Educación: formateado de mentes.

Aula_de_PrimariaA estas alturas, resulta del todo inevitable oír constantemente el discurso por parte de los partidos políticos de que una de las grandes conquistas de la democracia y el mundo moderno ha sido la generalización de la sanidad y la educación para toda la población. Y se supone que debemos estar muy contentos y dar saltos de alegría porque se nos haya asegurado tal concesión (revestida como derecho inalienable). ¡Educación pública, gratuita, para todos los niños y jóvenes sin excepción! Es un gran avance de la especie humana y de la civilización. Sí, sin duda, y siempre que consideremos la “civilización” como algo bueno…

Pero… ¿qué es realmente la educación? ¿Cuál es su propósito? Lo primero que debe decirse es que la propia palabra es equívoca. Antiguamente, en la época clásica, se consideraba que educar era “llevar afuera” lo que la propia persona tenía dentro, según el significado del verbo latino e-ducare. Así, los buenos educadores y filósofos antiguos no pretendían simplemente descargar una cierta información o unos conocimientos en sus alumnos, sino que trataban de que los mismos alumnos construyesen –incluso discutiesen colectivamente– su propio conocimiento, algo que de alguna manera ellos ya llevaban en su interior. De este modo, el individuo conocía el universo y la realidad desde su yo, pensando, criticando y reflexionando, con la ayuda de su maestro y de sus compañeros.

No obstante, la educación institucionalizada fue derivando hacia el adoctrinamiento puro y duro, esto es, hacia una cierta “in-ducación” (permítaseme el palabro), que trata de “meter dentro” de la persona un esquema mental y una información predeterminada de manera dogmática e indiscutible. Dicho de otro modo, era preciso que los alumnos vieran el mundo de una forma muy concreta y sesgada, y sobre todo uniformizando las mentes, los valores y las actitudes. En este modelo, lógicamente, ya no había lugar para la creatividad, la discusión, la reflexión, la crítica, la imaginación, el pensamiento libre, la espiritualidad, etc. Para esta misión el poder político, el económico y el religioso se unieron de tal modo que toda la enseñanza –en cualquier materia– quedara férreamente controlada y restringida a los parámetros de lo normal, lo aceptable y lo deseable (por las clases dirigentes, claro está).

Y en efecto, la educación, tal como la conocemos ahora, se fue consolidando desde la Edad Media hasta nuestra Era Contemporánea como un sistema de promoción, de éxito y de mejor funcionamiento dentro de una sociedad establecida. El hecho de que la Ilustración y la Revolución Francesa proclamasen a bombo y platillo la necesidad de dar educación a todo el pueblo sin excepción nació de la sibilina estrategia de que todo el mundo pasara por la máquina de formatear mentes, o sea, lo que es propiamente la escolarización, algo que en el fondo no es muy diferente de la obligación de cumplir un servicio militar. En fin, lo que se vende como un acto de libertad, justicia y derechos fundamentales es una simple y llana imposición de una realidad prefabricada. En este sentido, la educación –a pesar de que pueda parecer una paradoja– no da más libertad o amplia nuestra conciencia. Antes bien, pone límites y marca los carriles por los cuales se han de mover las personas a lo largo de toda su vida. Pero veamos con un poco más de detalle los magníficos logros que comporta el sistema educativo.

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El cerebro como disco duro donde se instala la programación “adecuada”

En primer lugar, los modernos sistemas educativos de los estados –con sus diversos matices– actúan como gigantescas fábricas intelectuales que “formatean” a las personas para que capten e interpreten el mundo de una manera determinada, sin que haya ninguna libertad docente por parte de los maestros, pues es el poder político –como garante del derecho a la educación– el que dictamina qué se enseña, cuándo se enseña y cómo se enseña. De todos modos, los maestros ejercen de meros transmisores de lo que ellos mismos han asumido como verdadero y positivo, y no suelen tener problemas de conciencia. Así, ya desde las edades más tempranas se nos empieza a dar los rudimentos esa cultura funcional orientada a captar cierta realidad y hacerla nuestra. Por tanto, se nos enseña a leer y a escribir, a realizar cuentas, a dominar idiomas, a conocer la naturaleza, el mundo, la historia, etc. De hecho, se podría decir que los niños son objeto de instalación de múltiples programas informáticos que dan forma a su entorno y lo hacen explicable y manejable, de tal manera que si a lo largo de su vida apareciesen informaciones contradictorias o críticas con el sistema instalado, éste las rechazaría automáticamente como si fueran peligrosos virus.

