El olvidado miembro de los Austrias: el verdadero «infante pasmado».

La existencia del Infante Carlos fue discreta, entregado a sí mismo y a que nadie le viera como una amenaza. Lo cual no evitó que el Conde-Duque, receloso por naturaleza, procurara mantener a los hermanos del Rey bajo cuarentena

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Retrato del infante Carlos de Austria (1607-1632)

En la novela «Crónica del rey pasmado», Gonzalo Torrente Ballester realiza un retrato de la contradictoria Corte de Felipe IV y de este Monarca de la dinastía de los Austrias, que es descrito como un hombre de expresión ingrávida. Y ciertamente los cronistas lo presentan como una persona de gesto inexpresivo, si bien inteligente y juicioso debajo de la superficie. Para tener el paquete completo, es decir, inexpresivo y tontaina, habría que rastrear en esa misma Corte hasta dar con el miembro de la dinastía más desconocido de todos, un clon de Felipe IV sin ningún interés por ostentar responsabilidades o cargo alguno: Don Carlos.

Una de las pocas cosas en las que Felipe III, apático por lo demás, cumplió con creces sus responsabilidad regias fue en dejar un puñado de descendientes largo en la tierra, lo cual era una gesta en una familia en vías de extinción a consecuencia de los matrimonios endogámicos. En total, el Rey y su prima, la Reina Margarita de Austria-Estiria, tuvieron ocho hijos. El tercero de ellos fue el futuro Felipe IV y el quinto, el segundo varón, fue el Infante Don Carlos (no confundir con el Príncipe maldito, el primer hijo de Felipe II), que no llegó a cumplir los 30 años.

A punto de reinar…

El infante es recordado simplemente por el hombre que se parece a Felipe IV en los retratos. Porque de hecho no tuvo grandes aspiraciones vitales y, a pesar de que su hermano estuvo a punto de morir sin descendientes, nunca entró en la lucha por la sucesión. Nacido en 1607, el joven reveló pronto que tenía una inteligencia mínima y un carácter sencillo y afable.

Felipe IV estuvo gravemente enfermo y, sin hijos varones a la vista, la corona pudo ir a parar a Carlos de haber muerto el Rey

La existencia del Infante fue discreta, entregado a sí mismo y a que nadie le viera como una amenaza. Lo cual no evitó que el Conde-Duque, receloso por naturaleza, procurara mantener a los hermanos del Rey bajo cuarentena política. La flacidez del carácter de Carlos hacia probable que algún noble quisiera utilizarle y Olivares, valido del Rey, pensó en casarle cuanto antes y mandarle lejos, en primera instancia como Virrey de Sicilia. Y en verdad no encontró la manera de librarse de él. Ni pudo casarle ni pudo colocarle en un cargo… Ni siquiera cuando le designó en el puesto de Gobernador de Portugal llegó a tomar posesión, pues antes le dio un tabardillo, tal vez del susto.El más importante legado que Don Carlos dejó tras de sí fue el retrato que Diego Velázquez le realizó en 1627, donde parece un clon de su hermano pero con una expresión todavía más etérea. En el mismo año que Velázquez retrató al infante, Felipe IV estuvo gravemente enfermo y, sin hijos varones a la vista, la corona estuvo cerca de ir a parar a Carlos. Además, el único vástago del Monarca que había sobrevivido, la Infanta María Eugenia, había muerto en julio de aquel año y, aunque la reina Isabel de Borbón estaba de nuevo encinta, sus múltiples embarazados malogrados no invitaban a la esperanza.

Retrato del Cardenal-infante Fernando de Austria, hermano pequeño de Felipe y Carlos
Retrato del Cardenal-infante Fernando de Austria, hermano pequeño de Felipe y Carlos

La gravedad de la enfermedad de Felipe IV se plasmó en un extraño testamento real. Según este documento, Isabel de Borbón quedaría como regente del príncipe que había de nacer, pero, en el caso de que fuera una niña, estaba obligada a casarse en su momento con su tío Carlos. El papel de los dos infantes sería el de consejeros de la reina y el del conde-duque al frente del gobierno «por lo bien que Su Majd. se halla servido dél», a fin de garantizar la continuidad necesaria.

