Algunas pinceladas históricas sobre la Masonería III.

 

Continúa…

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De todos modos, hubo reyes de Francia afiliados a la masonería especulativa. Incluso, antes que ella, a los gremios, a pesar de la condenación de la Iglesia. En efecto, ya en el siglo XVI, el rey Francisco I se afilió a la corporación de leñadores y carboneros. En el siglo XVII, que marcó con su largo reino, Luis XIV no siguió el camino de su cuñado y su primo, los reyes Carlos I y Carlos II. Sin embargo, su nieto, el Bien Amado, no desdeñó ser recibido en la francmasonería de su tiempo. Luis XV de Francia (1710 – 1774), llamado El Bien Amado (Le Bien-Aimé), fue rey de Francia y de Navarra entre los años 1715 y 1774. Además, fue copríncipe de Andorra y duque de Anjou. Heredado el trono de su bisabuelo Luis XIV a la edad de cinco años, pasó sus primeros años de reinado en relativa tranquilidad, rodeado de preceptores que le proveyeron una gran cultura, mientras que el poder efectivo fue entregado a varios regentes. Al alcanzar la mayoría de edad le confió el gobierno al cardenal Fleury, su antiguo preceptor. A diferencia de Luis XIV no tuvo contacto directo con la vida política de su país. Se reunía con poca frecuencia con sus ministros y actuó en contra de sus expectativas, tramando una red de diplomáticos y espías. Su desinterés por la política y la constante sucesión de ministros que debilitaban el poder de Francia en Europa contribuyeron en sentar las bases para la Revolución Francesa. Al inicio de su reinado fue amado por el pueblo, que rápidamente le apodó como El Bien Amado. Con los años, su debilidad en la toma de decisiones y la constante e intrigante presencia de sus amantes dinamitó su popularidad, produciéndose algunas celebraciones a su muerte en París. Por ello, hubo de celebrarse en secreto su funeral, para evitar que se produjeran burlas públicas ante su ataúd, tal y como ocurrió con su predecesor. Bajo su reinado, Francia logró grandes éxitos militares, como la anexión del Ducado de Lorena y Córcega. Sin embargo, perdió gran parte de su imperio colonial a manos de Gran Bretaña. “Resulta singular comprobar, por otra parte – escribe G. Bord en su libro La FrancMaçonnerie en France -, la actitud de la F. M.·frente a la persona del rey. Leyendo sus panegíricos, se creería que fue ella quien le dio el sobrenombre de Bien Amado. Le considera el mejor, el más virtuoso de los príncipes; bajo su reinado, se ve renacer la edad de oro”. Los cantos masónicos de la época lo alaban sin medida: “Bajo el augusto Luis, cuyas virtudes corona el amor más tierno, todo puede esperarse. En él la humanidad, prodigando sus tesoros, abre, por el Espíritu Santo, la entrada en el siglo de oro”. Cuando Luis XV pone la primera piedra de la iglesia Sainte-Geneviève-du-Mont, convertida más tarde en el Panteón, el abate Pingré compone este cuarteto en su honor: “Cuando, cetro en mano, Luis dicta sus leyes, un francés ve en su amo a un tierno padre; si, para fundar un  templo, toma en mano la escuadra, un masón ve en su hermano al más grande de los reyes”.  

Hay una poesía en latín que pone bien de relieve la cualidad masónica de Luis XV, que el abate Pingré subraya intencionadamente: “¡Oh, vos, por quien nuestro Arte verdaderamente Real debe, tras haber disipado las tinieblas, irradiar una luz  siempre nueva sobre la posteridad más remota, vivid largo tiempo, y que vuestros años multiplicados estén siempre marcados con el sello de la felicidad! Vivid para vuestros pueblos; no pueden ser felices sin vos. Al afirmar los tratados de una paz deseada, hacéis florecer las ciencias; las artes no sólo imitan, sino que superan a la naturaleza; el comerciante, seguro bajo vuestros auspicios, vuela sin temor a los extremos del universo. Gracias a vos, la religión conserva todo su esplendor; bajo vuestras leyes, Themis ajusta todo a los pesos de una balanza firme y equitativa; la piedad y la fe se atreven a mostrar su frente augusta; una justa venganza es el precio de ciertos crímenes. ¡Oh, el mejor de los reyes, por quien los franceses ven renacer el siglo de oro! Ojalá pudierais vivir feliz durante un número de siglos igual al de los cañones que los masones han disparado en vuestro honor en toda la extensión del universo, al de los elogios que la reunión de todas las virtudes os ha merecido, al de los ciudadanos cuya tranquilidad está necesariamente unida a la conservación del verdadero Padre de la Patria”. En 1737 las molestias policíacas suscitadas por ciertos funcionarios celosos tropezaron con el hecho de que la francmasonería tenía entonces como Gran Maestre a Louis de Pardaillan de Gondrin, duque de Antin. Y cuando el teniente de policía Hérault pretendió penetrar en la logia reunida en la Râpée y que presidía el duque de Antin, a fin de prohibir la tenida, el duque echó mano a la espada, y Hérault tuvo que batirse en retirada. Se cuenta que Luis XV comentó: “Si Antin se obstina en tener logia, le enviaré a tenerla en la Bastilla”. Antin se obstinó, y no le sucedió nada. El rey sólo estaba bromeando. Su sucesor como Gran Maestre fue Luis de Borbón-Condé, conde de Clermont, príncipe de sangre real y nieto de Luis XIV. Con él, la francmasonería francesa no tuyo ya nada que temer, y el modo en que se desarrolló muestra con claridad que ninguna medida grave de la policía se opuso a ese desarrollo. Volviendo a Luis XV, podemos precisar que recibió los tres grados masónicos durante la misma velada, pero sin pasar por las pruebas rituales, en la logia La Chambre du Roi, logia que agrupaba a los gentileshombres nombrados para un oficio y que formaba el servicio del mismo nombre. Y cuando Luis XV ennobleció a Voltaire, nombrándole “gentilhombre ordinario de la Cámara del Rey”, el filósofo, historiógrafo del rey, y miembro de la Academia francesa, frecuentó con toda certeza esa logia, antes de la tumultuosa recepción del 7 de abril de 1778 en la logia Les Neuf Soeurs, donde se limitaron a entregarle el mandil masónico de Helvecio.

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Claude-Adrien Helvétius (París, Francia, 26 de febrero de 1715 – París,1 26 de diciembre de 1771) fue un filósofo francés. Su apellido puede castellanizarse y escribirse “Helvecio” (véase por ejemplo la voz correspondiente en el Diccionario de filosofía de José Ferrater Mora, 4 volúmenes, Barcelona, Ariel, 1.ª edición revisada, 1994). Descendía de una familia de médicos y su nombre original era Schweitzer, latinizado como Helvétius. Su abuelo introdujo el uso medicinal de la ipecacuana; su padre fue primer médico de la reina María Leszczynska de Francia. Estudió con los jesuitas y fue preparado para una carrera financiera, pero ocupaba el tiempo haciendo versos. Leyó el Ensayo sobre el intelecto humano de John Locke y adoptó teorías muy parecidas a las de Condillac. Según Helvecio, todas las ideas tienen su origen en sensaciones y estas son simplemente afecciones de los sentidos. Sus ideas son sólo un punto de partida para una doctrina ética y política, ya que quería aplicar el empirismo de Locke al campo moral y social. Participó además en la Enciclopedia de Denis Diderot y D’Alembert. Como presupuesto general afirma el valor supremo del interés, que puede ser definido como un impulso hacia la obtención del placer y la eliminación del dolor y que procura los placeres más grandes y elevados, es decir la mayor felicidad. Este interés es en el individuo tan fuerte que sin él no puede entenderse ninguno de sus actos. Y no es algo espiritual, sino que en tanto que viene de los sentidos, es algo externo. Para Helvétius los hombres buscan, por necesidad, la satisfacción de sus propios intereses egoístas. Bueno es entonces lo que supone útil para satisfacerlos. Pero existe el problema de equilibrar los distintos intereses personales con el interés general, muchas veces enfrentados por legislaciones defectuosas. Se trata entonces de lograr el mayor bien del mayor número. Esto se consigue con leyes apropiadas, ya que Helvétius sostiene que «los vicios de un pueblo están siempre escondidos en el fondo de su legislación». Es lícito y preciso controlar y educar este interés individual, en tanto que es algo externo, en beneficio de otro tipo de interés, el interés general. Determinar lo bueno para todos y cada uno corresponde al legislador, a cuyo cargo está, en consecuencia, establecer la moralidad o inmoralidad de los intereses y de las acciones. En otras palabras, su tarea consiste en obligar a cada hombre, utilizando el sentimiento de amor a sí mismo, esto es, su egoísmo, a ser justo con los demás para lograr el perfecto equilibrio-social. Esto se logra sobre todo con leyes capaces de hacer felices a los ciudadanos procurándoles el mayor número posible de placeres compatibles con el bien público. Por eso es considerado uno de los precursores de una de las tendencias que influirá decididamente no sólo en el pensamiento jurídico-político de ese momento, sino en concepciones posteriores como el utilitarismo.