En suma, la educación procura una integración perfecta al mundo material, el único existente, mediante la difusión controlada de un saber unívoco y sin fisuras que no admite discusión (dando por hecho que la ciencia oficial no se discute[1]). Así, por ejemplo, la Gran Pirámide de Guiza es un monumento funerario de la IV dinastía egipcia, aunque no haya pruebas fehacientes que corroboren ni la finalidad ni la cronología. Como lo dicen todos los “sabios”, no pueden estar equivocados. ¿Y quién es un niño –o incluso un estudiante de arqueología– para cuestionarse “la verdad”? En cierto modo, pues, la educación básica funciona como una auténtica cosmovisión o religión. Y dejo aparte el sutil adoctrinamiento de tipo social y político –normalmente a través de las asignaturas de sociales– porque eso daría pie para otro artículo[2].

Por supuesto, en niveles superiores de educación, como en la universidad, el joven descubre que la ciencia no es tan plana ni intocable, pero para entonces ya es demasiado tarde y todo el mundo asume que enfrentarse al paradigma imperante es un billete para el fracaso o la marginación. Asimismo, la educación procura que se enseñen unas determinadas materias pero no otras, que sólo se ponen al alcance de los especialistas, ya en edades más adultas. Así pues, resulta que en la escuela no se habla de derecho ni de leyes, ni de economía ni de dinero, y muy vagamente de política. No fuera que los niños vieran lo evidente o realizasen preguntas incómodas. A los mayores resulta más fácil manipularlos una vez su mente ha sido convenientemente amaestrada.

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La uniformización como objetivo escolar

En segundo lugar, la escuela funciona como estupendo campo de concentración de niños –diversos en su origen, aficiones o capacidades– para que sean uniformizados (a veces uniformados con idéntica vestimenta) para crear espíritu de grupo y unidad, a fin de que cualquier rasgo individual, creativo o rebelde sea engullido por el colectivo. No importan las habilidades, intereses o talentos de cada niño; lo que interesa es unificar las mentes y las conductas y luego evaluar a todos por el mismo rasero, lo cual es muy “justo y democrático”. Y cuando los alumnos se aburren, se rebelan, se estresan, se distraen o no siguen al resto nunca es culpa del sistema. Al igual que en la medicina ciertos pacientes “fracasan” al tratamiento, son los niños los que no cumplen las expectativas e incluso a veces se les achaca alteraciones psíquicas como el famoso TDAH[3], que según los expertos no adictos al sistema ni es una enfermedad ni mucho menos debe medicarse con fármacos.

Por lo demás, los padres tienen una limitada libertad de educar a los hijos de la manera que crean conveniente y dicha libertad se suele restringir a la enseñanza de creencias religiosas y poco más, aunque también existen unas escasas escuelas privadas con sistemas educativos digamos heterodoxos o innovadores. En todo caso, es el estado el que controla el sistema y marca el currículo, los métodos y los procedimientos a emplear y se asegura que los chavales pasen toda su infancia y adolescencia en la escuela y adquieran una socialización determinada, en la que teóricamente se les inculca un respeto, un orden y una disciplina hacia el sistema, aunque en los últimos años parece que los escolares vayan por libre, enfrentándose a la autoridad tanto de padres como de maestros.

En tercer lugar, es obvio que la educación se orienta a crear la cultura del éxito o por lo menos la cultura de una supervivencia digna. Esto se hace para que, en el futuro, los niños puedan funcionar satisfactoriamente en un mundo civilizado, orientado a “ganarse la vida”, producir, progresar y disfrutar de una cómoda vida material; todo ello, claro, sin cuestionar la superestructura que está por encima. La misma escuela es un sistema de competición entre alumnos, una carrera por alcanzar una determinadas notas y éxitos, un lugar donde se marcan las diferencias entre buenos, mediocres y malos. Lo mismo que se van a encontrar una vez acaben los estudios y entren en la jungla del trabajo.

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¿Todo el mundo ha medirse por el mismo rasero?

Y aunque ahora se quiera apelar a la existencia de nuevos enfoques educativos, en el fondo se sigue recurriendo a la memorización y a la repetición de información para poder superar unos “exámenes”, de los cuales se derivan las calificaciones, éxitos o fracasos. Esto es, el que se porta bien y repite maquinalmente lo que se le ha transmitido tiene el éxito garantizado. Y como en una cadena de montaje, los productos (los jóvenes) que han pasado satisfactoriamente por todos los procesos de fabricación, reciben el diploma o certificado de calidad que les permitirá “venderse” correctamente en un entorno laboral.