Hasta 1629, con el nacimiento del primer hijo varón del monarca, Baltasar Carlos de Austria, la sucesión estuvo en riesgo de caer en aquel hombre pasmado. La nobleza y el Conde-duque lo sabían y comenzaron la guerra por ganarse la voluntad del Infante, si bien la estrategia del valido fue finalmente cortar por lo sano. Tampoco parece claro que insistiera mucho la nobleza, que más bien se decantaban por que otro hijo de Felipe III, el Cardenal-Infante Fernando, se postulara en caso de una lucha por la sucesión.

Muerte por un tabardillo

En 1632, el Conde-Duque forzó a los dos hermanos del Rey, Don Carlos y el Cardenal-Infante, a que acompañaran a la comitiva real en un viaje a Barcelona. Temía que dejar a los hermanos del Monarca solos en Madrid diera lugar a más intrigas que provechos, pero lo que terminó despertando fue la desconfianza abierta de los infantes. ¿Qué planeaba el valido? El séquito de los dos hermanos se armó con pistolas cargadas de pólvora queriendo mostrar su desconfianza hacia el viaje o, directamente, porque creían que el viaje era una trampa para asesinarlos. No obstante, una vez en Barcelona salieron a luz los auténticos planes de Olivares. El valido encargó a Fernando el gobierno del principado, lo que retrasaba su prometido nombramiento como Gobernador de los Países Bajos, y a Carlos le preparó las maletas para ir a gobernar Portugal.

El que un grupo de grandes se apiñara en torno a un infante, presunto heredero al trono, representaba una amenaza no sólo para el poder del favorito, sino también para la estabilidad del propio trono»

El Conde-duque había presentado al Rey unos documentos sobre los supuestos procedimientos oscuros de sus hermanos, con el que logró contagiarle la desconfianza también al soberano. Ambos planificaros estas designaciones para alejar a los infantes de la revoltosa nobleza castellana. Pero, ¿estaba justificada la desconfianza? En palabras del historiador J. H. Elliott:«El que un grupo de grandes se apiñara en torno a un infante, presunto heredero al trono, representaba una amenaza no sólo para el poder del favorito, sino también para la estabilidad del propio trono. Solo unas pocas semanas antes de que Olivares presentara su Gran Memorial, el nuncio apostólico comentaba que los infantes eran los primeros en sentir el dominio que tenía sobre el rey; y don Gaspar, que seguramente había estudiado el carácter de don Carlos tan de cerca como había estudiado el de su hermano mayor, tenía buenos motivos para pensar que el resentimiento de aquel príncipe tan dócil se veía estimulado por personas que conspiraban a favor de su caída».

Carlos no mostró a lo largo de su vida ninguna disposición a asumir ese trono ni a ejercer puesto político alguno, como sí hizo el hijo menor de Felipe III. El Infante Fernando era de temperamento vivo, inteligente, atlético y derrochaba más salud que sus hermanos. Se decidió por esta razón que el infante Fernando ingresara de niño en el clero y que así reinara Felipe IV sin la alargada sombra de un hermano robusto. Con solo 10 años, el infante fue nombrado Arzobispo de Toledo, la principal sede eclesiástica de España, y poco tiempo después fue designado cardenal. Ejerció como tal, pero sin estar ordenado sacerdote porque la Guerra de los 30 años limitó su vida exclusivamente a la faceta militar.

La vida de Carlos, en cambio, se limitó a la vida cortesana y murió demasiado joven como para sumar algún tipo de mérito reseñable. Precisamente de regreso a Madrid tras el viaje a Barcelona, el calor del verano, la maltrecha salud del Infante, de 25 años, dijeron hasta aquí hemos llegado. Contrajo un tabardillo (una muerte acorde a su existencia), que terminó con su vida pocos días después.

A su muerte, el poeta Francisco de Quevedo le dedicó un soneto titulado «Túmulo al serenísimo Infante Don Carlos», cargado de alabanzas huecas, sin entrar a precisar las virtudes, si las tuviera, del Infante:

«Entre las coronadas sombras mías

que guardas. ¡oh glorioso monumento!,

bien merecen lugar, bien ornamento,

las llamas antes, ya cenizas frías.

Guarda, ¡oh!, sus breves malogrados días

en religioso y alto sentimiento;

ya que en polvo atesora el escarmiento,

su gloria a las supremas monarquías.

No pase huésped por aquí que ignore

el duro caso, y que en las piedras duras,

con los ojos que el título leyere,

a don Carlos no aclame y no le llore,

si no fuere más duro que ellas duras,

cuando lo que ellas sienten no sintiere».

 

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