Luis XV fue un rey muy calumniado. Los jesuitas, a los que expulsó de su reino, tuvieron su parte de culpa en aquella época. Era muy liberal, y aunque, al ser muy piadoso, comía de vigilia todos los viernes, toleraba que Madame de Pompadour y el primer ministro, el duque de Choiseul, comieran carne en su mesa, sin preocuparse de lo que pensara la Iglesia. Cuando el filósofo Claudio Adrián Helvecio incurrió en las iras de Roma a causa de su libro Sobre el Espíritu (1758), libro quemado en la plaza pública, el rey le libró del encarcelamiento y de las persecuciones. Helvecio era masón, y Luis XV no lo ignoraba. Más tarde, en 1766, Jean-François Lefebvre, caballero de La Barre, que tenía diecisiete años, afeitó, en estado de embriaguez y al volver de la caza, el bigote y la barba de un Cristo de madera colocado a la entrada de Abbeville. El tribunal de la ciudad le condenó a que se le cortase la mano derecha, que sería quemada luego en fuego de azufre, a que se le arrancase la lengua, a que se le aplicasen tenazas al rojo y se le quemase vivo, tras haber sufrido tortura. De La Barre apeló al Parlamento de París, pero ya el rey había decidido que sería decapitado previamente. Luis XV había suprimido ya las galeras en 1748, horrorizado ante su régimen inhumano. Sustituyó esta pena por los trabajos forzados portuarios. Los condenados no llevaban más que la cadena y la bola sujeta a un pie, y colaboraban en las obras de los puertos y los arsenales. Los que se distinguían por su buena conducta podían ir a trabajar a la ciudad y amasar un peculio. El rey pensó también en establecer la igualdad de todos los franceses ante el impuesto. Todo el mundo se puso en su contra, desde el campesinado, que se negaba a hacer el servicio militar, hasta la burguesía, la nobleza y el clero. Por consiguiente, no se puede negar que, si el rey frecuentaba su logia madre, recibió al menos de ella unas normas de comportamiento. Este rey masón era muy lúcido. En una carta a su tía, la Princesa Palatina, escribe: “El espíritu de los filósofos lo desorganiza todo; compadezco a mis sucesores; después de mí, el diluvio lo arrasará todo”. Y también era muy humano. La noche de la batalla de Fonenoy, el 11 de marzo de 1745, dijo dirigiéndose al joven delfín: “Hijo mío, ved toda la sangre que cuesta una victoria. La sangre de nuestros enemigos es también sangre humana. La verdadera gloria está en preservarla”. En una carta del 8 de mayo de 1763 a uno de sus agentes secretos, declara: “Un rey no se sirve jamás de la palabra ‘odiar’ con sus súbditos”. Y en una carta del 31 de agosto de 1746, dirigida al mariscal de Noailles, hizo esta declaración que nadie imaginaría en una pluma real de la época: “Señor mariscal, la voz del pueblo es la voz de Dios”.

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Debe admitirse que el espíritu de la francmasonería impregnó a Luis XV a su pesar, al contacto con sus “hermanos”, los oficiales de la Chambre du Roi. Mucho más tarde, después de la subida al trono de Luis XVI, a la muerte de Luis XV (1774), el Grande Oriente de Francia funda al Oriente de la Corte, según la expresión ritual, la logia militar de los Trois Frères Unis, cuyos fuegos se encendieron el 1º de agosto de 1775. Dicha logia agrupa oficialmente a los guardias de corps del rey, o de Monsieur, conde de Provenza (el futuro Luis XVIII), o de monseñor el conde de Artois (el futuro Carlos X), a los oficiales, a los suizos de la guardia, a los funcionarios del despacho de la guerra, a los gendarmes del rey, y a los oficiales de la caballería ligera. Dado que se compone exclusivamente de masones vinculados por sus funciones a la familia real, pide que se le conceda el título que llevaban las de Jacobo II en Saint-Germain-en-Laye, es decir, Logia Real. El Grande Oriente se niega, pero no puede rechazar la denominación al Oriente de la Corte, puesto que los Hermanos están obligados a seguir a ésta cuando abandona Versalles.           Si, como se dice, Luis XVI fue recibido como masón en este taller, muy brevemente, en una sola tenida, como Luis XV, eso justificaría que los convencionales, todos ellos masones, diesen al joven delfín, el futuro Luis XVII, el sobrenombre de “lobezno”. Este término, que proviene directamente de la antigua masonería operativa, en que la loba es uno de los útiles de los antiguos canteros, designa a los hijos de los Maestros masones. Por otra parte, cuando Luis XVI se dirigió espontáneamente al Hôtel de Ville de París, el 17 de julio de 1789, tres días después de la toma de la Bastilla, para aceptar la escarapela tricolor en lugar de la blanca habitual, le esperaba una doble fila de gentileshombres. Todos eran sin la menor duda masones, ya que, a una breve señal, desenvainaron las espadas y formaron la muy masónica “bóveda de acero” para acoger al soberano, recordatorio discreto de la calidad que había recibido catorce años antes y que le imponía deberes, al tiempo que infundía respeto por su persona real. Los miembros del tribunal revolucionario le concedían, a pesar de todo, el privilegio de ir en carroza hasta el lugar de su ejecución, el 21 de enero de 1793. La bóveda de acero es un homenaje rendido en el templo masónico a un dignatario o a un visitante eminente por los hermanos alineados con las espadas en alto entrecruzadas. En lo que respecta a Luis XVIII, ex conde de Provenza, el historiador y masón F.T. Clavel, en su Histoirde pittoresque de la Francmaçonnerie (París, 1843), dice así: “Luis (XVIII) era demasiado magnánimo para prestar oído a las calumnias de que se hacía objeto a la masonería. Lejos de eso, aplaudió nuestros nobles trabajos y permitió que una medalla diese constancia del acontecimiento y perpetuase su memoria. Admitido anteriormente al conocimiento de nuestros misterios, había apreciado sus medios y su finalidad”. Clavel pronuncia estas palabras el 3 de noviembre de 1824, en la logia escocesa Emeth, durante la tenida solemne en el curso de la cual se pronunció el elogio fúnebre de Luis XVIII y se celebró el advenimiento de Carlos X.

Después de la batería de duelo y el triple grito de lamentación ritual, Clavel continuó: “Carlos X penetró en otro tiempo en el santuario de nuestros templos. La luz de la iniciación brilló ante sus ojos. El grande y noble objetivo que nos reúne se desarrolló en su espíritu. Por lo tanto, ¿cómo podría dejar de protegernos? Veo ya en un porvenir muy próximo que la masonería recobrará, bajo su poderoso protectorado, todo su antiguo esplendor. En vano se pretende achacarle el propósito de abolir nuestra generosa Orden. La mera suposición sería una injuria. Son nuestros enemigos, los malvados, los que suscitan en nosotros esos temores. Su tentativa fracasará”. Sin embargo, el 13 de marzo de 1825, el papa León XII publica la constitución apostólicaQuo graviora”, en la cual repite las condenaciones precedentes pronunciadas contra todas las sociedades secretas. Esta vez la excomunión tendrá pleno efecto, ya que el Concordato de 1801, firmado por Napoleón I y el papa Pío VII, da a Roma plenos poderes sobre la Iglesia de Francia, lo que nunca le había reconocido la antigua monarquía. Además, si bien Carlos X había promulgado al comienzo de su reinado medidas liberales, se había visto desbordado muy rápidamente por los ultras. Y su amante muy querida, la señora de Polastron, le había suplicado y hecho prometer en su lecho de muerte que compensaría sus calaveradas juveniles mediante una vida ejemplar. Forzado por esta promesa a la cabecera de la moribunda, Carlos X olvidó el juramento masónico del conde de Artois. Puede decirse que la cadena que, de Jacobo I de Inglaterra a Carlos X de Francia, había unido a todos esos primos de sangre, para convertirlos en hermanos por el compás y la escuadra, se había roto ante la tumba de la señora de Polastron, de nombre Yolande Martine Gabrielle de Polastron, condesa y duquesa de Polignac (1749 – 1793), que fue una aristócrata francesa. Los lazos entre Francia y Escocia se remontan a muy lejos, a la Guerra de los Cien Años. Ya Luis XI se había casado en 1436 con Margarita de Escocia, hija de Jacobo I de Escocia. La princesa tenía entonces once años. Más tarde veremos a Luis XIII convertirse en cuñado de Carlos I de Inglaterra y Escocia. Luis XIV será primo carnal de Carlos II de Inglaterra y Escocia, y de su hermano, el futuro Jacobo II. Luis XV será, pues, primo de Jacobo III, llamado el “Caballero de San Jorge”. Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X lo serán de Carlos III de Inglaterra y Escocia, el “Pretendiente”. Sólo la subida al trono de Inglaterra de la Casa de Hannover romperá esos lazos familiares.

