Algunas pinceladas históricas sobre la Masonería II.

Continúa…

En cuanto al parentesco entre el oficio de forjador y fundidor y ciertos tipos particulares de cánticos rituales, se advertirá que aparece muy marcado en el vocabulario semítico, ya que el árabe está emparentado con los términos hebreo, sirio y etíope que designan la acción de «cantar o entonar una lamentación fúnebre». Es muy posible que el hebreo kinah, con que se denomina este tipo de cántico de lamentación, designe primero un canto de trabajo, en forma de encantamiento, que evocaba el papel de los antepasados y solicitaba la asistencia oculta del jefe del linaje, Caín. e incluso de su misterioso progenitor, Samael, la Serpiente del Edén, según el Zohar. Esta filiación mística se perpetuó mucho mas allá de los tiempos bíblicos. La secta de los cainitas, que perduró hasta los primeros siglos de nuestra era, veneraba a Caín, adversario del dios de este mundo material, Adonai, y a Judas Iscariote, que fue, según ellos, un instrumento de la Redención, al provocar la muerte sacrificial de Jesús. Hipólito de Roma, en sus Philosophumena, cita a Eufrates de Pera (Cilicia), quien nos dice: “Caín es aquel cuyo sacrificio no aceptó el dios de este mundo, que aceptó en cambio el sacrificio sangriento de Abel, pues el dios de este mundo ama la sangre”. En la antigüedad comprobamos la presencia de sectas que se llaman a sí mismas naasenas (de nahash,  serpiente) o bien ofitas (del griego ophis, serpiente). Sus fieles adoran a Nahash, la Serpiente del jardín del Edén, porque, dicen, gracias a ella el Hombre y la Mujer pudieron abrir los ojos a la realidad, distinguir entre el Bien y el Mal, y manifestar su libre albedrío. Y, según el Génesis, si Adonai, el dios-amo del jardín del Edén, no se lo hubiera impedido, habrían probado también el fruto del Árbol de la Vida Eterna y habrían sido divinizados para siempre, al convertirse en sus iguales. Autores antiguos, como Ireneo y Epifanio, asocian entre sí a ofitas, cainitas, naasenos y sethianos, que constituyen para ellos una misma familia herética. En cuanto a los forjadores y fundidores del Sinaí, su orientación mágico-religiosa sigue siendo un misterio por lo que se refiere a sus orígenes, perdidos en la noche de los tiempos. Pero uno de sus sacerdotes y señores fue el iniciador de Moisés en una buena parte de las tradiciones que éste dejó a Israel, el pueblo que el forjó, porque se había convertido a su vez en forjador y fundidor de hombres. Los cainitas del Sinaí se dispersaron después por el mundo antiguo. Porfirio, en su Vida de Plotino, da ciertos detalles sobre los gnósticos. Carl Schmidt fue el primero en poner de manifiesto y demostrar la importancia histórica de esos textos de Porfirio en su obra Plotins Stellung zum Gnosticismus and kirchlichen Christentum. En su opinión, la secta existente en Roma hacia mediados del siglo III formaba parte del «vasto grupo al que se llamó antaño los ofitas». Tenían su origen en Siria, se habían multiplicado en Egipto y, finalmente, se habían extendido incluso a Roma.

Toda la cuenca del Mediterráneo oriental, teniendo como centro la Alejandría de los Ptolomeos, había constituido su centro de irradiación. Algunas de sus ramas se habían cristianizado. Para ellas, el Caduceo de Hermes Trimegisto reflejaba una enseñanza. Una de las dos Serpientes era el Principio del Mal; la otra, el Principio del Bien, que se había encarnado en Jesús. Por eso los judíos, sectarios de Adonai, habían tratado de ahogar su mensaje haciendo que los romanos lo crucificasen. La tradición de Samael (o Iblis), arcángel rebelde, padre de Caín y antepasado de Tubal Caín, llegó a las corporaciones romanas partiendo del desierto de Sinaí y, desde éstas, se extendió como tradición secreta, de siglo en siglo, a través de los diversos gremios. La respuesta la dará la historia misma del cristianismo primitivo. Durante los primeros siglos, la nueva religión se extendió sobre todo entre las masas obreras, entre la clase servil, para utilizar la terminología de aquel tiempo. Y Celso lo demostró en su terrible Discurso de verdad: contra los cristianos: «Hay una nueva raza de hombres nacidos de ayer, sin patria ni tradiciones, aliados contra todas las instituciones religiosas y civiles, perseguidos por la justicia, tachados universalmente de infames, pero que se vanaglorian de la excreción común: los cristianos. Mientras que las sociedades autorizadas se reúnen abiertamente a la luz del día, ellos celebran reuniones secretas e ilícitas para enseñar y propagar sus doctrinas. Se unen por un compromiso más sagrado que un juramento, con vistas a conspirar con mayor seguridad contra las leyes y resistir más fácilmente a los peligros y los suplicios que les amenazan. El poder que parecen poseer les viene de nombres misteriosos y de la invocación de ciertos daimones. Todo lo que pareció asombroso en los actos de su maestro provenía de la magia. En resumen, su doctrina es una doctrina secreta. Ponen una constancia indomable en conservarla, y no puedo reprocharles su firmeza». No cabe la menor duda de que esta descripción no corresponde a lo que sabemos acerca del cristiano de la época, humilde, servil, ignorante e ingenuo. En realidad, Celso censura aquí a los gnósticos extremistas. Y los naasenos, los ofitas, los sethianos corresponden perfectamente a la descripción. Ahora bien, forjadores, fundidores, canteros y carpinteros pertenecen a esta clase servil. Y se considera que su profesión está impregnada de prácticas mágicas, más o menos negras. Pero también ellos prefieren el secreto y la seguridad. Gérard de Nerval, en Viaje a Oriente, dice: “Hijo de Kaín, sufre tu destino, llévalo con frente imperturbable. Cuando ya no estés sobre la tierra, la milicia infatigable de los obreros se unirá bajo tu nombre, y la falange de los trabajadores, de los pensadores, abatirá un día el poderío ciego de los reyes, esos ministros despóticos de Adonai. Ve, hijo mío, cumple tu destino“.

