde, al parecer, Urdaneta pudo hablar en alguna de las lenguas locales que había aprendido durante su estancia anterior en el zona. Allí los españoles fueron víctimas de algunos timos y engaños y también de algunas violencias por parte de los habitantes.

El 13 de febrero de 1565 llegaron a la isla de Ybabao (o Samar), que hoy se integra en las Filipinas, de la que también tomaron posesión. Más tarde tocaron Leyte en febrero y Bohol marzo, hasta llegar, el 27 de abril, a Cebú, en el archipiélago de las Visayas –también en las Filipinas–, donde Legazpi, tras algunos enfrentamientos con los cebuanos, fundará una población, la villa de San Miguel, sobre la incendiada localidad de Cebú, el 8 de mayo de 1565. Las Visayas fueron ocupadas pronto, y uno de sus Gobernantes, Tupas, aceptará nominalmente hacerse cristiano y esto arrastró a otros cebuanos. Entonces Legazpi, con la ayuda de Tupas, intentó la ocupación de Manila, cuyos gobernantes eran musulmanes.

El resto es conocido: en 1571 Leqazpi –que morió en 1572—fundó Manila sobre una población ya existente (Maynilad), y consolidó la ocupación española de gran parte de Luzón, pese a las protestas portugueses.

VOLVER A AMÉRICA

Casi inmediatamente, Legazpi ordenó a Urdaneta que hiciera los preparativos para llevar a cabo la segunda misión del viaje, en el cual se habían cosechado tantos fracasos anteriormente: hallar el tornaviaje. Se le encargó que emprendiese el retorno a América en aquel mismo año, y que buscase para ello la ruta más cómoda.

Urdaneta hizo rápidamente los preparativos para el retorno por Pacífico. Poseía la experiencia de los viajes e intentos anteriores, era un buen profesional y conocía bastante bien las corrientes marinas y los vientos. Para el viaje dispondrá de la nave “San Pedro” , al mando de la cual se halla el mexicano Felipe de Salcedo, nieto de Legazpi. La partida se fija para el primero de junio de 1565 desde Cebú.

Pero antes de que Legazpi y Urdaneta arribaran a las Filipinas, se había producido un hecho que se dio con alguna frecuencia en los viajes y conquistas españoles: la defección de un grupo de personas o de algún barco del conjunto de la expedición. En este caso, las consecuencias fueron objetivamente importantes, aunque sin grandes repercusiones, que los historiadores minimizan o sobre el cual prefieren pasar rápidamente. Se trata de la aventura de Alonso de Arellano, noble venido a menos que mandaba el patache “San Lucas” , una de las embarcaciones menores que formaba parte de la expedición de Legazpi y Urdaneta a las Filipinas. Diez o doce dias después de la partida del puerto de la Navidad , Arellano se separó del grueso de la flota, con la ayuda del piloto, afroportugués o afroandaluz Lope Martín, aprovechando la noche y se dirigió a las Filipinas, ansioso de ser el primero en descubrir Cipango, pasando por varias, islas de las Marshall y de las Carolinas, y arribando a Mindanao unas semanas antes que Legazpi. Aquí no encontraron lo que buscaban, cargaron canela, y el 22 de abril de 1565 partieron de vuelta a México, aprovechando los vientos del suroeste del verano. Pasaron por las Marianas y luego poniendo rumbo al norte, bordeando la costa japonesa, por encima de los 40º de latitud, impulsados por los vientos del oeste, y gracias a la corriente marítima cálida del Kuro Shivo. Así consiguieron llegar a Acapulco el 17 de julio del mismo año, por una ruta muy semejante a la que iba a descubrir Urdaneta meses más tarde.

Arellano es, técnicamente, el primero que dio con la ruta del tornaviaje tan ansiosamente buscada por los españoles, ¡y con un barco de cuarenta toneladas! .