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La guerra de los Cien Años fue un conflicto armado que duró 116 años (del 1 de enero de 1337 al 17 de octubre de 1453) entre los reinos de Francia e Inglaterra. Esta guerra fue de raíz feudal, pues su propósito era resolver quién controlaría las enormes posesiones acumuladas por los monarcas ingleses desde 1154 en territorios franceses, debido al ascenso al trono inglés de Enrique II Plantagenet, conde de Anjou. Tuvo implicaciones internacionales, involucrando también a Escocia contra Inglaterra, y finalmente, después de numerosos avatares, se saldó con la retirada inglesa de tierras francesas. La rivalidad entre Francia e Inglaterra provenía de los tiempos de la Batalla de Hastings (1066), cuando la victoria del duque Guillermo de Normandía le permitió adueñarse de Inglaterra. Ahora los normandos eran reyes de una gran nación y exigirían al rey francés ser tratados como tales. Pero el punto de vista de Francia no era el mismo. El Ducado de Normandía siempre había sido vasallo, y el hecho de que los normandos hubiesen ascendido al trono de Inglaterra no tenía por qué cambiar la sumisión tradicional del ducado a la corona de París. Enfermo Enrique VI, Inglaterra quedó, tras el fin de la guerra de los Cien Años, en manos de Somerset y York, enemigos declarados y absolutamente enfrentados ideológicamente, mientras Gloucester estaba en prisión. Guiados por intereses personales, no se preocuparon por consolidar la flamante paz, sino que embarcaron a su país en una sangrienta guerra civil dinástica que se conocería como la guerra de las Dos Rosas. En Francia, por su parte, la monarquía y el absolutismo fueron consolidados por Luis XI, hijo de Carlos VII. Luego de grandes conquistas, como Borgoña y Picardía, la Casa de Valois se extinguió como lo había hecho antes la de los Capetos. Estas caídas prefiguraban el fin de los estados feudales y el comienzo de la Europa Moderna que se harían realidad en el siglo siguiente. Mientras tanto, la francmasonería tradicionalista y apolítica, el Grande Oriente, continuará sus trabajos, con grandes nombres a su cabeza. Y la muerte del duque de Berry, hijo de Carlos X, miembro de la logia La Trinité, asesinado por Louvel, será llorada en numerosas logias del Gran Oriente de Francia. Sin esta muerte, los franceses hubieran tenido un rey masón más. Carlos Fernando de Artois, duque de Berry, (1778 – 1820), fue un príncipe real de Francia. Carlos Fernando de Artois era el segundo hijo varón de Carlos X de Francia y su esposa María Teresa de Saboya. Era descendiente de Felipe V de España y de Luis XIV de Francia.

Durante la Revolución francesa debió abandonar su país junto a su padre, en ese entonces Conde de Artois. Sirvió en el ejército de Condé entre 1792 y 1797 y luego en el ejército ruso en contra de Napoleón. La derrota de éste y la ascensión de su tío como Luis XVIII de Francia le transformó en general en jefe del ejército francés. Debido a que su hermano mayor, el duque de Angulema y su esposa Madame Royale no tenían hijos, él duque de Berry estaba considerado como heredero al trono de Francia. En 1812 es propuesto el matrimonio del duque de Berry con la Gran Duquesa Ana Pávlovna de Rusia, tras la abdicación de Napoleón Bonaparte, un masón, a manos del hermano de ésta, Alejandro, Zar de Rusia. Se planteaba como una muy buena unión, dado que Carlos Fernando era sobrino del rey Luis XVIII, quien en este momento recibe la corona de Francia. El duque de Berry estuvo casado secretamente en primeras nupcias con una dama inglesa, Amy Brown Freeman, de la cual tuvo que separarse para contraer un segundo matrimonio más acorde con su rango. En 1816 se casó con la princesa María Carolina de Borbón-Dos Sicilias, la que le dio dos hijos: Luisa de Francia (1819-1864), esposa del duque de Parma; y Enrique de Francia, Conde de Chambord (1820-1883), duque de Burdeos, hijo póstumo. El duque de Berry murió asesinado por Louis Pierre Louvel en 1824, cuando salía de la Ópera de París y siete meses después nació su hijo varón. Su esposa, ya viuda, se casó con Hector Lucchesi-Palli en medio de un escándalo que desacreditaría la causa de su hijo, el pretendiente al trono francés Enrique V de Francia. El asesinato fue motivado por la adhesión del duque de Berry al que sería Luis XVII, a quien quería ceder su derecho al trono y en cuyo favor intentaba hacer abdicar a Luis XVIII. Louis Elie Decazes (1780 – 1860), conde Decazes, fue un importante político francés del siglo XIX. La prensa acusó a Decazes de ser responsable del asesinato del Duque de Berry.

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Al recibir la iniciación como Aprendiz, el francmasón admite de facto las enseñanzas platónicas. Pero las leyendas no son sino la materialización de los mitos, su vía de transmisión. Los mitos desarrollan lo que los símbolos revelan en un lenguaje mudo. Los símbolos nos unen, conscientemente o no, a los arquetipos. Y estos últimos no son otra cosa que las Ideas Eternas de Platón. La teoría de las Ideas representa el núcleo de la filosofía platónica, el eje a través del cual se articula todo su pensamiento. No se encuentra formulada como tal en ninguna de sus obras, sino tratada, desde diferentes aspectos, en varias de sus obras de madurez como La República, Fedón y Fedro. Por lo general se considera que la teoría de las Ideas es propiamente una teoría platónica, pese a que varios estudiosos de Platón, como Burnet o Taylor, hayan defendido la tesis de que Platón la había tomado directamente de Sócrates. Los estudios de D. Ross, entre otros, han puesto de manifiesto las insuficiencias de dicha atribución, apoyando así la interpretación más generalmente aceptada. Tradicionalmente se ha interpretado la teoría de las Ideas de la siguiente manera: Platón distingue dos modos de realidad, una, a la que llama inteligible, y otra a la que llama sensible. La realidad inteligible, a la que denomina “Idea“, tiene las características de ser inmaterial y eterna, siendo, por lo tanto, ajena al cambio. Y constituye el modelo o arquetipo de la otra realidad, la sensible, constituida por lo que ordinariamente llamamos “cosas“, y que tiene las características de ser material y corruptible, y que resulta no ser más que una copia de la realidad inteligible. La primera forma de realidad, constituida por las Ideas, representaría el verdadero ser, mientras que de la segunda forma de realidad, las realidades materiales o “cosas“, hallándose en un constante devenir, nunca podrá decirse de ellas que verdaderamente son. Además, sólo la Idea es susceptible de un verdadero conocimiento, mientras que la realidad sensible, las cosas, sólo son susceptibles de opinión. De la forma en que Platón se refiere a las Ideas en varias de sus obras, así como de la afirmación aristotélica en la “Metafísica” según la cual Platón “separó” las Ideas de las cosas, suele formar parte de esta presentación tradicional de la teoría de las Ideas la afirmación de la separación entre lo sensible y lo inteligible como una característica propia de ella. Las grandes religiones politeístas se han limitado a divinizar estas Ideas. Tras la investidura impuesta por la angelología judía, hay que ver en el Samael que nos presenta el Zohar una de las Ideas Eternas, a saber, la Rebelión-Principio, más vivaz, más activa, más irradiante de lo que el público ordinario supone. Por consiguiente, la introducción de la muerte de Hiram en la nueva francmasonería, únicamente especulativa, con su aparición oficial en 1723, lanzó a ésta por la “vía de la izquierda”, la Prasavya del hinduismo, vía que desde entonces han seguido, de manera insensible y progresiva, tanto las obediencias como los miembros de las mismas. Moviéndose en dirección contraria a las agujas del reloj, como por ejemplo manteniendo el hombro izquierdo apuntando a un objeto central, llamado  prasavya, es observado en ceremonias funerales.

Este comportamiento materialista, ya sea explícito o formal, ya sea la actuación inconsciente de la vida diaria, trajo necesariamente consigo una modificación importante de toda la constitución psicofisiológica de los individuos. La mayor parte de nuestros contemporáneos se han vuelto absolutamente cerrados a toda influencia que no caiga bajo el control de sus sentidos físicos. Sus facultades de comprensión se han reducido. Dado que tal limitación se extiende sin cesar, a la manera de las ondas acuáticas, les conduce a rechazar, no sólo la existencia, sino incluso la posibilidad de existencia de facultades o de “planos” que sobrepasen el de sus conocimientos didácticos. Y como llevamos a nuestros antepasados en nosotros, por herencia, la humanidad se hunde cada vez un poco más, con el individuo, en las tinieblas espirituales. Una simple ojeada nos mostrará los estragos causados por el materialismo dialéctico a través del mundo. Y precisamente en el momento en que tal doctrina pretende poner remedio al hambre y a la guerra, esas plagas adquieren cada vez mayor importancia. En el año 1723 James Anderson transforma la masonería operativa, religiosa y llena de símbolos, expresados en sus útiles, en una francmasonería especulativa, agnóstica y en la que el simbolismo de los útiles queda abandonado a las fantasías de “filósofos” de pacotilla. En cuanto al aspecto metafísico y filosófico de la Geometría, tan caro a Platón y a sus discípulos, se contentan con retener su inicial, la letra G. Gérard de Nerval, en Viaje a Oriente, nos dice:Por orden expresa de Solimán Ben Daud, el ilustre Adoniram fue enterrado bajo el altar del templo que había construido. Por eso Adonai acabó por abandonar el arca de los hebreos y redujo a la servidumbre a los sucesores de Daud“. La leyenda ritual de la muerte de Hiram, psicodrama que sirve de base para la Maestría masónica desde el siglo XVIII, no tiene fecha precisa de aparición, y se ignora el nombre de quien la elaboró. A lo sumo se puede pensar en el año 1723 como fecha media de su oficialización en el dominio del ritualismo. Samuel Pritchard no la publicó en su estudio Masonry Dissected hasta 1730. El autor conserva en su obra todos los grandes temas del ritual de los masones operativos, al que sólo añade el del papel representado por Hiram y el de su muerte. Pero hasta una época mal definida, la nueva masonería especulativa, nacida en Londres en 1717, no precisó nunca de la fecha del asesinato de Hiram, arquitecto del templo de Salomón, cometido en el mismo templo por tres malos Compañeros, deseosos de enterarse de la palabra clave de los maestros albañiles, a fin de percibir su salario.