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En los medios órficos, el alma, llegada a una encrucijada del camino que siguen los difuntos, debe elegir entre dos vías. Una, la de la izquierda, conduce a un ciprés blanco, o muerte, que da sombra a un manantial del que brota el agua del Olvido. Se ha advertido por adelantando al participante que no debe acercarse a él. Al contrario, debe tomar el camino de la derecha, el que lleva al agua fresca del lago de la memoria. Tal es, descrito por la poesía helénica, el postulado de partida del taoísmo, con sus dos Principios, el Yin y el Yang, en perpetua oposición, en este mundo, de la dualidad que es la Creación. Las diversas religiones exotéricas los conocen con nombres místicos. Y resulta muy curioso ver que la mayoría de ellas han dado a su Principio del Mal denominaciones muy próximas. En efecto, en el Egipto antiguo se llama Typhon-Seth, mientras que en el corpus judeocristiano su nombre es Satán. En la religión musulmana, Shitane y en el taoísmo Satshi. Y los imagineros medievales lo representaron en el tímpano de nuestras catedrales bajo el aspecto de una serpiente, enroscada alrededor de un árbol que se ensancha en dos ramas principales. También aquí encontramos la S y la T. A veces, el simbolismo masónico de la segunda mitad del siglo XVIII representó el sudario de Cristo enroscado como una serpiente en torno a una cruz en forma de tau (S y T), como la Serpiente de bronce que Moisés erigió en el desierto. Más tarde, el mismo simbolismo enroscará un tallo de rosa en torno a la misma cruz en tau, abriéndose la rosa en el cruce superior de la tau. Ahora bien, la rosa es la flor de Venus. Y Venus rige el cobre. El cobre se llama nahash en hebreo, y nahash significa también “serpiente”. En la metafísica de la doctrina platónica, todo postulado geométrico tiene su significación. Por ejemplo, en la definición de las líneas paralelas se escribe: “Se dice que dos líneas rectas situadas en el mismo plano son paralelas cuando, prolongadas hasta el infinito, no llegan a cortarse”. O dicho de otra manera: “Dos principios de la misma naturaleza, prolongados hasta el infinito, no se identifican jamás”. Lactancio, que vivió entre el año 240 y el 320, fue discípulo de Arnobio, se convirtió al cristianismo hacia el 300, y fue más tarde preceptor del hijo del emperador Constantino. En sus Divinae Institutiones, habla de una tradición oral que recibió Lactancio y de la que dio testimonio. Se basa en una tradición propia del judaísmo y que deriva del profeta Ezequiel, quien vivió desde el año 689 al 5790 antes de nuestra era. La recibió durante la cautividad de Babilonia, bajo los efectos de alucinógenos que utilizaban los tradicionales nabis (videntes) de Israel para recibir sus comunicaciones mediúmnicas. He aquí el texto: “La palabra del Eterno me fue dirigida en estos términos: Hijo del hombre, pronuncia una elegía sobre el rey de Tiro. Tú le dirás: Así habla el Señor, el Eterno: Ponías el sello de la perfección; estabas lleno de sabiduría, eras perfecto de belleza; habitabas en el Edén, el jardín de Dios. Ibas cubierto con toda clase de piedras preciosas: sardónica, topacio, diamante, crisolito, ónice, jaspe, zafiro, carbunclo, esmeralda y oro. Tus tamboriles y tus flautas estaban a tu servicio, preparados para el día en que fuiste creado. Eras un querubín protector, con las alas desplegadas. Yo te había colocado y estabas en el santo monte de Dios. Andabas en medio de piedras resplandecientes. Fuiste íntegro en tus caminos desde el día en que fuiste creado hasta el día en que fue hallada en ti la iniquidad. A causa de la grandeza de tu papel, te llenaste de violencia y has pecado. Por ello, te precipito del monte de Dios y te hago desaparecer, Querubín protector, de en medio de las piedras resplandecientes. Tu corazón se volvió soberbio a causa de tu belleza y has corrompido tu sabiduría con tu orgullo”.

Los cabalistas están de acuerdo en ver en esto el Metatrón. Y en las nueve piedras preciosas y el oro final, los diez sephiroth de la Cábala que lo forman. Pero tenemos que recurrir al Eclesiastés, libro del Antiguo Testamento, escrito en hebreo hacia el año 200 antes de nuestra era por Ben Sira y traducido al griego por su nieto. Figura en las Biblias de la Iglesia católica, de los protestantes y del judaísmo. Suele atribuirse erróneamente a Salomón. Dice lo siguiente: “He visto a todos los hombres vivos que marchan bajo el sol, y también al segundo adolescente, que debe alzarse en lugar del otro”. Queda así desmentido lo indicado por Lactancio. La rivalidad entre los dos hermanos divinos era ya conocida por los antiguos egipcios, con Typhon-Seth, raíz eterna del Mal, asesino y más tarde vencido, de su hermano Osiris Unnefer, principio eterno del Bien. En su prólogo a la sexta edición de L’homme à la découverte, de C.G. Jung, el doctor Roland Cahen dice así: “Uno de los horizontes más importantes que nos abre esta obra es el de las proyecciones.  Se llama proyección al fenómeno por el cual un individuo imprime sobre un objeto o un ser del mundo ambiente un contenido y una tonalidad psíquica que son, real y verdaderamente, un rasgo de su vida interior. La proyección ha demostrado tener una importancia tan grande como la percepción.  En la actualidad, hay que decir que el individuo está unido al mundo por dos lazos: la percepción y la proyección. Y esos dos lazos no por ejercerse en dirección inversa dejan de revestir la misma importancia y manifestar la misma irracionalidad”. Más adelante, Cahen precisa la naturaleza de los arquetipos estudiados por Jung: “Los arquetipos son, en el plano de las estructuras mentales y las representaciones, los corolarios dinámicos de lo que son los instintos en el plano biológico, es decir, modelos de acción y comportamiento”. Podemos examinar el ritual de la maestría masónica bajo el aspecto que ésta ha revestido a partir de 1723. La antigua masonería operativa y la masonería especulativa, aceptada en las logias de la primera antes de 1717, que es una encrucijada esencial en la historia de la francmasonería, ignoraban el ritual de la muerte de Hiram. Ahora bien, ese ritual ha orientado a los masones, convertidos exclusivamente en especulativos, hacia una vía distinta de la antigua. Dicha vía conduce al masón instruido, la minoría, a estudiar la genealogía atribuida a Hiram, filiación que, una vez admitida, le lleva a un concepto derivado inevitablemente del mito, el concepto de la Rebelión-Principio, volviendo con ello a la leyenda de Samael, la entidad que se rebeló contra Dios, como cuenta el Sepher-ha-Zohar.