Por supuesto, durante ese camino no se espera que el niño o niña piense o critique; no tiene edad para ello ni está “autorizado” a cuestionar lo que se le impone. Sólo debe almacenar un montón de datos en su disco duro para después poderlos usar en la vida pública o profesional. Y si bien es cierto que en algunos países más desarrollados se ha cambiado el enfoque para potenciar el pensamiento en detrimento de la memorización, dicho pensamiento funciona dentro de los parámetros del sistema, no fuera de él (lo que los anglosajones llaman “out-of-the-box”). Y otro asunto no menos penoso es que, pasados los años, muchos adultos ven que una gran parte de las cosas que aprendieron no sirven para gran cosa[4]. En todo caso, sólo el nivel superior de estudios, que les hace expertos en un campo concreto, les asegura un porvenir, pero a costa de saber muy poco de las demás materias y de perder la visión de conjunto sobre el conocimiento del mundo y del propio ser humano. Dicho en otras palabras, las escuelas son perfectas modeladoras de máquinas pensantes y trabajadoras, pero no son una verdadera guía para nuestra vida interior, ni mucho menos para encontrar a nuestro verdadero yo.

En definitiva, la escuela construye un modelo de éxito, en el que hay que seguir unas reglas determinadas, so pena de ir a parar a la cola de la escala social, con empleos de baja calidad y escasas expectativas de progreso. Pero luego tenemos la paradoja de que los estudios no aseguran necesariamente un buen futuro ni todo el mundo puede triunfar y ganar mucho dinero. Incluso los que completan estudios superiores muy reputados socialmente (médicos, arquitectos, físicos, ingenieros, etc.) se encuentran con que no pueden ejercer sus profesiones porque el mercado está saturado, con lo cual o no trabajan o lo hacen por sueldos muy bajos, generalmente en otras ocupaciones.

Por lo demás, aún aceptando que sería necesario hacer funcionar nuestra mente en el “mundo real” para luego poder progresar con ella, muchos docentes –por lo menos en España– reconocen que en los últimos tiempos los valores y los estándares de exigencia y calidad han caído en picado. Los niños y jóvenes ahora ni siquiera saben escribir decentemente, no entienden lo que leen y apenas tienen capacidad crítica. Internet aplana sus mentes y les abruma con información que “copian y pegan”, aparte de estar sumergidos en la vorágine del mundo fuera de la escuela, con las redes sociales, el hedonismo, el consumismo y la continua distracción de los medios de comunicación y entretenimiento.

Y en último lugar, el sistema educativo ha permitido que los padres vean la educación como algo imprescindible para sus hijos, para que se centren en lo que realmente les servirá en su vida para ser buenos y prósperos ciudadanos. De ahí que la política –en todo el mundo y en todos los regímenes– incida una y otra vez en la importancia de la educación, que desde luego ni ha eliminado ni eliminará las desigualdades, injusticias y maldades del mundo porque el sistema educativo está pensado precisamente para perpetuarlas. O sea, para que una minoría dirija, manipule y explote a la gran mayoría, y encima ésta se muestre agradecida por el don de la educación.

En fin, se trata básicamente de alienar a las personas, de alejarlas de las verdaderas enseñanzas que les podrían llevar a la felicidad, la paz y la armonía. Se trata de mantener a todo el mundo dormido (o hipnotizado) desde el nacimiento hasta la muerte. Se trata de que nos inculquen lo que es posible y lo que es conveniente “por nuestro bien”. Se trata de que nos amoldemos a una realidad concreta que ha funcionado así desde siempre y de que no lleguemos a creernos que cada persona tiene el poder de cambiar esa realidad. ¿O es que pensaban que el niño que vive en una tribu primitiva en medio de la jungla amazónica y que no ha recibido ninguna “educación” puede ser feliz?

© Xavier Bartlett 2017

Anexo

Como complemento de este artículo, incluyo a continuación un interesante documento en PDF para descarga procedente del blog Gazzeta del Apocalipsis sobre este mismo tema, con lúcidas reflexiones sobre la naturaleza y las perversiones del sistema educativo.

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[1] Precisamente, esa ciencia oficial cambia según el paso de las épocas o de las visiones locales, pero aún así no es sometida a crítica o cuestionamiento.

[2] La manipulación torticera de la historia, ya sea nacional o internacional, y en función de intereses locales o coyunturales, es una perfecta muestra de ello, Y dado que los chavales no tienen capacidades críticas ni herramientas de contraste, asumen la verdad de las ciencias sociales como si fuera la misma que en ciencias tan empíricas y objetivas como la biología o la física. Por supuesto, nadie les comenta que el propio evolucionismo violenta directamente las leyes de la biología y del método científico en general.

[3] Trastorno por déficit de atención e hiperactividad.

[4] Por ejemplo, un servidor de ustedes aprendió a realizar manualmente raíces cuadradas a los 12 años. A los dos o tres años ya había olvidado esa habilidad. Ahora sólo puedo hacerlas con una calculadora… pero en verdad nunca he necesitado realizar raíces cuadradas en mi vida cotidiana.

 

Fuente: https://somniumdei.wordpress.com/2017/05/28/educacion-formateado-de-mentes/

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