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Ahora bien, en el Cahier número 3 de la logia Villard de Honnecourt, Gran Logia Nacional Francesa, figura un artículo del señor Pierre Girard-Augry, titulado “Las supervivencias operativas en Inglaterra y Escocia”. Las primeras divulgaciones referentes a la existencia de supervivencias operativas en el seno de una organización masónica de ese tipo se debieron a tres masones ingleses: Clement E. Stretton, Thomas Carr y John Yarker. Los dos primeros se formaron masónicamente en logias de esta naturaleza; el tercero fue simplemente un masón especulativo, no  operativo, pero, como los precedentes, un masón de muy alto nivel. La particularidad de sus divulgaciones consiste en darnos una fecha precisa para el asesinato de Hiram por los tres malos Compañeros, a saber, el 2 de octubre. Por consiguiente, los miembros de esta logia operativa, en posesión de un ritualismo científico, conmemoran una vez al año la trágica muerte de Hiram. Los Cahier de Villard de Honnecourt, célebre maestro de obras de la Edad Media, están abiertos también a los autores no masones. Según Reyes: “Fue en el año cuatrocientos ochenta después de la salida de Egipto de los hijos de Israel cuando Salomón construyó la morada del Eterno, en el cuarto año de su reinado sobre Israel, en el mes de Ziv, que es el segundo mes”. Hay que señalar que Inglaterra, lo mismo que Suecia, Dinamarca y Suiza, no adoptó el calendario gregoriano hasta 1752, durante el reinado de Jorge II. Se sabe que el calendario llamado juliano, en honor de Julio César, establecido en 707 por Socígenes, había acabado por retrasarse once días con respecto a la marcha solar real. El papa Gregorio XIII confió, pues, el cuidado de restablecer el orden a su astrólogo y astrónomo Lilio. Y al jueves 4 de octubre siguió el viernes 15 de octubre. Por lo tanto, se impone una conclusión. Hay que comprobar en qué calendario se basaron para establecer la fecha simbólica de la muerte de Hiram, lo cual nos permitirá fechar la aparición de la nueva “precisión”. Si el 2 de octubre se fijó en una época en que todavía se hallaba en vigor el calendario juliano, el grado en que se sitúa el Sol en esa fecha debería tener un simbolismo astrológico evidente, ya que a partir de mediados del siglo XVIII la masonería operativa está infestada de elementos procedentes del medio rosacruciano. Entre ellos se cuenta William Lilly, astrólogo de Carlos I, el cual, muy inclinado al misticismo, envía a Alemania en 1646 a Jean Sparow para que recogiese allí las enseñanzas de Jacob Boehme y las publique después en Inglaterra. Ahora bien, el 2 de octubre del calendario juliano corresponde al octavo grado del signo zodiacal de Libra, un grado que, según la tradición astrológica unánime, no presenta nada en particular. En cambio, el 2 de octubre del calendario gregoriano corresponde al decimonono grado del signo zodiacal de Libra, lugar en que se sitúa lo que los astrólogos llaman la caída del Sol, por oposición al decimonono grado del signo de Aries, lugar de su exaltación.

Por consiguiente, el hecho de hacer coincidir el día 2 de octubre con el decimonono grado de Libra demuestra que se ha utilizado el calendario gregoriano para la elección de la fecha, y que dicha elección tuvo lugar en 1752, o más tarde, época en que se adoptó el calendario gregoriano en Inglaterra. Tras el mito de Hiram, arquitecto del templo, se esconde el esquema de un mito solar. En efecto, el templo de Salomón es la imagen de Dios, del Hombre y del Mundo. “Estudiar uno de ellos supone estudiar el otro …”, nos dice Jean Baptiste de Willermoz, iniciado en la masonería y cofundador de la Orden Martinista. El templo de Salomón fue destruido al cabo de treinta años por Sisac, faraón de Egipto. Sheshonq I, príncipe de Heracleópolis, fue el primer faraón de la dinastía XXII de Egipto. Reinó entre el 945 y el 924 a. C., durante el Tercer periodo intermedio de Egipto. Manetón lo denominó Sesonjis, según Julio Africano. Es el Sisac o Shishak citado en la Biblia. Bajo la dinastía XXI, los Mashauash, o libios, también conocidos como bereberes, que controlaban las fuerzas armadas del reino, se habían asentado en el delta del Nilo, en torno a Bubastis, hacia el año 1000 a. C. y, paulatinamente, habían extendido sus territorios hasta El Fayum. Sus jefes se convierten en líderes poderosos y el hijo de uno de ellos, Sheshonq I, toma el poder a la muerte de su suegro, Psusenes II de Tanis, y se impone como faraón, fundando la dinastía XXII y tomando el poder hacia 945 a. C. Sheshonq I nombra a Nimlot I, uno de sus hijos, rey de Heracleópolis para que controle el Egipto Medio. Se rodea de gente absolutamente fiel, que sitúa en puestos estratégicos, reforzando así el poder real. La reorganización del territorio se comparte entre los príncipes libios. Todos los miembros de la familia son colocados en puestos importantes y reciben posesiones, pero esta política va a implicar la división del territorio del delta, el Bajo Egipto, a partir del siglo VII a. C. Su reinado supone cierto renacimiento, con la construcción de nuevos monumentos. La diosa Bastet, a la que el rey hace erigir en Tebas un gran templo, se convierte, asociada a la diosa Sejmet, en la gran diosa nacional. El culto de otros dioses se abre paso sobre el culto de Amón. Sheshonq I reanuda la política expansionista. Reconquista Palestina y con un ejército compuesto por egipcios, libios y nubios, ataca los reinos de Israel y Judá. Lleva a cabo incursiones contra los beduinos de los Lagos Amargos, se apodera de Gaza, toma y saquea Jerusalén en 925 a. C., apoderándose del tesoro de rey Salomón, acontecimiento descrito en la Biblia, siendo uno de los primeros sucesos bíblicos históricamente probados. Sheshonq I hizo grabar sus campañas sobre los muros del templo de Amón, en Tebas (Karnak).

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Volviendo al tema del mito solar, vemos que el año solar trópico abarca treinta y tres años. Es natural, desde el punto de vista del simbolismo, que Hiram, arquitecto del templo, se identifique con este año solar. La tradición masónica, expresada en varios rituales, nos dice que Salomón se hizo enterrar en el emplazamiento de lo que sería el sanctasantorum. Sin embargo, hay en el desarrollo del ritual descrito por los tres masones ingleses Clement E. Stretton, Thomas Carr y John Yarker un punto que obliga a reflexión. Clement E. Stretton, en Operative Free Masonry, tiene un capítulo titulado “Conmemoración de la cimentación del templo de Jerusalén”: “[…]  En el curso de la ceremonia, se elige a un Hermano para ser la “víctima humana”, pues en los tiempos antiguos “se sacrificaba a un hombre, ya que se creía que había que enterrar a un hombre en el centro de las cuatro esquinas del edificio; de otro modo, no se mantendría en pie. Para ilustrar la ceremonia, se reviste de blanco una mesa de seis pies de largo, a fin de que parezca exactamente un gran bloque de piedra blanca, y en el momento de posar la piedra, seis hombres levantan el bloque y lo hacen descender sobre el ‘sacrificado’, tras lo cual la ceremonia consiste en examinar la piedra con la escuadra, el nivel y la plomada continúa de la manera habitual. Resulta extremadamente interesante para el ‘sacrificado’, sentado inmóvil bajo la pieza, oír decir que la pérdida de su vida ha dado solidez a la construcción, de manera que se mantendrá en pie para siempre. Al final de la ceremonia, en el momento en que los masones dejar el trabajo y van a refrescarse, el ‘sacrificado’ se libera y regresa a su casa, pues nadie debe volver a verle aquel día”. Los carpinteros navales del mundo antiguo tenían un rito semejante. Cuando se botaba un barco, se ataba a un esclavo desnudo a la figura de proa del navío, y éste volvía después para aplastar al hombre contra las piedras del muelle de partida. Y todavía en el siglo IV se recomendaba a los jóvenes que no se acercaran nunca a las obras de construcción al caer la noche. En efecto, corrían el peligro de ser raptados y servir como víctimas propiciatorias en mitad de la noche. Con la suavización de las costumbres, los maestros de obras se contentaron con sacrificar un gallo negro a las entidades subterráneas, cuyo dominio iban a violar al excavar el suelo. Una tradición medieval pretende que un obispo alemán de las tierras del Rin, que había logrado enterarse por medio del hijo de uno de ellos de lo esencial de ciertos ritos y operaciones secretas que se habían practicado a medianoche, dos días antes, en las obras de una nueva catedral que estaban levantando los Compañeros constructores, fue ejecutado unas horas más tarde. Hay que creer que los comentarios del pequeño ponían en peligro la libertad y probablemente la vida de esos masones operativos.