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Ahora bien, si el Zohar nos relata la leyenda de la caída de Samael, el querubín visto por Ezequiel, y el Corán nos relata la de Iblis, el Génesis nos da la filiación de Hiram. Y esta filiación expresa sin ningún género de dudas un tema luciferino. En la Biblia, Hiram no es en modo alguno un arquitecto, sino sencillamente un fundidor. Y los fundidores, obreros del fuego, han llevado siempre una existencia separada en las naciones del Oriente Medio. Por el rito de la recepción en la Maestría masónica, Hiram renace en el nuevo Maestro, cuando éste se alza de la tumba simbólica, bajo el paño negro con franjas de plata. Entonces recibe verdaderamente el Espíritu masónico, espíritu de tolerancia, espíritu no dogmático, sin ningún vínculo con una espiritualidad precisa. Los forjadores y los fundidores tuvieron siempre una reputación particular, tanto en los países del Oriente medio como en todo el mundo asiático antiguo. En su libro El reino de la cantidad y los signos de los tiempos, René Guénon (1886 – 1951), matemático, masón, filósofo y esotérico francés, hace hincapié en la desconfianza que los fundidores y forjadores de metales inspiraban a los pobladores de estas regiones: “En muchos países ha existido y existe todavía una especie de exclusión parcial de la comunidad, o al menos una ‘distanciación’ de los obreros que trabajan los metales, sobre todo los herreros, cuyo oficio, por lo demás, se asocia a menudo con la práctica de una magia inferior y peligrosa, degenerada finalmente, en la mayoría de los casos, en pura brujería”. Una nota al pie de página subraya esta observación: “En lo que respecta a la relación con el ‘fuego subterráneo’, el parecido manifiesto del nombre de Vulcano con el del Tubal Caín bíblico resulta particularmente significativo. Por lo demás, se representa a ambos como herreros. Y añadiremos precisamente, a propósito de los herreros, que esta asociación con el ‘mundo infernal’ explica de modo suficiente lo que dijimos más arriba sobre el lado ‘siniestro’ de su oficio”. René Guénon utiliza aquí los términos “fuego subterráneo” y “mundo infernal” en sentido estricto, no en el del vocabulario cristiano. En su estudio Forgerons et alchimistes, Mircea Eliade coincide con René Guénon. En zonas tan alejadas unas de otras, como Japón y el África negra, el dios de la forja y de la fundición,  es a la vez tuerto y cojo, lo mismo que el Vulcano de la mitología. En siglos anteriores las masonerías operativa y especulativa rechazaban a los tuertos y los cojos, además de los bizcos, los jorobados y los bribones. En todo el mundo antiguo encontramos la sacralización de la fragua mediante un sacrificio sangriento. En los tiempos antiguos se sacrificaba a una criatura humana. Luego, gracias al progreso moral y religioso, fue sustituida, según las zonas, por un animal o por un feto humano, aunque en este último caso se obtenía mediante un aborto provocado. Es posible que el sacrificio de los primogénitos haya estado a veces asociado a esta noción de animación oculta de la fragua, puesto que se perpetuó la expresión de “hacer pasar a los primogénitos por el fuego”.

En todas partes se consideraba la fusión del metal como una obra siniestra ( sinistra, izquierda”), que requería el sacrificio de una vida humana o, por lo menos, de un feto humano. De ahí el carácter “demoníaco” que presentaban los trabajos metalúrgicos en los tiempos babilónicos. A lo que hay que añadir que la metalurgia moderna se ha puesto muchas veces a la cabeza de corrientes revolucionarias. La Iglesia ha tomado sus precauciones contra los ritos perpetuados por forjadores y fundidores. Desde el siglo VI las campanas de sus templos señalaron los grandes momentos de la liturgia, las horas en que hay que reza. Sin embargo, de manera general, las vibraciones sonoras emanadas de las campanas, tal como irradian las ondas al ir propagándose, estuvieron destinadas a expulsar de la atmósfera los malos espíritus que, según San Pablo, moran en ella. La Iglesia elaboró incluso un ritual especial de bendición para paliar las influencias maléficas que hubieras podido quedar registradas en la campana durante su fundición. En efecto, además de sus funciones prácticas, la campana debe actuar como una defensa contra el rayo, las tempestades, los huracanes y las epidemias. Así se deduce del texto del ritual de su consagración y su animación, porque, a su vez, la Iglesia intenta animar la campana y orientarla en una dirección distinta de la que hayan podido imponerle los fundidores. Para ello, la ceremonia, llevada a cabo por el propio obispo, comprende el recitado de los siete Salmos de la penitencia. Sigue después la ablutio, es decir, la purificación. A continuación se la somete a siete unciones exteriores con el óleo de los enfermos, a fin de curarla de su enfermedad física pasada, y a cuatro unciones ulteriores con el santo crisma, el óleo utilizado en las sacralizaciones sacerdotales. Por último, se coloca bajo el badajo un incensario lleno de brasas e incienso litúrgico bendito y, mientras el humo sube hacia su interior, el obispo pide a Dios en su oración que “haga descender al Espíritu Santo sobre los creyentes cuando suene esta campana, como descendió en otro tiempo sobre Saúl a los sones del arpa que vibraba bajo los dedos de David”. Después se da un nombre a la campana, el nombre de un santo o una santa. Como se ve, en los siglos pasados la Iglesia no ignoraba nada de los ritos secretos de los fundidores y los forjadores. Ahora bien, la leyenda de Hiram nos dice que cuando éste dio la señal de romper la greda calcinada que taponaba el orificio por el que iba a salir el metal fundido y éste brotó y se desparramó, un hombre se arrojó al canal por el que el mismo se vertía y desapareció en el mar de fuego. Este hombre, llamado Benoni en la leyenda, era el hijo espiritual de Hiram, el “primogénito” en su ciencia. Gérard de Nerval deforma el nombre. En realidad se llamaba Ben Onam, lo cual significa en hebreo “hijo del dolor”. Se trata de la posteridad de Esaú y de los hijos de Edom, y el simbolismo resulta muy claro.

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El rechazo desconfiado del forjador de metales por parte de las poblaciones ordinarias se acentúa más aún cuando se trata de artesanos especializados en la fabricación de armas blancas, como los que hacen los célebres kriss de Malaysia. Dichos obreros se imponen un régimen severo de vida, se abstienen de relaciones sexuales durante ciertas fases de la fabricación y repiten fórmulas durante el trabajo. Por último, la hoja llameante será sumergida, siguiendo un verdadero ritual mágico, en un baño compuesto de determinados ingredientes, destinado a conferirle una especie de vida oculta. Por lo demás, hay kriss que no salen nunca de la casa de su fabricante y son objeto de un verdadero culto familiar de propiciación. Durante las cruzadas, los caballeros francos se enteraron de que algunas ricas espadas o cimitarras, pertenecientes a grandes personajes árabes o turcos, habían recibido su temple final al hundirlas, una vez calentadas al rojo, en el corazón de un esclavo sacrificado para la ocasión. Se les ocurrió entonces la idea de utilizar sangre de animales, y comprobaron que se obtenían los mismos resultados. Evidentemente, este rito sangriento está emparentado con los sacrificios realizados al poner los cimientos de los edificios. Desde este punto de vista, el papel de los forjadores se emparentaba también con el de los fundidores. El Libro de los Jueces incluye el relato de la fabricación de una pareja de teraphim, pequeños ídolos domésticos utilizados para la adivinación y que los indígenas de Kamchatka, península volcánica situada en Siberia, conservaban aún secretamente en el siglo XIX, a pesar de las severas prohibiciones de la Iglesia ortodoxa. En el Libro de los Jueces se dice: “Su madre tomó doscientos siclos de plata. Y dio este dinero al fundidor, que hizo con él una imagen tallada y una imagen fundida…”. La imagen tallada es el original; la imagen fundida deriva de este modelo, a través de un molde de barro que sirve para la fundición final. El rito se inspira en el mito de la creación de Eva, extraída del cuerpo de Adán, que sirvió como original. Como se ve, tanto los forjadores como los fundidores estaban iniciados en una cierta tradición oculta, perteneciente, si no a la pura brujería, al menos a una magia inferior. Ahora bien, el Hiram bíblico, cuya alma se traslada de iniciado en iniciado según el rito masónico aparecido en 1723, es a la vez forjador y fundidor, hijo de un forjador y fundidor llamado Ur . Y su genealogía es todavía más asombrosa, de creer al Génesis y al Sepher-ha-Zohar. No hay que extrañarse de que el nuevo ritual para el grado de Maestro suscitase protestas tan pronto como apareció. Había motivos, puesto que las antiguas tradiciones operativas no concedían mayor importancia a Hiram Abif que a Hiram, rey de Tiro, a Nemrod o a Noé, personajes citados, entre otros muchos, en los relatos con pretensiones históricas que precedían a los artículos de los reglamentos masónicos.