“Son muchos los historiadores que, pese a su precedencia en el tiempo, relegan a un segundo término la navegación de Alonso de Arellano entre Filipinas y Nueva España, para dar la primacía a la consumada por Urdaneta. El hecho obedece a que la relación de la primera travesía citada es absolutamente parca en datos náuticos que pudieran allanar los viajes de vuelta posteriores. No ocurre lo mismo con los diarios de los pilotos de la campaña de Urdaneta, llenos de constantes y minuciosas observaciones. El fraile agustino tenía un plan realista v perfectamente concebido, mientras que Arellano v sus hombres “hicieron esa navegación a punta de milagros”. (Landín 1992:28)

Además, el que hallara la ruta sin proponérselo — parece ser– y el hecho de que se lo considere un “desertor” y un “traidor” por el abandono de la expedición, han hecho que se le margine en cierta ñmedida y no se le reconozca un mérito indudable.

EL TORNAVIAJE

Por su parte Urdaneta partió de Cebú el primero de junio de 1565 en dirección noroeste y atravesó por un laberinto de islas hasta llegar al estrecho de San Bernardino, entre Samar y Luzón, con lo que abandonó las Filipinas y desembocó en el océano abierto.

La “San Pedro”, a diferencia de lo ocurrido en intentos anteriores que buscaban rutas más meridionales, se dirigió hacia el Pacífico norte, pasa cerca de las Marianas septentrionales. El primero de julio está a la altura del 24º de latitud norte, más o menos frente a Taiwan. El 3 de agosto alcanzó los 39°, hasta llegar al paralelo 42°, es decir, la latitud del norte del Japón. Estaba dando un gran rodeo, la ruta se alarga, pero se evita así la influencia negativa de los vientos alisios, que en los intentos anteriores había dificultado e impedido la navegación. A partir de aquí el barco gira al este, siguiendo la corriente marítima del Kuro Shivo, en dirección a lo que es hoy Estados Unidos, avistando tierra el 26 de septiembre de 1565: “esta costa se corre noroeste sueste, y esta punta arriba dicha es el remate de la tierra de California”, superado el cabo Mendocino (al norte de la actual San Francisco, en la Alta California )y, de aquí bajando por la costa de México, el primero de octubre entró la San Pedro en el puerto de Navidad. El 8 de octubre de 1565 finalizaba el larguísimo viaje en el de Acapulco:

“Lunes quando amanesçió, a primera de Octubre año del nasçimiento de nuestro señor y salvador Jesús Cristo de mil e quinientos y sesenta y çinco, amanesçimos sobre el puerto de Navidad, ya esta ora miré en mi carta y bide que avia andado MDCCCXII leguas desdel puerto de çubú fasta el puerto de la Navidad , ya esta ora me fuy al capitán y le dixe que a dónde mandaba que llevase el navío porque estávamos sobre el puerto de la navidad, y él me mandó que lo llevase al puerto de Acapulco, y obedesçi su mandado(…); allegamos a este puerto de Acapulco Lunes a ocho deste presente mes de Octubre con harto trabajo que traya toda la gente. Rodrigo Despinosa, Piloto”.

Fueron ciento treinta días de dura travesía, en gran parte a ciegas, a lo largo de mil ochocientas noventa y dos leguas. Todo quedó anotado minuciosamene por los cronistas: de ahí que sepamos que no faltó el hambre, la sed ni el escorbuto. De hecho, muchos murieron: de doscientos tripulantes sólo quedaron dieciocho en activos al terminar el viaje, y otros muchos estaban enfermos; sólo en la primera parte del viaje, aún en aguas filipanas, murieron dieciseis personas, entre las cuales hay que contar a Esteban Rodríguez, piloto mayor del barco, y excelente cronista de la expedición hasta su muerte- su cronica la completo su sustituto, Rodrigo de Espinosa–. Urdaneta, en cambio, nos ha dejado una relación del viaje demasiado breve y poco interesante. Por otro lado, parece ser que es el primer europeo que constata la circulación de los vientos en el anticiclón del Pacifico.

Arellano, que también había hallado el tornaviaje, fue recibido en Acapulco tres meses antes con cierta sordina –había dicho que todos los de la expedición de Legazpi habían muerto–. Urdaneta –a diferencia de Arellano– es recibido por la Audiencia de México, tras su hazaña, volvió a España para informar al rey de los primeros pasos de la conquista de Filipinas y, sobre todo, del éxito del tornaviaje.