En su estudio Essais historiques et topographiques sur l’église cathédrale de Strasbourg (1782), el abate Grandidier relata el drama que acompañó, en 1277, a la ceremonia de colocación de la primera piedra para la torre de la catedral. El arzobispo Conrad de Lichtengerb, cuyo castillo del siglo XIII, al norte de Saverne, se mantiene todavía en pie, quiso presidir la ceremonia. Dos maestros albañiles se disputaron el honor de cavar la fosa en que iba a colocarse la piedra simbólica ante el arzobispo. La querella generó en disputa y, en el curso de la misma, uno de ellos resultó mortalmente herido. Se interrumpió todo el trabajo en la obra durante nueve días y se procedió a una purificación y luego a una nueva bendición de la misma. Tal vez esta querella fue organizada para volver a tener una víctima humana en lugar de un animal. La catedral quedó desproporcionada, ya que sólo se levantó la torre del norte, en 1395. Más tarde, en 1439, recibió la flecha que la remata, gracias a Jehan Hültz, de Colonia. Otro detalle curioso es que la catedral fue erigida sobre el emplazamiento de un antiguo templo de Hércules. Y durante seis siglos hubo que reconstruir los santuarios que el fuego, el rayo o las invasiones de los bárbaros destruían sin cesar. En 1015 se construyó una iglesia de estilo románico. San Bernardo ofició en ella en 1145. Pero el fuego asoló el edificio por cinco veces y hubo que reconstruirlo, repararlo, y volver a consagrarlo sin descanso. A este respecto, recuérdense las sucesivas catástrofes que destruyeron en Italia el monasterio de Monte Casino, reconstruido siempre sobre el emplazamiento de un antiguo templo consagrado a Apolo, que fue derribado en el siglo VI por San Benito. Sabios eran los Compañeros  que sabían propiciarse las fuerzas misteriosas de la naturaleza. El abate Aigrain, Bloud y Gay, en su libro Liturgia, nos dicen que todo esto lleva a sospechar que detrás de la muerte violenta de Hiram, arquitecto del templo, enterrado por orden de Salomón en el emplazamiento de lo que sería más tarde el sanctasantórum, sería el sacrificio de cimentación común a todos los templos del mundo antiguo, a las murallas y las puertas de las ciudades, a los cimientos de las casas y a la botadura de los barcos. Por lo demás, el rito se extendía también a las estatuas de los dioses. Se encerraba en su interior a un animal cuyo tamaño se acomodase al volumen de las mismas. Su espíritu servía como soporte psíquico a la animación ritual y votiva que se proseguiría a lo largo de los días, según la creencia común. La costumbre se observa todavía en la consagración de los altares cristianos, que deben contener una parcela de las cenizas de un santo o una santa. Y el emplazamiento preciso en que se encierran esas reliquias dentro de la piedra del ara se llama con toda justicia el sepulcro. El sacrificio humano se practicaba todavía en Israel en el siglo XII antes de Cristo, época en que Jefté, juez de Israel, sacrificó a su hija a cambio de su victoria sobre los ammonitas. Ahora bien, este episodio precede sólo en doscientos años al reinado de Salomón.

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En el Pontifical romano tenemos el Ritual de la excomunión mayor, que dice: “Y que su alegría se extinga frente a los santos Ángeles, como esos cirios se extinguen ante vuestros ojos“. La condena más antigua entre las pronunciadas por la Iglesia contra las corporaciones es la del Concilio de Rouen de 1189, en que se dicta la condenación fulminante contra las cofradías obreras de albañiles. El motivo fue la existencia de secretos del oficio, de ritos, tanto de recepción como de iniciación de una obra, y de asambleas, cuyas deliberaciones se mantenían igualmente secretas. En 1326 el Concilio de Aviñón renueva la condenación precedente y censura la costumbre de estos artesanos (canteros, albañiles) de utilizar palabras secretas y signos asimismo secretos para reconocerse entre ellos. En la condenación se incluye la Cofradía de los Hermanos Pontífices, dedicados a la construcción de carreteras, puentes y acueductos, sobre todo en Aviñón, Provenza, el Delfinado, la región de Lyon y Auvernia. Viene después la condenación pronunciada por la Facultad de Teología de la Sorbona el 30 de mayo de 1648 y el 14 de marzo de 1665. En su sentencia, la Sorbona describe y condena las prácticas rituales de los compañeros zapateros, silleros, sastres, cuchilleros y sombrereros. Hay que decir que no hubo nunca término de comparación entre las cofradías de oficios ordinarios y las cofradías de constructores. La Geometría aportaba a estos últimos, verdaderos francmasones, un indiscutible ennoblecimiento intelectual, tal vez incluso espiritual. Había un ritual mediante el cual la Cofradía de Carboneros del Franco Condado recibía en los tres grados de Aprendiz, Compañero y Maestro a un “Buen Primo” carbonero. Dichos rituales tienen un aspecto muy cristiano, pero en el tercer grado, el de Buen Primo Maestro Carbonero, el compañero recipiendario revive toda la Pasión de Cristo. Lo que la Iglesia perpetúa en las calles de Sevilla lo excomulga en el Franco Condado. Como hemos visto, James Anderson publicó en 1723 las célebres Constituciones de los francmasones, dedicadas al duque de Montagú, Gran Maestre. En 1724 un masón disidente, llamado Samuel Pritchard, reveló en su panfleto The Grand Mystery of Free Masons Discovered la introducción de ritos sospechosos. Pritchard prestó juramento de sinceridad ante un funcionario público. Ahora bien, las Constituciones de Anderson son literalmente agnósticas. Para ellas, la palabra “religión” se limita a la moral universal, “sobre la cual están de acuerdo todos los hombres”. El Vaticano decidió entonces intervenir, probablemente alertado por sus nuncios y sus obispos. El 4 de mayo de 1738 el papa Clemente XII promulga la bula In eminenti apostolatus specula.

La bula se limita a ataques generales, pero sus términos son demasiado formales para no haber sido provocados por hechos particulares indiscutibles, chocantes para un teólogo católico: “Hemos sabido, y el rumor público no nos ha permitido dudarlo, que se había formado cierta sociedad, asamblea o asociación, bajo el nombre de francmasones o Liberi Muratori, o bajo una apelación equivalente, según la diversidad de las lenguas, en la cual se admite indiferentemente a personas de toda religión y de toda secta, que bajo un exterior de probidad natural afectada, que se exige y con la que se contentan, se han dado ciertas leyes, ciertos estatutos que les unen unos a otros y que, en particular, les obligan bajo las penas más graves, en virtud de un juramento prestado sobre las Santas Escrituras, a mantener un secreto inviolable sobre lo que sucede en sus asambleas”. El papa Clemente XII prohíbe en consecuencia formar parte de esas sociedades, favorecer su expansión, dar asilo en su casa o en otro lugar a sus miembros, so pena de excomunión. La excomunión fue renovada el 15 de junio de 1751 por el papa Benedicto XIV, el cual, en su bula, libera a los francmasones de un juramento pronunciado en tales condiciones, arguyendo: “Como si le estuviera permitido a alguien apoyarse en una promesa o un juramento para dispensarse de responder al poder legítimo que intenta descubrir si en esa especie de asambleas se hace algo contra el Estado, la religión y las leyes”. Menos conocido es el hecho de que el original de la bula de Clemente XII incluye una frase que no fue reproducida en las copias dirigidas a las diversas nunciaturas. En efecto, la bula termina así el pasaje en que se enumeran las razones de la condenación: “… y por otros motivos solo de Nos conocidos”. Revelar estas últimas causas, a saber, la existencia de prácticas más o menos ocultas, tendría el efecto contrario al deseado, y los curiosos se precipitarían a entrar en la masonería, ya que la época es fecunda en aficionados a todos los aspectos de lo oculto. Desde el regente Felipe de Orleans, que posee un gabinete de magia, al mariscal duque de Richelieu, pasando por muchos otros grandes nombres, desearon e intentaron ver al Diablo. En cualquier caso, más recientemente el papa Juan Pablo II renovó la condenación formal de la francmasonería, cualquiera que sea su obediencia, regular o no, firmando la declaración de la  Congregación para la Doctrina de la Fe, fechada el 26 de noviembre de 1983. En 1738 el Parlamento francés se negó a registrar la bula de Clemente X11, y los obispos apenas lograron que los fieles la conocieran. Además, numerosos sacerdotes y obispos empezaron a entrar en la masonería. Lo mismo ocurrirá con la Declaración de 1983, ya que el Vaticano ejercía cada vez menos influencia sobre las almas, consecuencia de la degradación progresiva de la Iglesia, tanto por el abandono de sus tradiciones más sagradas como por los escándalos que se manifiestan en ella y que ya no se alcanza a disimular como antaño.