Un francmasón disidente, Samuel Pritchard, denunció en 1724, en una carta, unas innovaciones que le parecían chocantes: “Mis Hermanos culpables han desarrollado la superstición y las charlatanerías inútiles en las logias, por sus prácticas y sus debilidades recientes. Informes alarmantes, historias de malos espíritus, brujas, escalas, lazos, espadas sacadas de la vaina y cámaras oscuras han sembrado el terror. He decidido no volver a poner los pies en una logia, a menos que el Gran Maestre ponga fin a estos procedimientos mediante una orden pronta y perentoria a toda la Fraternidad”. Más adelante, nos dice en una de las cartas anexas: “Cuentan extrañas e ingenuas historias acerca de un árbol que, según dicen, nació de la tumba de Hiram, con hojas maravillosas y un fruto de calidad monstruosa, aunque al mismo tiempo no saben ni cuándo ni dónde murió, y no conocen más sobre su tumba que sobre la de Pompeyo”. Esta manifestación de hostilidad por parte de los elementos tradicionalistas de la antigua francmasonería se reproduciría alrededor de 1730. Se trata de la creación de una nueva obediencia, la Orden Real de Escocia (Royal Order of Scotland). Henri-John Ostiak, miembro de la de la logia Villar de Honnecourt, perteneciente a la Gran Logia Nacional Francesa, revela que la Orden Real de Escocia no tiene de real ni de escocesa más que el nombre. No debe su origen ni a Francia ni a Escocia, sino a Inglaterra, puesto que nació en Londres. Sin embargo, los masones ingleses dicen “que se remonta a una época perdida para la memoria a causa de su antigüedad”. Henri-John Ostiak dice: “A principios del siglo XVIII, nuestros hermanos ingleses juzgaron necesario crear una obediencia de Altos Grados independientes, en realidad la más antigua del mundo, para contrarrestar la descristianización introducida por las Constituciones de Anderson. Esta contrapartida cristiana y trinitaria ha llegado hasta nosotros prácticamente intacta. Descubrimos tal reacción en los mismos rituales, donde se precisa con toda claridad que el Royal Heredom fue fundado para corregir los errores y las prácticas abusivas. Los rituales son auténticamente ingleses, y se han conservado hasta nuestros días en su pureza original gracias a Francia“. Pero la orden no desapareció por completo. En 1845 formaba todavía parte integrante del Supremo Consejo de los Ritos Confederados, con sede en Edimburgo, y de la rama francesa de este último.

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Si bien la antigua masonería operativa había utilizado en las tradiciones todo lo relativo al arca de Noé, la torre de Babel, los nombres de Lamec, Nemrod, Hermes, Euclides, etc., mencionando a veces a Salomón, a Hiram, rey de Tiro, y a Hiram Abif, el fundidor de las columnas del templo, nunca se había hablado de la muerte de este último y mucho menos de la complicidad de Salomón, ni de su breve unión con Balkis, la reina de Saba. Hay que esperar a la introducción de elementos judaicos en la nueva masonería para ver surgir la leyenda, hacia 1723-1725. En efecto, entre las publicaciones de la célebre logia inglesa Los Cuatro Coronados, en el tomo I de los años 1886-1888, aparece un estudio del profesor Hayter Lewis, en el que señala una antigua versión de la leyenda de Hiram, incluida en un manuscrito en lengua árabe, aunque transcrito en caracteres hebraicos, y que data del siglo XIV. Según Lewis, dicho manuscrito incluye en el relato una palabra clave de tres letras, que constituyen la abreviatura de una frase con el significado siguiente: “Nuestro maestro Hiram ha sido encontrado”. No cabe la menor duda de que los elementos judaicos admitidos en la francmasonería inglesa, derivaban de judíos eruditos, tal vez incluso rabinos. El protestantismo ha mostrado siempre cierta inclinación hacia el Antiguo Testamento. Ahora bien, la Cábala se basa en tres procedimientos de descifrado del Pentateuco: guematria: evaluación del valor numeral de una palabra; todas las palabras del mismo valor tienen, desde el punto de vista esotérico, un parentesco próximo. Notarikon, o acrología, son las letras que componen una palabra, que se convierten en las correspondientes iniciales de las palabras que forman una frase completa; themurah o ziruf: transposiciones de las letras de una palabra con ayuda de alfabetos convencionales, basados en claves determinadas. En el caso citado, las tres letras iniciales (guimel-nun-tau) constituyen la palabra Guineth, que significa en hebreo “jardín”. Por eso se identifica la Cábala con un “jardín místico”. La palabra clave de tres letras es evocada en una manuscrito del siglo XVIII, que reproduce un ritual de Maestro Escocés y de Caballero de San Andrés, ritual que corresponde al siglo XVII. Escrita en caracteres jeroglíficos, tomados de un alfabeto convencional utilizado por la masonería jacobita durante el siglo XVIII, dicha palabra se compone de las letras I, H, S, que coincide con la sigla cristiana evocadora de Jesucristo. Pero el manuscrito está en lengua árabe y transcrito en caracteres hebraicos n. Se puede pensar también en una lectura de derecha a izquierda, como en hebreo, o sea, S, H, I. De todos modos, la sigla procede con toda certeza de la fórmula del notarikon, y sus letras son las iniciales de las tres palabras de una frase que permanece desconocida.

Lo que hay que retener desde el punto de vista histórico es que el rito de la muerte de Hiram, asesinado en el templo de Salomón por tres malos compañeros, ante la indiferencia cómplice del rey, era desconocido antes de la fecha aproximada de 1723-1724. aparece oficializado por primera vez en los archivos de una logia el 16 de noviembre de 1732. Este día la logia parisiense Saint-Thomas au Louis d’Argent admite con ell grado de Maestro al conde Axel Ericson Wreede-Sparre, quien fundará tres años más tarde la primera logia sueca. En su libro L’occultisme et la franc-maç onnerie écossaise, René Le Forestier (1868-1951), ensayista francés especializado en el estudio de la relación entre la masonería y el ocultismo en Francia, dice a propósito de ese ritual: “Sus autores, que nos son desconocidos, apelaron a todos los recursos de su imaginación y a una erudición tan vasta como incoherente para crear un monstruo enigmático, cuyos orígenes no han logrado descubrir las investigaciones más concienzudas”. Tuvieron una gran influencia Théophile Désaguliers, Diputado Gran Maestre de la nueva masonería inglesa orangista y protestante acérrimo, y del pastor James Anderson, de la secta presbiteriana de Escocia, capellán del conde escocés David de Buchan a partir de 1720. Las relaciones con rabinos eruditos hicieron el resto. Sin embargo, el carácter indiscutiblemente oculto hasta el más alto grado del nuevo rito de la maestría masónica desencadenaría una tempestad. Y las ligeras censuras anteriores fueron sucedidas por la excomunión solemne, pronunciada ex cátedra desde San Pedro de Roma por el papa Clemente XII. Esta condenación no era desinteresada en el aspecto político. Pero la frase con que termina la bula original, conservada en el Vaticano, da qué pensar: “Y por otros motivos, que sólo Nos conocemos”. El nuevo rito lanzaría a la masonería por una vía nueva, la de la política, en la que iban a aliarse las mejores nociones de progreso y evolución, pero también, desgraciadamente, ideas nuevas, desconocidas por los antiguos masones, que tenderían a minar poco a poco ciertos valores de los que depende la dignidad del hombre, por medio del ateísmo, el materialismo, o el laxismo, que conducen al amoralismo disgregador. René Guénon ya advierte: “Ese estado de cosas se inició tan pronto como el estudio y el manejo de ciertas influencias psíquicas cayeron, por decirlo así, en el campo de lo profano, lo que señala en cierto modo el comienzo de la fase más propiamente ‘disolvente’ de la desviación moderna. En suma, se la puede hacer remontar al siglo XVIII”. Quizá sorprenda la agresividad de René Guénon, primero francmasón, luego martinista, neotemplario, obispo gnóstico, hinduista según el Vedanta, y más tarde musulmán de observancia estricta. Sin duda hay que deplorar su lamentable muerte en un barrio miserable de El Cairo. Pero su obra sigue siendo, imperiosa, indiscutible, el último baluarte de la resistencia espiritual de Occidente.