Desembarcó en San Lúcar de Barrameda en 1566, en abril estaba en Madrid y, poco después en Valladolid, donde lo recibió Felipe II, a quien mostró y entregó los mapas, relaciones, libros de navegación y otros documentos. Casi inmediatamente, en 1567, estaba de vuelta en Méjico y se reincorporaba a su convento de los agustinos, donde muere al año siguiente.

EL GALEON DE MANILA

Se había establecido, buscándolo deliberadamente, lo que más tarde se llamó el “paso de Urdaneta” (que también podría llamarse el “paso de Arellano” o “de Arellano y Urdaneta”), es decir, la ruta del tornaviaje, que también se llamada la “Carrera de Acapulco”. El fraile vasco fue el primero que estableció una ruta viable, relativamente fácil de recorrer, que el galeón de Manila –también conocido como Nao de Acapulco, y Navío de la China– recorrerá desde las posesiones españolas de Filipinas hasta América.

Con todo, el viaje no será nunca fácil: de Acapulco a Manila la travesía duraba un par de meses, y a veces tan sólo cincuenta días. Pero de Manila a Acapulco las cosas empeoraban: no sólo se tardaba unos cuatro y cinco meses, y a veces seis, en llevarla a cabo sino que estaba plagada de peligros e incertidumbres por los vientos, las corrientes, el encuentro con barcos japoneses, la presencia de piratas ingleses y, desde su establecimiento en Insulindia en el siglo XVII, la competencia holandesa. Todo esto hizo necesaria una ruta alternativa, con un trazado en zigzag, que bajaba hasta 20º de latitud, y que se utilizaba en determinadas ocasiones.

La ruta del tornaviaje partirá de Manila, continuaba hacia el sur por la costa de Luzón, y salía a mar abierto por el estrecho de San Bernardino. Este trayecto regular permitió unas relaciones más fáciles con la posesión española de las Filipinas, aumentó las posibilidades de visitar otros puntos intermedios y de entablar relaciones con las entidades políticas locales. Como dice Pérez Herrero (1989:449), “El comercio del galeón de Manila no es un circuito cerrado o acabado. La plata procedente de las minas americanas(…) no se consumía en su totalidad en suelo isleño, sino que como pago de las mercancías importadas [de otras partes de Asia] (…), se dispersaba por los mercados asiáticos.” De ahí su importancia para el comercio transcontinental. Pero hablar de esto supondría salirnos del tema.

Estas dos rutas se utilizaron en exclusiva hasta el siglo XVIII, cuando se trató de establecer vías alternativas, por ejemplo, costeando Luzón por el norte, para después salir a mar abierto, según la propuesta de Enrique Herman; o, llegando a América, recalar en los puertos entonces españoles de San Francisco o de Monterrey, en California, casi tan adecuados como el de Acapulco. Una tercera vía, que iba al sur del ecuador, por Nueva Guinea, ya había sido experimentada sin éxito en 1580-1583 por Gonzalo Ronquillo de Peñalosa. En 1773 se buscó un nuevo derrotero para el tornaviaje, también al sur del ecuador, por Nueva Guinea, aprovechando el monzón meridional.

Sea como fuere, la ruta de Urdaneta fue la que utilizaron en el futuro los españoles Y, en concreto, el Galeón de Manila, durante dos siglos y medio, hasta su supresión en 1815: el galeón salía de México con plata y otros productos americanos a comienzos de año hacia Filipinas, y volvía a América, a Acapulco, durante los monzones del verano (el v endaval de los españoles) cargado de especias insulindias, sedas y porcelanas chinas,etc. Se establecía así, una de las rutas marítimas comerciales más antiguas y duraderas de la historia mundial.

https://sge.org/exploraciones-y-expediciones/galeria-de-exploradores/la-vuelta-al-mundo/el-tornaviaje-andres-de-urdaneta-1564-65/

http://www.historiadeiberiavieja.com/secciones/historia-moderna/lopez-legazpi-adelantado-filipinas