Para la Iglesia es absolutamente imposible admitir que los “bautismos” masónicos del Agua, el Aire y el Fuego vengan a superponerse y pretendan completar a los sacramentos del bautismo, la confirmación y la penitencia que ella pone a disposición del fiel para su purificación personal. La iniciación masónica resulta incompatible con la vida sacramental. Asimismo es absolutamente imposible para la Iglesia admitir que, llegado a cierto grado presentado como “crístico”, un católico pueda afirmar que “la Naturaleza se renueva por el Fuego”, cuando el Evangelio de Juan dice lo contrario: “Si un hombre no nace del Agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los Cielos”. El cristianismo enseña al hombre el perdón de las ofensas y a ofrecer la mejilla izquierda cuando se le abofetea en la derecha. Ahora bien, la francmasonería del siglo XVIII elaboró ritos llamados de “venganza”, ritos en que los puñales reemplazaban a las espadas, se ornamentaban las bandas y los mandiles con emblemas fúnebres y se prestaba juramento de castigar a los traidores. Prestarse a esos ritos de venganza significaba subir de grado, elevarse por encima del modesto masón de los primeros grados, llamados “azules” por el color de su mandil. Y la vanidad sigue siendo uno de los diversos procedimientos existentes para manejar a los hombres. Además, entre esos altos grados había uno que tenía como divisa Nec plus ultra, “nada por encima”. Nada más fácil que ver en ello una afirmación de ateísmo, tanto más cuanto que se trataba del más elevado entre los grados de “venganza”, con su grito ritual en hebreo: “¡Nekam, Adonai! ” (“¡Venganza, Señor!”). Y este grado pretendía asegurar la sucesión oculta de los templarios, cuyo último Gran Maestre, Jacques de Molay, había emplazado al rey Felipe el Hermoso y al papa Clemente V a morir muy poco tiempo después, lo que realmente sucedió. Dado que el papa Clemente XII murió dos anos después de haber publicado su bula de excomunión, sus sucesores tenían motivos para creer que la francmasonería poseía secretos temibles. Todo lo cual no era muy adecuado para arreglar las cosas. De hecho, las relaciones entre la Iglesia católica y la francmasonería no pueden jamás mejorar. El Abate R. Aigrain, en su libro Liturgia, nos dice: “La disciplina del secreto, severamente observada, impedía que se hablase de los misterios sagrados, y el papa Inocencio I, en su carta a Decencio, declara que no puede revelar, escribiéndolas, las palabras que se pronuncian durante la confirmación“. El papado de Inocencio I duró del 402 al 417. Para entonces el cristianismo, es decir, la Iglesia, ya no tenía nada que temer, puesto que se había convertido en religión de Estado. Sin embargo, tal como había hecho durante los tres primeros siglos de la nueva era, guardó el secreto sobre muchos de sus ritos. En nuestra época se mantiene aún un juramento de secreto rigurosamente observado, el del obispo el día de su consagración:

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En Sacre d’un évêque selon le Pontifical romain, leemos: “En cuanto al secreto que ellos [los papas] me hubieran confiado, por sí mismos, por sus nuncios o por escrito, no lo revelaré a nadie, a sabiendas, en su perjuicio”. La palabra aparece en singular, ya que se trata de un solo secreto: concilium vero. De manera que la Iglesia tiene un secreto, como se supone que la francmasonería a causa del carácter secreto de sus enseñanzas, ritos y costumbres. El motivo sería que la Iglesia ha querido siempre conocer la vida interior de los individuos, de las familias y de las colectividades. Para ello fue organizando poco a poco, a partir del siglo II, lo que llamamos ahora el sacramento de la penitencia, tras una confesión oral, al principio a los pies de los obispos, luego ante el sacerdote ordinario. El uso tardó siglos en codificarse de manera ritual. Y el juramento de silencio de los Compañeros vino a combatir ese deseo de conocer de los representantes de la Iglesia, deseo más imperioso aún porque los inquisidores no ignoraban que mantenían ritos de cimentación venidos del fondo de los tiempos paganos. Una frase de las Constituciones de Anderson contribuyó desgraciadamente a aumentar sus sospechas. Nos referimos al cierre de la tenida anual de la Gran Logia: “En fin, después de algunos otros actos que no pueden ser relatados en ninguna lengua, los Hermanos podrán retirarse o permanecer más tiempo, como les plazca”. Se trata del ritual del cierre de esta tenida, y se refiere simplemente a algunas frases acompañadas de gestos simbólicos. Cierto que los masones operativos tenían secretos de oficio, la mayoría de los cuales pueden encontrarse en los formularios de divulgación. Decimos la mayoría, no todos. Había ya procedimientos que recurrían a la Geometría, plana o del espacio, lo que significaba mucho en una época en que esta ciencia era completamente desconocida para los sacerdotes ordinarios. Había la fórmula de fabricación de ciertos cementos, e ignoramos la utilizada por los albañiles del Imperio romano. Había secretos de manipulación, de transporte, de colocación de la piedra, por no hablar de los que se refieren al corte de la misma. Por último, había el secreto de los ritos de cimentación  de un edificio, el más grave a los ojos de los inquisidores. Ahora bien, los que llamamos masones aceptados, los intelectuales admitidos en las logias operativas, no tenían ninguna necesidad, ni hacían ningún uso, de todos esos secretos de los masones operativos. Por esa razón no han llegado hasta nosotros. El secreto que la Iglesia quiere condenar, porque lo conoce, es el que anima a la francmasonería especulativa, que acababa de nacer en Londres, en 1723. Y la aparición del ritual de la muerte de Hiram y su encarnación en el nuevo Maestro no contribuirá a solucionar las cosas.

Ya no son ritos paganos, más o menos mezclados con una magia primitiva, lo que Roma pretende hacer desaparecer, sino un clima intelectual que se desarrolla poco a poco, un clima de libre pensamiento, de poner en tela de juicio todo lo que la Iglesia había creído establecido para siempre y estableciendo un clima del que no puede surgir más que una contestación permanente. Y la Iglesia no puede ver en los contactos de los masones aceptados con elementos considerados como rosacrucianos, es decir, heréticos en primer grado, más que una especie de infección espiritual con respecto a sus propios dogmas. Porque realmente no hay ninguna necesidad de secreto en la vida de las obediencias masónicas contemporáneas. No hay nada en sus rituales y en sus usos que lo justifique. Y todo se puede revelar sin que se agrieten las murallas del templo. Lo que está fuera del Tiempo y de la Materialidad es totalmente extraño al espíritu de la mayoría de los masones contemporáneos. Los que se proclaman como altamente espiritualistas se limitan a la práctica de una vida sacramental rutinaria en una de las religiones clásicas o creencias más o menos extravagantes. Cierto que existen conocimientos teóricos liberadores. Cierto que existen procedimientos de acción oculta capaces de rellenar lo que René Guénon llamaba las “fisuras de la Gran Muralla”. Sin embargo, los hombres están hechos de tal forma que se apresuran a abrirlas de nuevo. Bajo pretexto de democracia, de igualitarismo, todo debe ser accesible para todos. Pero si ése es precisamente su objetivo, Seleccionar entre los que son aptos para conocer y concebir y los que sólo son aptos para ejecutar. De ese postulado deriva, en ciertas obediencias masónicas, el abandono de toda severidad en la progresión jerárquica. Ya no se trata de la construcción de la Pirámide, sino de una vulgar meseta. El problema radica en que desde lo alto de la primera se ve hasta muy lejos, mientras que desde la segunda solo se ve a los vecinos. Como dijo René Guénon, en El reino de la cantidad: “En el fondo, el odio contra el secreto no es otra cosa que una de las formas del odio contra todo lo que sobrepase el nivel ‘medio’ y contra todo lo que se aparte de la uniformidad que se quiere imponer a todos”. A veces se ha relacionado la masonería con el sufismo. Pero el sufismo no consiste en mezclar el Islam, el cristianismo y el judaísmo de la manera más cómoda, invocando a Alá, Jesús y Jehová. Algunos añaden incluso a Buda y a Confucio. El sufismo se vive en el seno de la religión islámica, lo que implica la conversión a ésta y la circuncisión correspondiente. En Números, del Antiguo Testamento, leemos: “El que toca el cuerpo de un hombre muerto y no se purifica mancilla el tabernáculo del Eterno. Ese tal será borrado de Israel“. La prohibición del Antiguo Testamento se extiende a los huesos humanos y a los sepulcros. Por eso se cubría con cal viva, un poderoso desinfectante, la puerta y el umbral de los sepulcros de Israel. De ahí la invectiva bien conocida de “Sepulcros blanqueados”, utilizada con frecuencia en los Evangelios.