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Bertrand, Gran Maestre adjunto del Grande Oriente de Francia, dice lo siguiente: “Las logias se reclutaron por mediación de aquellos a los que una deplorable facilidad había dejado penetrar en ellas y para los cuales la masonería no significa más que un cebo para su curiosidad o una esperanza de asistencia más o menos cercana“. Tal es la observación desencantada de tan alto dignatario en su informe del 14 de abril de 1844 ante la asamblea de los grandes Oficiales de esta antigua obediencia francesa. Viene a añadirse a las reflexiones de René Guénon. Pero el clima desviacionista se agravará todavía más en Francia con lo que se denomina a veces la corriente “del cuarenta y ocho”, nacida de las teorías de tendencia comunista de François-Noël Babeuf y de Philippe-Michel Buonarotti, más anarquista que comunista. Babeuf, comisario del catastro bajo la monarquía y oponente de extrema izquierda de Robespierre, fue un revolucionario particularmente exaltado. Su propuesta, en enero de 1793, de dividir el cadáver de Luis XVI en ochenta y tres trozos y enviar uno de los a cada uno de los ochenta y tres departamentos franceses supone una clara muestra de su estado de espíritu. Cuando su evolución política desembocó en el comunismo absoluto, preparó la Conjuración de los Iguales contra el Directorio, por lo cual fue juzgado y condenado a muerte en Vendôme, el 26 de mayo de 1797. Babeuf no pertenecía a la masonería, pues se había rechazado su solicitud. El segundo, Buonarotti, nacido en Pisa en 1761, de origen italiano y perteneciente a la pequeña nobleza, asociado con Babeuf en dicho complot, sí era masón. Y a ese detalle debió el que sólo se le condenase a la deportación. Fue él quien orientó hacia la izquierda a Louis-Claude de Saint-Martin en su célebre Lettre sur la Révolution française. Más tarde, Buonarotti se convirtió en el inspirador del pensamiento de Auguste Blanqui. Había sido recibido como masón en Ginebra, en la logia Les Amis Sincères. Con estos personajes todo el contexto social de entonces lleva el agua al molino materialista. La clase obrera vive en una gran miseria. La Revolución de 1789, el Directorio, el Consulado y el Primer Imperio han hecho subir al poder a una burguesía volteriana, compuesta en su mayor parte de advenedizos, ferozmente egoístas y avaros, que no conservan ni el valor, ni la generosidad, ni el desinterés de la antigua nobleza, pero sí han tomado de ella el orgullo y el espíritu de casta. Las reacciones son, por lo tanto, violentas. Las revoluciones de 1830 y 1848, así como los gravísimos motines que se producen entre esas dos fechas, la odiosa represión de la rebelión de los canuts, y los tejedores de seda de Lyon, en 1831, dieron celebridad a los nombres de ciertos masones, los cuales atrajeron a las logias del Grande Oriente, el Rito de Misraim e incluso el Rito Escocés, a numerosos partidarios de sus ideales revolucionarios, sobre todo a ateos.

La revuelta de los obreros de la seda de Lyon en noviembre de 1831, mientras Luis Felipe I era rey de los franceses, fue reprimida implacablemente por el duque de Orleáns, Fernando, primogénito de dicho rey, asistido por Soult, ex mariscal del Imperio, duque de Dalmacia y par de Francia. Gran Oficial del Grande Oriente de Francia, no vaciló, como buen cortesano de Luis XVIII y cuando era ministro de la Guerra, en prohibir la frecuentación de las logias por parte de los oficiales, por temor “al contagio republicano o bonapartista”. La revuelta de los obreros de la seda se debió a una baja constante de los salarios, justificada en parte por una fuerte competencia extranjera. El canut, nombre con que se conocía a estos obreros, que ganaba durante el Imperio de 20 a 30 francos diarios, recibía la veinticincoava parte de su salario en 1831, dieciséis años más tarde. En la misma época se hacía trabajar doce horas diarias en las hilaturas a niños de diez años, y en las minas de carbón, a niños que no llegaban a los diez. Su baja estatura les permitía meterse por corredores estrechos en los que no podía entrar un adulto. En cuanto al servicio doméstico, mientras que los servidores de los nobles de antaño formaban parte de la familia, los de la burguesía “advenediza” del siglo XIX nunca fueron tan despreciados ni tan desdichados. A título de ejemplo de este estado de cosas, reproducimos en la página contigua el Reglamento interno de una empresa del oeste de Francia en 1830. Un oficinista que llevase más de quince años en la casa podía ganar 14,50 francos a la semana, por un trabajo semanal de sesenta y seis horas. Se comprende así la importancia que el pan y la sopa revestían a los ojos del pueblo humilde. Sólo el Compagnon, el miembro de las fraternidades del Tour de France, supo conservar algunos de sus antiguos privilegios. Solo algunos, ya que Napoleón I, al crear el carnet de trabajo que debía acompañar al obrero durante toda su carrera con las notas adjudicadas por los patronos, los había disminuido en bastante grado. El Tour de France fue una institución tradicional de aprendizaje y formación en artes, oficios y manuales técnicos, que consistía en un viaje que hacia el compañero aspirante entre los maestros de su oficio de los que recibía el conocimiento y la experiencia. También tenemos los escándalos que conmueven a la opinión pública y que salpican a la burguesía y a los dirigentes civiles y militares del régimen. Por ejemplo, el escándalo de las pruebas aportadas por el proceso contra Luis Felipe por la verdadera hija de Felipe Igualdad, María Estela de Orleáns, y que demuestran que el rey ciudadano no es más que el hijo de un cierto Chiappini, carcelero jefe de la prisión de Faenza, en Italia. Luis Felipe II de Orleans (1747 – 1793) fue duque de Orleans desde 1785. Era un miembro de la rama menor de la Casa de Borbón, la dinastía gobernante en Francia. Partidario de la Revolución francesa, fue conocido por los revolucionarios como Felipe Igualdad. Murió guillotinado en 1793 durante el Reinado del Terror. Su hijo Luis Felipe I llegó a ser Rey de los Franceses después de la Revolución de julio de 1830. Como resultante de su carrera, el término Orleanismo llegará a ser equivalente a partidario del movimiento en Francia que favorecía la monarquía constitucional.