Andrés de Urdaneta

(Villafranca de Oria, actual Ordizia, Guipúzcoa, 1508 – México, 1568) Marino, cosmógrafo y eclesiástico español. Tras recibir una esmerada educación, principalmente en los autores clásicos y en Filosofía, inició la carrera militar muy joven. Fue un destacado militar, que tomó parte como soldado en diversas campañas europeas; sin embargo la fama le llegó más tarde, gracias a los descubrimientos que hizo en las aguas del océano Pacífico, que le sitúan entre los más notables navegantes y exploradores españoles del siglo XVI.

Su primer viaje fue con la escuadra de la expedición que fray García Jofre de Loaysa, comendador de la Orden de Santiago, organizó hacia las denominadas islas de las Especierías. En 1524, zarparon las siete naves del puerto de La Coruña, donde se había creado una Casa de la Especiería. El piloto mayor de esta expedición y segundo de la misma era Juan Sebastián Elcano.


Andrés de Urdaneta

El viaje, que fue un fracaso, se convirtió en un combate casi permanente contra el hambre, el escorbuto y también contra los portugueses asentados en las islas de las especias, situadas en el archipiélago malayo. Mención especial merece la labor de Urdaneta en los combates que tuvieron lugar en las islas de Tidore, en donde los portugueses apresaron la única de las siete naves de la expedición que llegó hasta allí.

Tras años de cautiverio en manos portuguesas, los españoles fueron liberados en virtud de un acuerdo firmado en 1527 entre España y Portugal, el denominado tratado de Zaragoza, por el cual se concedía a los españoles el derecho de permanencia en las islas de las Especierías a cambio de una compensación económica. De esta forma, los restos de esta expedición y de la comandada por Cortés que, al mando de Álvaro de Saavedra, había ido a México en 1527 para recabar noticias, regresaron desde las Molucas a España en 1536 en un solo barco, completando la segunda vuelta al mundo. Aunque Loaysa y Elcano murieron en el transcurso de esta expedición, Urdaneta reunió una importante cantidad de información geográfica e histórica, que luego le fue arrebatada por los portugueses en la ciudad de Lisboa.

Tras algún tiempo en la Península, Urdaneta se desplazó en 1538 a México. Allí recibió varios cargos oficiales, como el de corregidor de la mitad de los pueblos de la zona de Avalos y el de visitador de las localidades de Zapotán y Puerto de Navidad. Varios años después, en 1553, Urdaneta ingresó como fraile en la Orden de los Agustinos, tras lo cual ingresó en una fundación mexicana y se retiró del mundo.

Bajo el reinado de Felipe II volvió el interés por la expansión por el océano Pacífico, especialmente por las islas Filipinas, bautizadas así años antes en honor del monarca. Luis de Velasco, virrey de la Nueva España, informó al monarca de que Andrés de Urdaneta vivía retirado en un convento. El rey escribió una carta al Virrey en la que ordenaba que se construyeran nuevas naves para proseguir con los descubrimientos. Escribió también a Urdaneta para pedirle que, como servicio a la monarquía y debido a su experiencia, se pusiese al mando de una nueva expedición.

Urdaneta, pese a su avanzada edad y delicado estado de salud aceptó, aunque no como rector y capitán general, sino en cargo de asesor. Para comandar la misma, Urdaneta sugirió -sugerencia que fue aceptada-, el nombre de Miguel López de Legazpi, quien fue escribano y alcalde ordinario de la ciudad de México. Sin embargo, la muerte del virrey Velasco retrasó la expedición durante cinco años. Finalmente, se reunió una flota de cinco barcos: dos naos, la “San Pedro” y la “Almiranta”, los pataches “San Juan” y “San Lucas” y un bergantín; en total, fueron ciento cincuenta hombres los que se hicieron a la mar, doscientos hombres de armas y cinco frailes agustinos.