Por lo tanto, es comprensible el sobresalto de los masones ingleses de principios del siglo XVIII, todos muy impregnados de la Biblia, leída por las noches en familia conforme a la costumbre, que, como el masón Samuel Pritchard, se niegan a admitir el nuevo ritual de recepción al grado de Maestro y a acostarse simbólicamente sobre el cadáver de Hiram, a fin de ofrecerle su propia forma carnal como un vehículo psíquico. Poco importa que haya un esqueleto completo en un ataúd clásico, como los que se conservan todavía en ciertos templos masónicos antiguos. O que una simple calavera, que figura habitualmente en la plataforma del Venerable, al oriente del Templo, sea colocada en el emplazamiento de la cabeza sobre el simbólico paño negro con franjas de plata, donde se reclinará el nuevo Maestro. O que esos huesos reales sean reemplazados por un masón lleno de vida, que representa el papel de Hiram asesinado. O que el clásico tapiz de logia negro, con sus lágrimas de plata, tendido sobre el rectángulo, incluya en el occidente una calavera y dos tibias del templo, cruzadas y bordadas en plata, como las presentan las estampas masónicas del siglo XVIII. En efecto, para el impetrante todo consiste en su aceptación consciente del rito, puesto que consiente en morir para que el alma de Hiram penetre en él. Se trata de la tradición judía del dibucq. Y cuando se levante al toque ritual interpretado por los nueve Maestros, tras su marcha lenta y rimada alrededor de la tumba, todo estará consumado, y el espíritu de Hiram se habrá integrado en él. Si nos referimos a las tradiciones del ocultismo judaico, el hombre viviente se compone de cuatro esencias sutiles, guph, nephesh, ruah y neshamah: guph es el hálito de la osamenta, el poco de vida inconsciente que permanece en ella como remanente, el elemento Tierra; nephesh es el alma instintiva, la de las pulsaciones vitales, conservadoras, la categoría hílica de los gnósticos, el Agua; ruah es el espíritu, el intelecto, la comprensión y el comportamiento racionales, la categoría psíquica de los gnósticos, el elemento Aire; neshamah es el alma divina, la chispa superior, la categoría neumática de los gnósticos, el elemento Fuego. Como se ve, se podría asimilar el nephesh hebraico al etimmu de las tradiciones asirio-babilónicas. Pero en este caso, no sabemos quién sugirió a James Anderson y Jean-Théophile Désaguliers la idea de reemplazar la sobria pero digna ceremonia de recepción acostumbrada hasta principios del siglo XVIII por ese ritual, largo, eficaz desde el punto de vista del ocultismo, pero que, en oposición absoluta con la enseñanza bíblica, resulta sin discusión para los fieles de las tres religiones de tronco de Abraham (judía, cristiana o islámica) terriblemente negro.

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Tal vez fue un mago judío al que conocían. A partir de 1670 se había formado en Londres una colonia judía. Varios rabinos de origen polaco se ocupaban de la cábala práctica, es decir, de magia. Supieron actuar sobre Désaguliers y Anderson, que se habían puesto en contacto con ellos, y consiguieron que se recibiese a los judíos en la nueva Gran Logia. Esta comunidad de magos se perpetuó y uno de ellos estaba destinado a ser célebre.            Se llamaba Hain Samuel Jacob, nacido en Polonia, y era más conocido por el nombre de Falk-Scheck, gran rabino de Inglaterra. Fue el maestro en ocultismo judaico de masones ilustres y altos iniciados, como Toux de Salverte, Gleichen, Waldenfelds, etc. Cuando Savalette de Langes redactó sus fichas signaléticas, destinadas al marqués de Chefdebien, con vistas al célebre Convento de Wilhelmsbad (1782), la indicación “conoce a Falk, ha trabajado con Falk, alumno de Falk ” recordaba a Chefdebien que se encontraría ante un masón altamente iniciado. Se puede observar en esas fichas que Savalette de Langes (1746-1797), que fue oficial de honor del Grande Oriente de Francia en 1787 y miembro fundador de los Amigos Reunidos, masonería esencialmente iniciática, escribe Rose-Croix con Z en lugar de S, en alusión al hebreo rozen, (“príncipe”). Savalette de Langes fue consejero del Parlamento de París en 1771, adjunto a su padre, Savalette de Magnanville, como guarda del tesoro real. También fue tesorero pagador en 1790, capitán de la guardia nacional, y ayuda de campo de La Fayette. En lo que respecta a Falk-Scheck, no hay que confundirle con su homónimo Falke, burgomaestre de la ciudad de Hannover, francmasón y miembro de la Estricta Observancia Templaria. Las enseñanzas de Falk-Scheck están condensadas en el Calendario mágico de Duchanteau, que las recibió de Salvert de Toux, discípulo directo de Falk. Ahora bien, en aquella época, en los medios masónicos inclinados al ocultismo corría el rumor de que existía un “rey de los judíos” y que ese personaje no era otro que Falk-Scheck, que vivía en Inglaterra. Sobre Falk-Scheck encontramos en el artículo “Noticia histórica sobre el Martinesismo y Martinismo”, un hecho que merece citación: “Mme. De la Croix, exorcista de poseídos, y a su vez ella misma demasiado frecuentemente poseída, se jactaba sobre todo de haber destruido un talismán de lapislázuli que el duque de Chartres (Philippe-Egalité, más tarde duque de Orleans, y Gran Maestre de la Masonería francesa) había recibido de Inglaterra de parte del célebre Falk-Scheck, gran rabino de los Judíos, un talismán que debería haber conducido al príncipe hasta el trono, y que, según ella decía, fue destruido sobre su pecho en virtud de sus rogativas”. Tuviera o no justificación tal pretensión, no es menos cierto que la historia resulta singularmente esclarecedora de algunas influencias ocultas que contribuyeron a preparar la Revolución Francesa.

Además del gran sacerdote, que representaba el poder espiritual, existía en Israel, en la Diáspora, aquel a quien se llamaba el “Príncipe del Exilio”, es decir, el Exiliarca, jefe político de los judíos deportados a Babilonia en el año 598 antes de nuestra era. El primero sería en ese caso Joaquín, rey de Judá, llevado a Babilonia por Nabucodonosor. Según se dice, el último de los “Príncipes del Exilio” fue, en 1040, un tal Ezequías. Pero es seguro que tanto el título como la función se perpetuaron. Hay informaciones sobre todo esto a través de Nathán de Babilonia, judío babilónico del siglo X de nuestra era, autor de una Historia del exiliarcado. Samuel Schllam, en su edición de 1545 del Yuchasin de Moisés Zacuto, publicó algunos fragmentos de la misma. Los sucesores del califa Omar y del califa Alí exhumaron las leyes de persecución contra los judíos promulgadas por el primero, leyes que él mismo no había aplicado, y comenzaron a imponerlas a la desdichada población judía. En 856, durante el reinado de Almutavakille, nieto de Almamún, fue disuelto el gran sanedrín. El resh galutha perdió poco a poco sus privilegios, lo mismo que su papel, y ya hacia finales del siglo IX se suprimieron los parlamentos de Sura y Pombadita. Sin embargo, secretamente, el cargo real de “Príncipe del Exilio” se perpetuó, probablemente combinado con el de “Baal Schem”, o sea, Maestro del Nombre, alusión a la pronunciación secreta del Tetragrámaton, que sólo el sacerdote de Israel podía vocalizar en el sanctasantórum del Templo. El Tetragrámaton (“cuatro letras“) es el teónimo en hebreo, cuadrilateral, típicamente no mencionada, que identifica al Dios de Israel por medio de la Biblia hebrea, compuesto por las letras hebreas yodh he waw he, escrito de derecha a izquierda en idioma hebreo, y transliterado como YHWH o YHVH a otros idiomas. Aparece 6828 veces en el texto masorético y en ediciones críticas de la Biblia Hebraica Stuttgartensia. El Tetragrámaton no aparece en su forma completa en ningún manuscrito griego existente del Nuevo Testamento, pero aparece incluido en los nombres teofóricos en la Biblia, y en su forma abreviada yah en la palabra aleluyah en el Apocalipsis. Los manuscritos del Nuevo Testamento en griego koiné contienen la palabra griega Kýrios (Señor) en las citas del Antiguo Testamento en donde en los manuscritos hebreos aparece el Tetragrámaton. Es posible que en el siglo XVIII ese “Príncipe del Exilio” fuera Manassé ben Israel, científico judío de origen marrano (judíos conversos), nacido en Lisboa en 1604 y muerto en Amsterdam el 20 de noviembre de 1657, adonde se había trasladado siendo muy niño desde su Portugal natal. Escribió tratados de matemáticas, de filosofía religiosa y, sobre todo, apologías del judaísmo, la más importante de las cuales fue el Vindiciae judaerum, publicado en 1656.