 

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Los propietarios reconocen y aceptan la generosidad de las nuevas leyes de trabajo, pero esperan del personal un gran incremento en el rendimiento, como compensación de unas nuevas condiciones casi utópicas. La revolución marcha así viento en popa, gracias a las campañas de exaltados propagandistas y a la difusión de sus ideas, heredadas de las exageraciones de la Revolución de 1789. Ideas generosas, cierto, pero también extraordinariamente utópicas y peligrosas, ya que no tienen en cuenta al hombre ordinario, que no cambia ni varía jamás. Una opinión puede ser generosa y al mismo tiempo no preocuparse de la realidad. De hecho, los doctrinarios del cambio no conceden valor a la realidad. Están completamente entregados a sus utopías, las cuales colaborarán, sin embargo, en la consecución de un progreso social indiscutible. Uno de dichos doctrinarios es Auguste Blanqui, iniciado en la masonería durante su exilio en Londres, en la logia misraimita Los Filadelfos. Es comunista, discípulo ferviente de Babeuf y Buonarotti, y tomó como divisa “¡Ni Dios ni amo!”. Otro doctrinario es Joseph Proudhon, iniciado en Besançon en 1847, en la logia Sincérité et Parfaite Union. Ante el estupor de los miembros del taller, respondió así a la pregunta de orden que precedió a su iniciación como Aprendiz, “¿Cuáles son los deberes del hombre con respecto a Dios?”: “Combatirle”. Otros fueron Élie, Elisée y Paul Reclus, iniciados en París en las logias La Renaissance y Les Élus d’Hiram. Los tres eran anarquistas y socialistas revolucionarios. También tenemos a Francois Raspail, iniciado en 1822 en la logia Les Amis Bienfaisants. Fue republicano de izquierdas y socialista. Tales son los masones franceses de aquella época, y su paso por la Orden masónica orientará a ésta resueltamente hacia la política, censurando la antigua concepción de la francmasonería. Pero hay algunasoposiciones. Durante el invierno de 1847-1848 se manifiesta una corriente espiritualista en el seno del Grande Oriente de Francia. Una moción sugiere “devolver a la masonería el carácter religioso que le es propio”, moción que induce a la asamblea a proceder a una votación y a hacer adoptar una nueva redacción del artículo 3 de los estatutos del Grande Oriente de Francia: “La masonería reconoce y proclama, como punto de sus investigaciones filosóficas y como hechos por encima de toda contestación, la existencia de Dios y la inmortalidad del alma”. Gracias a ello, la Iglesia de Francia demostrará por algún tiempo una benévola neutralidad. Pero llegará 1877 y a propuesta del pastor Frédéric Desmons, iniciado el 8 de marzo de 1861, en Nimes, en la logia L’Écho du Grand Orient, esta obediencia retirará de sus membretes y de sus rituales la fórmula secular: “A la Gloria del Gran Arquitecto del Universo”. No obstante hemos de señalar que no siempre figuró en los sacramentales masónicos de la primera mitad del siglo XVII, aunque sí estaba sobreentendida, ya que nunca se hubiera admitido a un candidato ateo.

Una vez dado el impulso, ya no se detuvo. En una serie de artículos publicados en L’Idée Libre en 1954, Jean Bossu, estudiando la historia del librepensamiento, describe con gran detalle el trabajo de infiltración de ciertos elementos revolucionarios en las logias a finales del Segundo Imperio. De 1860 a 1870 el Grande Oriente de Francia y el Rito Escocés Antiguo y Aceptado se vieron sometidos a una infiltración sistemática por parte de militantes del socialismo inspirado en Proudhon, los cuales propagaron en el seno de las logias una corriente filosófica y política que poseía quizá cierto valor en el plano de la idea pura pero que, por su sectarismo implacable, su materialismo total, y su hostilidad sistemática a toda candidatura tradicional, demostraba que sus autores eran totalmente extraños a la auténtica tradición masónica. Y sucedió lo que era de prever. El domingo 12 de febrero de 1880 treinta y seis logias del Rito Escocés Antiguo y Aceptado se declararon disidentes, rechazando la autoridad del Supremo Consejo y de los altos grados y formando la Gran Logia Simbólica Escocesa, que incluyó en la redacción del artículo 2 de sus Constituciones la famosa formula: “El masón libre en la logia libre”. Aquello fue un error fundamental,  ya que un masón está necesariamente sometido al reglamento interno de su taller, si éste posee uno. En segundo lugar, está sometido a los Reglamentos y Constituciones de su obediencia, que a su vez, y a pesar de todo, está basado en las tradiciones y usos de la francmasonería universal. Pero para algunos no basta siquiera con esta divisa, donde se transparenta discretamente el anarquismo del «¡Ni Dios ni amo!” de Auguste Blanqui. La Gran Logia Simbólica Escocesa sufre a su vez un cisma interior. Un pequeño número de masones decide ir más lejos. Y la escisión da lugar al demasiado famoso Grand Lunaire (G.L.). Celebraron primero sus reuniones en locales subterráneos del barrio Poissonniere, respetando la forma masónica. Después, rechazaron ésta y tomaron el aspecto que se dio a conocer en 1925, gracias al reportaje publicado en Le Petit Journal por Maurice Pelletier, es decir, un tantrismo de la “mano izquierda” y un satanismo puro y simple, con profanación ritual de hostias, ritos de magia sexual, etc. En el siglo XX se hizo manifiesta la influencia de Aleister Crowley. Edward Alexander Crowley (1875 – 1947), más conocido como Aleister Crowley, cuyo apodo era Frater Perdurabo y The Great Beast 666 (La Gran Bestia), fue un influyente ocultista, místico, alquimista y mago ceremonial inglés, que fundó la filosofía religiosa de Thelema. Fue miembro de la organización esotérica Hermetic Order of the Golden Dawn, además de cofundador de la Astrum Argentum y, finalmente, líder de la Ordo Templi Orientis (O.T.O.). Hoy en día es conocido por sus escritos sobre magia, especialmente por El Libro de la Ley, el libro sagrado de Thelema, aunque también escribió profusamente sobre otros temas y géneros, como ficción y poesía.