 

El día 21 de noviembre de 1564, la expedición puso rumbo hacia las Filipinas. A estas islas, tras ser descubiertas por Magallanes (que murió en ellas) durante su viaje de vuelta al mundo, había llegado una expedición de trescientos setenta hombres el 2 de febrero de 1543, mandada por Ruy López Villalobos. Esta expedición, que había partido desde México, bautizó como Filipinas la actual isla de Leyte; sin embargo, no pudieron encontrar la vía de vuelta hacia América.

La orden de dirigirse a las Filipinas en la expedición de Legazpi venía escrita en las instrucciones de la Audiencia, que se abrieron ya empezado el viaje, si bien Urdaneta había aconsejado emprender ruta en dirección Nueva Guinea. A la altura del eje ecuatorial, el patache “San Lucas” se adelantó al resto de las embarcaciones, momento en el que descubrió algunas de las actuales islas del archipiélago de las Marshall y de las Carolinas. Esta embarcación llegó a Mindanao (Filipinas) antes que Legazpi, cargó especias y retornó a México.

El día 13 de febrero de 1565, el resto de la expedición llegó a la isla de Ibabo (Filipinas), luego saltó a la isla de Samar y, finalmente, arribaron a la de Cebú, donde se fundó la villa de San Miguel el 8 de mayo de ese mismo año. Fue ésta la primera ciudad española en Filipinas.

Según órdenes de Legazpi, Urdaneta comandó un buque que regresó a Nueva España para informar al virrey de lo acontecido y de los descubrimientos realizados. El día 1 de junio partió Urdaneta en la nave “San Pedro”, al mando de la cual estaba un nieto de Legazpi, Felipe Salcedo. El viaje se inició en dirección norte, y al llegar a la latitud de Japón, lograron salir de la influencia dominante del alisio. Desde allí, aprovecharon la corriente llamada del Kuro Shivo para llegar a Acapulco (California) el 8 de octubre de 1565.

Este viaje supuso el descubrimiento de la ruta de navegación más corta entre Asia y América, denominada tornaviaje, rumbo que siguió sistemáticamente hasta 1815 el Galeón de Manila. El Pacífico tenía por fin ruta de ida y de vuelta desde y hacia América.

A su regreso a España, Urdaneta protestó repetidas veces contra la conquista de las Filipinas, puesto que las islas caían fuera de los límites impuestos a los españoles en la Línea de Demarcación del tratado de Zaragoza.

https://www.biografiasyvidas.com/biografia/u/urdaneta_andres.htm

Andrés de Urdaneta era un vasco natural de Ordizia, una pequeña población guipuzcoana formada por caseríos diseminados en un precioso valle donde una tupida alfombra verde lo cubre todo. Nacido hacia 1508 en una fecha aún hoy sin determinar, fue un muy respetado cosmógrafo de enorme reputación, además de marino, vástago de una saga con raigambre militar y clérigo a tiempo parcial, pues no era muy proclive a oficiar, ya que el volumen de sus proyectos ultramarinos no le permitía una práctica comprometida de las servidumbres inherentes a su rango.

Su fama universal la alcanzó al descubrir y documentar la ruta que a través del océano Pacifico y desde Filipinas conducía hacia Acapulco a favor de la corriente en lo que desde entonces se dio en llamar “el tornaviaje” o la ruta de Urdaneta. Nunca antes ninguna expedición había retornado a México por el “Gran Golfo” que era así como se le llamaba a este descomunal océano.

Ya había participado en la malhadada expedición de Loaisa de 1525 que, con una clara intención comercial, tenía como destino arribar a las estratégicas Molucas (islas de las especias) para hacerse con el control que detentaban los portugueses sobre las mismas en lo que parecía ser una aparente infracción del Tratado de Tordesillas firmado en 1494.