Consultado por Oliver Cromwell (1599 – 1658), líder político y militar inglés. sobre los signos anunciadores de la Parusía, o retorno glorioso de Jesús y Juicio Final, cosa que debió de sorprender mucho a Manassé, fue invitado a la Asamblea de Whitehall de 1655, que admitió definitivamente el retorno de los judíos a Inglaterra y les aseguró la tolerancia religiosa. Habían sido expulsados de ella en 1210 por Juan Sin Tierra, y por Eduardo I en 1290. Con ocasión de esta Asamblea de Whitehall, Manassé redactó su Humble addresses to the Lord Protector, solicitando el retorno de sus correligionarios a Gran Bretaña. Cromwell aceptó, exigiendo a cambio que los judíos prometiesen trabajar en favor de la grandeza de Inglaterra. Trabajar sí, pero ¿de qué manera? Sólo el resh galutha, o Exilarca, podía hacerlo. En primer lugar, en forma financiera y comercial. En segundo lugar, por procedimientos ocultos, en los que quizá intervenían las prácticas religiosas (teúrgia) y la antigua magia judía. Y en este último campo, el resh galutha tenía su doble, su reflejo, cuya identidad conservaba secreta. Tal era, pues, el papel de Falk-Scheck, el hombre al que veneraban los masones realmente iniciados en este período del siglo XVIII. Casi inabordable, había negado la entrada en su casa al duque de Montmorency-Luxemburgo, y raros eran los grandes señores que obtenían gracia a sus ojos. Prestó su ayuda para operaciones de alquimia al mariscal duque de Richelieu y predijo al príncipe de Rohan Guémené la fecha exacta de la muerte de Luis XV, el 10 de mayo de 1774. En cambio, sostuvo relaciones continuadas con Felipe de Orleans, el futuro Felipe Igualdad, hijo del regente, el cual, al morir, dejó estupefactos a sus familiares cuando descubrieron que poseía un verdadero laboratorio de magia. Su hijo, Felipe de Orleans, pasaba por entregarse “a ciencias de muy mala especie”. En el curso de una evocación mágica, Falk-Scheck le entregó un collar, o un anillo, de hierro, destinado a permitirle eliminar a la rama primogénita de los Borbones y hacer pasar la corona de Francia a la rama segundona de los Orleans. El hecho está confirmado por una carta, desgraciadamente ilegible en parte, fechada el 6 de julio de 1789 y dirigida a la marquesa de La Croix, discípula de L.C. de Saint-Martin y que albergaba a éste en su palacio. Sin embargo, hay dudas de que Falk-Scheck haya sido ese jefe oculto de la Diáspora, y no se conoce ni a su predecesor ni a su sucesor. Tampoco se sabe a ciencia cierta si era realmente rabino. Parece más que dudoso, ya que los que se interesaban por el ocultismo calificaba con este título a todo mago judío. Pero se olvida que la inmensa masa religiosa judía y todo su cuerpo doctrinal, el rabinado, sentían horror por todo lo referente a la adivinación, los sortilegios y la hechicería. Basta para convencerse con leer el Antiguo Testamento. Ahora bien, el collar de hierro que se supone que Falk-Scheck entregó a Felipe de Orleans como un talismán oculto para permitirle eliminar a su primo Luis XVI, rey legítimo e indiscutido de los franceses, este collar de hierro tenía más de maleficio que de otra cosa.

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Y en realidad este talismán resultó eficaz, puesto que Luis XVI fue eliminado gracias al sufragio de Felipe Igualdad, que hizo inclinarse el escrutinio de la Convención hacia la sentencia de muerte sin remisión el 19 de enero de 1793. La víspera se habían pronunciado 387 votos por la muerte sin remisión, y 334 por la detención o la muerte condicional, con remisión de pena. Y así, Felipe Igualdad pudo escribir el 22 de enero de 1793: “el cerdo gordo fue sangrado ayer”. El collar de hierro, metal impuro en todas las tradiciones, se cerró después sobre su cuello de otra manera, y al igual que su primo y “hermano”, fue guillotinado diez meses más tarde, el 6 de noviembre de 1793. Murió, hay que reconocerlo, con el desdén ante la muerte propio de un gran señor del Antiguo Régimen. Anteriormente, había renegado de la francmasonería y admitido el principio de su prohibición, pese a ser el Grande Maestre del Grande Oriente de Francia. En su carta del 22 de febrero de 1793, publicada en el Journal de Paris, su gesto fue sancionado con otro más espectacular. El presidente de la asamblea extraordinaria del Grande Oriente de Francia, Louis Roettiers de Montaleau, romperá solemnemente la espada de Gran Maestre de Felipe Igualdad ante todos los masones presentes. Felipe de Orleans había olvidado que, al votar la muerte de su primo Luis XVI, votaba igualmente la muerte de un “hermano”, ya que no ignoraba que el rey había recibido, como él, la iniciación masónica. Todo esto no muestra precisamente a un Falk-Scheck susceptible de ser considerado por la masa religiosa judía como una luz espiritual. Pertenecía a ese pequeño medio, muy reducido, que se encuentra en todas las épocas al margen de la Diáspora y que agrupa a los magos, hechiceros, nigromantes y cabalistas de la mano izquierda y contra los cuales el kahal de una comunidad israelita no vacilaba nunca en lanzar la maldición del herem, la excomunión judía. Sin la menor duda, Felipe Igualdad pagó generosamente sus servicios. No olvidemos que los judíos estaban muy protegidos en el reino de Francia desde la época de Luis XV. Por ello no tenían ningún interés en echar abajo la monarquía. Volviendo al tabú del cadáver y al ritual de la muerte de Hiram, tenemos que, en 1751, la Madre Logia Escocesa al oriente de Marsella utilizaba un ataúd ordinario de madera, cubierto con un paño negro. No había aquí ni esqueleto ni huesos, puesto que las leyes de la época no lo hubiesen permitido. Pero una vez que el recipiendario se había echado en su interior, cubierto con el paño negro, se colocaba sobre su rostro un paño blanco ligeramente salpicado de sangre, de sangre de un animal, claro está, que constituía un polo de atracción oculta muy eficaz. Así lo confirmaban todas las tradiciones primitivas.

La pregunta es, ¿qué se puede atraer así? Todo lo que se presente procedente de la cuarta dimensión, ese “mundo paralelo” por el que la ciencia contemporánea comienza a interesarse discretamente y cuya existencia afirman todas las religiones desde siempre. Y hay que decir que existe una gran diversidad entre la fauna del mundo astral interesada por la presencia de la sangre. Oigamos lo que dice el pitagórico Jámblico, en su obra De la abstinencia de la carne, con respecto a las misteriosas entidades de ese mundo oculto: “Viven de vapores y exhalaciones, con lo que se nutre lo que hay de corporal en ellos, y se fortifican igualmente con los aromas de la sangre y de las carnes. Un hombre prudente y sabio se guardará bien de esa clase de sacrificios, que no atraerán más que a esos Espíritus”. De estos ritos puede resultar lo que los espiritistas llaman una incorporación, que todas las hechiceras del Extremo Oriente practican desde hace milenios. Incorporación psíquica inesperada, no deseada, de un huésped, que se convierte con frecuencia en un estorbo. Así ha ocurrido alguna vez durante una anestesia un poco larga. El operado se desdobla, y su envoltura carnal es ocupada de inmediato por un intruso. Sin referirse a esas posesiones de origen misterioso, se han comprobado con frecuencia cambios completos de mentalidad y de moralidad, intensificaciones exageradas de la sexualidad, después de ciertas iniciaciones, pese a la extrema moralidad de las mismas. El conjunto psíquico que constituye el sujeto se perturba gravemente, y el orden de los “personajes interiores” se modifica en grado extremo. Una especie de revolución trastorna la jerarquía anterior, y otro personaje, antes relegado a segundo o tercer plano, surge a la superficie y reina en ella como amo y señor. Lo mismo puede ocurrir en las ordenaciones religiosas y su progresión. En el caso del ceremonial de la Maestría masónica que comporta la muerte de Hiram, el Recipiendario incorpora simplemente una corriente psíquica que, a través de los símbolos, los mitos, las leyendas, le une a un arquetipo, a una Idea Eterna, la Rebelión-Principio. Y si en el ritual se incluyen principios contrarios que vengan a corregir la situación, el nuevo Maestro entrará poco a poco e inconscientemente en la vía de la izquierda, la Prasavya del hinduismo, el Sihr del Islam, equivalente a magia, lo que se puede llamar, con René Guénon, la contrainiciación. Es la vía de la Francmasonería únicamente politizada, sin alma y sin luz, en la que ya no resuena la voz secular y tranquilizadora de los viejos símbolos. Entonces se ve el compás, símbolo del Espíritu, presentado cabeza abajo, dominado por las escuadras, símbolo de la materialidad, que ha tomado su lugar o por lo menos intenta hacerlo.

Fuentes:

  • Antiguo Testamento – Libros históricos (Samuel, Reyes, etc..)
  • Ambelain Robert – Secreto masónico
  • Anon – El Talmud Código Sagrado Y Secreto Origen Masonería
  • Bailey Foster – El espíritu de la masonería
  • David Icke -El-Mayor-Secreto
  • Blavatsky, H.P. – Los orígenes del Ritual en la Iglesia y la Masonería
  • Di Bernardo Giuliano – Filosofía de la Masonería
  • Ferrer Menimeli, Jose Antonio – La Masonería
  • Guenon, René – Estudios sobre la francmasonería y el compañerazgo
  • Hall Manly – Claves perdidas de la Masonería
  • Krumm Heller – Secretos de la Masonería
  • Pessoa Fernando – Escritos Sobre Ocultismo Y Masonería
  • Sanchez Casado Galo – Altos Grados de la Masonería
  • Sanchez Pacheco Felicidad – Secretos de la Historia sobre Masonería
  • Leadbeater Charles – Vida Oculta en la Masoneria

 

Fuente: https://oldcivilizations.wordpress.com/2016/02/18/algunas-pinceladas-historicas-sobre-la-masoneria/

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