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Sabemos los detalles antes indicados gracias a Jules Boucher, que perteneció al Grand Lunaire durante varios años. Le costó mucho trabajo apartarse de Grand Lunaire sin peligro, y tuvo que hacerse exorcizar por Jean Bricaud, patriarca de la Iglesia gnóstica de Lyon. También el alquimista Eugene Canceliet formo parte del Grand Lunaire. Pero desde comienzos del siglo XX esta sociedad secreta mixta estuvo totalmente separada de la corriente masónica. Sus afiliados no eran miembros de la Orden, según afirmó Jules Boucher. De todos modos, es importante señalar que nació del cisma que en 1880 sufrió el Rito Escocés Antiguo y Aceptado y del que se produjo más tarde en la Gran Logia Simbólica Escocesa. Porque cuanto más apartada de la corriente tradicional ritual y apolítica se sitúa una obediencia masónica, más sometida se halla a los cismas diversos, nacidos de las contestaciones ideológicas internas. Es el precio que hay que pagar por la regla anarquizante: “El masón libre en la logia libre”. Sin embargo, conviene no exagerar y no ver más que el aspecto negativo de esta masonería un poco marginal. El antimilitarismo de estos masones les hizo reducir lo más posible el presupuesto anual del ejército francés. Y como éste debía asegurar en primer término la renovación del armamento, durante el período de 1924-1939 los soldados del contingente francés estuvieron peor vestidos y alimentados que nunca. En la religión católica, durante la transmisión de las órdenes mayores, exactamente la del diaconado, los ordenados se prosternan ante el altar, con el rostro contra el suelo. Dado que toda iglesia debe estar orientada de este a oeste, los impetrantes quedan así echados en el suelo, con los pies hacia el poniente y la cabeza hacia el oriente, frente al altar mayor. Lo mismo sucede en la inhumación de los cristianos. Según la tradición, Cristo glorioso reaparecerá en el oriente del último día. Por lo tanto, las tumbas deben estar orientadas de oeste a este, puesto que el muerto se levantará frente a la aparición. Mircea Eliade, en Lo sagrado y lo profano, nos dice: “El acceso a la vida espiritual conlleva siempre la muerte a la condición profana, seguida de un nuevo nacimiento“. En la Edad Media, los condenados a muerte por un crimen particularmente odioso eran arrastrados por el suelo sobre un cañizo, un trenzado de mimbre de mallas anchas, hasta el lugar de su ejecución. En ciertos casos, se les ataba de cara al suelo. A los excomulgados se les enterraba con el rostro contra el suelo, sin ataúd ni placas de corteza aislante, con la cabeza hacia el oeste y los pies hacia el este. En todos esos detalles se observa el uso y el conocimiento inicial, más o menos perdido, de una corriente magnética aprovechada en uno u otro sentido. Volvemos a encontrar esta enseñanza en la masonería, pero observaremos que la posición decúbito no apareció en el ritualismo masónico hasta el ritual de la Maestría de 1723. Anteriormente, los Compañeros que accedían al grado de Maestro de logia se sometían al ritual de pie, ya que lo esencial era entonces el juramento que debían pronunciar.

El ritual de la Maestría masónica suscitaron las burlas de los adversarios de la masonería, en los días de la Ocupación nazi y el Gobierno de Vichy. Se bromeaba estúpidamente sobre esos ritos “tomados de pueblos todavía en estado salvaje”, sin pensar siquiera en que tal vez hubieran sido plagiados del Pontifical romano, del capítulo Ordenación del diaconado.           Pero hay un aspecto de este uso que requiere una investigación más a fondo. El mundo antiguo conocía a Ouroboros, la serpiente enroscada en círculo que se muerde la cola. En el Bestiaire du Christ, de L. Charbonneau-Lassay, se incluye un estudio muy completo de los diversos aspectos del simbolismo de esa serpiente en el campo de lo sagrado. Pero hay uno que no ha sido abordado nunca, el de Ouroboros como imagen de una corriente oculta que rodea nuestro globo. El magnetismo terrestre, campo magnético bastante regular al nivel de la superficie de la Tierra y cuyo polo magnético norte varía lentamente de año en año, podría expresarlo muy bien. Por otra parte, la “serpiente” del Génesis recibe el nombre de Nahash, palabra que designa asimismo el “cobre”, el metal que los hermetistas asignan al planeta Venus y que es, después de la plata, metal asignado a la Luna, el mejor conductor de la electricidad. En la ceremonia de la Maestría masónica la misma corriente magnética recorre al individuo, aunque vibrando en una octava diferente, la del intelecto, no la de la sexualidad. Léon Daudet, Valentín Bresles y otros muchos autores han subrayado la importancia de la sensualidad creadora. Y en la muerte voluntaria del Compañero que aspira a levantarse como Maestro masón, la clave de su transmutación espiritual futura se encuentra probablemente en el hecho de recibir la iniciación principal acostado en el suelo, bajo un decorado fúnebre que lo recubre, orientado de oeste a este, en un silencio roto tan sólo por el lento martilleo de la marcha ritual de los nueve Maestros en torno al pseudo cadáver, en la penumbra, mientras vibran únicamente las llamas de quince cirios y se eleva el olor grave de la mirra, el perfume de los funerales antiguos, entre el humo azulado que surge del pebetero de barro situado detrás de él. Es un prestigioso ritual, que hace honor a quienes lo crearon por sus conocimientos en diversos dominios, en particular el de la psicología. Pero ritual que puede también resultar peligroso en cuanto a la transmutación espiritual del postulante, sobre todo si se halla en contacto con un esqueleto, una calavera real o un paño maculado con sangre animal, como sucede en el ritual de 1752 de la Madre Logia Escocesa de Marsella.

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No fueron ni Anderson ni Désaguliers, pastores protestantes con una fe rígida, quienes lo imaginaron. Sólo un ocultista era capaz de concebir un psicodrama de tal profundidad. Y aquí plantearemos la cuestión de si no habrá sido deseada esta orientación hacia la muerte, hacia la negrura, hacia lo mórbido. En cambio no se ha conservado la “recepción” de la antigua masonería operativa, en que, con la mano alzada para un juramento infrangible, el recipiendario, de pie, comprometía su honor. Gérard de Nerval, en Viaje a Oriente, nos dice: “Pero dejémonos de símbolos. No pretendía otra cosa que arrojar un poco de luz sobre la parte mágica de la leyenda que acabo de contar. Sin embargo, es como el rayo de luz extraviado entre las sombras que, según la expresión de Milton, sólo sirve para hacer visibles las tinieblas“. En la leyenda relatada por Gérard de Nerval, el asesinato de Hiram, al que llama Adoniram, sigue con gran exactitud el ritual que se desarrollaba para la admisión al grado de Maestro en la francmasonería del siglo XVIII. Desconocida en los antiguos deberes operativos, fue publicada por primera vez en Masonry Dissected (la masonería analizada), de Samuel Pritchard (1730). El 13 de octubre de ese mismo año Pritchard declaró bajo juramente que había sido iniciado regularmente. Por lo demás, un pariente próximo y homónimo suyo era también masón por la misma época. Tras la publicación de su panfleto, motivado por su rechazo del ritualismo, la masonería negó que hubiera sido iniciado nunca. El relato de Nerval, recogido en el barrio de los fundidores y los orfebres del antiguo Estambul, es evidentemente un tema luciferino. Debió de llenar de gozo a los gnósticos, si llegaron a conocerlo. Hiram, como hemos dicho, no era en modo alguno un arquitecto, sino simplemente un fundidor. Por el rito de la recepción en la Maestría masónica, renace en el nuevo Maestro cuando éste se levanta de la tumba simbólica. Se juzga entonces que ha recibido verdaderamente el Espíritu masónico, espíritu de tolerancia y espíritu no dogmático. En efecto, la religión que preconizan las Constituciones de Anderson, publicadas en 1723, consiste en un simple comportamiento moral, común a todas las familias humanas. Ningún fiel, sea judío o cristiano o, en nuestros días, musulmán, podría admitirla. De ahí la rebelión de ciertos masones tradicionalistas. La pregunta sería, ¿quién es entonces ese Hiram que se introduce en la psiquis del nuevo Maestro? Antes de la segunda guerra mundial, dos jesuitas afiliados con fines de espionaje a una logia perteneciente a una gran obediencia francesa se convirtieron en tres años en perfectos masones. Hiram les había transmutado como quien da la vuelta a un guante. Hiram, el fundidor de Tiro, era hijo de una viuda de la tribu de Neftalí o de Dan. Pero poco importa, ya que Dan y Neftalí son dos tribus que volvieron definitivamente al culto del Becerro de Oro y renunciaron al elaborado por Moisés en el Sinaí. Un hecho digno de mención.