Tanto Loaisa como Elcano se dejaron la vida en el empeño. Tres de las naves nunca cruzarían el estrecho de Magallanes al ser sorprendidas por una fortísima mar arbolada, y sólo una, la Santa María de la Victoria, alcanzaría las Molucas. La tripulación, durante más de un año, tuvo que batirse en diferentes escaramuzas con nuestros vecinos portugueses que, sorprendidos en su molicie y distendida confianza, no daban crédito a la inesperada presencia de los marinos españoles en aquellas latitudes. De aquella expedición que partió con más de 450 hombres, y tras sufrir vicisitudes sin cuento, finalmente consiguieron retornar al suelo patrio 24 famélicos espectros en estado de inanición más que evidente. La omnipresente amenaza del escorbuto había vuelto a triunfar a pesar de haberse estibado cocos y piñas en abundancia.

El descubridor de la nueva ruta transoceánica

En noviembre de 1564, Andrés de Urdaneta era, de lejos, la mayor autoridad y la apuesta mas seria que podía hacer Felipe II para hacerse valer ante los lusos que acaparaban el mercado de especias de forma casi monopólica. Tres expediciones anteriores habían fracasado. Los preparativos se desarrollaron con una discreción inusual para no alertar ni soliviantar a los portugueses.Su peculiar y humilde conducta lo confinaría a un olvido elegido de “motu proprio”

Urdaneta, que a la sazón tenía 57 años, zarparía desde Acapulco en dirección a Filipinas en una travesía que duraría dos meses con el alisio a favor que, como viento amigo y de forma constante, sería un fiel aliado en aquella tremenda apuesta. Un año después aproaba rumbo nordeste aprovechando el monzón y los vientos portantes del suroeste. Su pericia e intuición le permitieron encontrar la corriente de Khuro–Shiwo a la distancia de 39º de latitud.

En aquella época la previsión de Urdaneta de estibar cocos en abundancia permitió rebajar la mortalidad por escorbuto a tan solo un diez por ciento, cuando lo normal era que en estas travesías de larga duración perecieran como mínimo la mitad de cualquier tripulación en una estimación optimista. Algo más de cuatro meses de retorno le llevaría surcar aquella inmensidad azul.

Después de haber recorrido más de 14.000 kilómetros, arribaría finalmente al puerto de partida en la costa oeste mexicana y la noticia del descubrimiento de la nueva ruta transoceánica correría como un reguero de pólvora entre la marinería de la época. Urdaneta dejaría una huella indeleble en los anales de la historia de la navegación. La confianza depositada en él había dado pingües beneficios a la corona (otra cosa bien distinta es como los invirtiera), pues el volumen comercial entre China, India y España llegó a crecer de forma exponencial. Pero el afán de Urdaneta por pasar desapercibido con su peculiar y humilde conducta, lo confinaría a un olvido elegido de “motu proprio”.

Uno de los exploradores más desconocidos

Durante los siguientes trescientos años el llamado galeón de Manila usó esta ruta sin desfallecer y sin incidentes relevantes surtiendo el mercado intermediario en la capital mejicana (y por extensión al asombrado occidente) de manera regular, abasteciéndolo de especias, telas y porcelanas de bella factura de la última época Ming, que hacían las delicias de una embrutecida, provinciana y ociosa nobleza europea, que salvo contados casos, se dedicaba a atesorar riquezas por puro afán de ostentación y prestigio mal entendido.

Después de informar personalmente a Felipe II de su descubrimiento, Andrés de Urdaneta regresaría a México y a la austeridad de sus hábitos. Dejaría su cuerpo para iniciar el gran viaje el 3 de junio de 1568 a la edad de 60 años. A pesar de su gran hazaña, murió olvidado quedando arrinconado en el silencio de la historia como uno de los exploradores más desconocidos de su tiempo.

Las crónicas prestigiaban más al conquistador de a pie que a las gentes de mar durante la época del Descubrimiento. Desde los puentes de sus naos y carabelas, marinos y pilotos como Colón, Legazpi, Urdaneta, Elcano y Magallanes guiaron a otros grandes hacia tierras ignotas. Desde estas líneas nuestro más sentido homenaje a todos ellos.

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2013-06-08/arrinconado-en-el-silencio-de-la-historia-andres-de-urdaneta-el-explorador-desconocido_587716/

http://www.newadvent.org/cathen/15223a.htm

 

 

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