Hiram tuvo por padre a un tirio, también fundidor, llamado Ur. En hebreo, esa palabra significa “Luz”. Hiram es, pues, el primer “hijo de la Luz”. Según Flavio Josefo, en Antigüedades judías: “Un obrero admirable, llamado Hiram, al que había hecho venir de Tiro y cuyo padre, llamado Ur, aunque habitante de Tiro, descendía de los israelitas, y cuya madre era de la tribu de Neftalí”. A destacar que el hombre de Hiram tiene la misma raíz trilítera en hebreo que las palabras que significan noble y libre. Un hombre libre no tiene amo. Que sea “libre y de buenas costumbres”, exige el ritual de Aprendiz. Ahora bien, un verdadero católico, un protestante, un judío piadoso están sometidos a dogmas, ritos y costumbres. No son libres. Un francmasón sincero aprecia las cosas en función de su conciencia, y a los demás en función de lo que acabamos de indicar. Por otra parte, la leyenda de Hiram nos cuenta que fue instruido, durante un descenso al centro de la Tierra, por Tubal Caín, su antepasado. Y Tubal Caín sirve como clave en ciertos grados de la francmasonería. Significa en hebreo “Posesión del Mundo”. Pero ¿quién es Tubal Caín en el Génesis? Un fundidor, el primer fundidor del bronce y del hierro, considerado impuro en todas las tradiciones: “Tsilla parió a Tubal Caín, forjador de todos los instrumentos de bronce y de hierro. La hermana de Tubal Caín era Naema”. Recordemos que el Génesis nos transmite un relato mítico, que por lo tanto debe ser descifrado. Tubal Caín tuvo como padre a Lamec, hijo de Metusael, hijo de Mehujael, hijo de Irad, hijo de Enoc, hijo de Caín. En total, siete generaciones. ¿Y quién fue el padre de Caín, antepasado de Hiram? He aquí algo que hará temblar a ciertos francmasones cándidos, que identifican a Hiram con Cristo, ya que si bien este último resucita en la tradición cristiana, Hiram no resucita en modo alguno en la leyenda masónica. Es su espíritu el que encarna en el nuevo Maestro. En los antiguos rituales jacobitas de Maestro Escocés, sólo se encontraban sus huesos. Con respecto al padre de Caín, el Sepher-ha-Zohar nos dice lo siguiente: “Con la expresión hijos de Elohim, la escritura designa a los hijos de Caín, pues cuando Samael cohabitó con Eva, le comunicó su corrupción, de la que quedó encinta. Fue entonces cuando dio a luz a Caín, cuyo rostro no se parecía en absoluto al de los demás hombres, y todos los que descendieron de su estirpe no fueron llamados de otro modo que hijos de Elohim. ¿Qué significan las palabras de la Escritura: “Y la hermana de Tubal Caín era Naema, nombre que quiere decir dulzura“? Quiere indicarnos que sedujo a hombres, incluso a Espíritus. El rabí Simeón Bar Iochai, a quien se atribuye la tradición del Zohar, nos dice: “Era la madre de todos los demonios, porque procedía del lado de Caín”. En el Amtahath Biniamin, Naema (Na’amah) se convierte en un demonio hembra, encargado de satisfacer todos los deseos impúdicos. Tiende a hacer perecer a la parturienta o al recién nacido. De ahí los pergaminos colocados a la cabecera de la cama de las parturientas y que llevan esta abjuración en un hebreo recargado: “No nos atormentes, Lilith, aléjate, Naema”.

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Ahora bien, siempre según el Zohar, Naema es hermana de Lilith, otro demonio femenino, que contaminó a Adán, al copular con él por medio de sus fantasmas, lo mismo que Samael copuló con Eva. Se trata de íncubos o súcubos, creencias presentes en todas las tradiciones primitivas y a las que la Iglesia dio su confirmación de manera totalmente oficial en el curso de la historia. De modo que Naema es hermana de Lilith, lo mismo que Isis es hermana de Nefthys. Naema es hermana y esposa de Tubal Caín, lo mismo que Isis es esposa y hermana de Osirir Unnefer. Y en esta extraña familia, Naema y Lilith son tías lejanas de Hiram. De ahí su árbol genealógico: “El Dios Supremo y Desconocido, Samael y Eva, Caín y Lebuda, Enoc y N…, Irad y N…, Mehujael y N…, Metusael y N…, Lamec y Tsilla,           Tubal Caín y Naema“. Tubal Caín constituye, por lo tanto, la séptima generación nacida de Samael y Eva. El lector familiarizado con la Cábala y con su árbol sefirótico podrá proyectar en él esta filiación. Y se enterará de muchas cosas. Por consiguiente, Hiram desciende por su padre, Ur, de Tubal Caín y, a través de éste, en línea directa de Caín y de Samael. En la tradición judía, Samael es el Ángel Rebelde, el Tentador, el Ángel de la Muerte. La masonería del siglo XVIII sacraliza lo profano mediante una muerte ritual, aceptada. Según el Zohar, al final de los tiempos Samael volverá a ocupar su lugar, una vez cumplida su tarea y expiado su error. Pero entretanto … De esta extraña tradición nació un hábito, el de denominar valle al lugar en que se reúnen ciertos altos grados de la masonería. En hebreo la palabra se traduce por gehenna, término que designa el plano infernal en la religión judía. Un grupo del siglo XVIII llevó el nombre de Hijos del Valle. En uno de los altos grados masónicos, en que los miembros se reúnen en un “valle”, el presidente del capítulo ostenta el título de “Muy Sabio Athersatha”. Ocupa el lugar de Eliaz Athersatha, el Elías Artista de los hermetistas rosacrucianos. Y ese nombre, traducido al hebreo, significa “Prodigioso Fundidor del Dios Fuerte”. En la tradición islámica, el Infierno se denomina la Fundición. Y el profeta Isaías nos dice también, a propósito del misterioso “Fundidor del Dios Fuerte”: “Soy Yo quien ha creado al Obrero que sopla sobre los carbones ardientes que necesita para su obra, soy Yo quien ha creado al Asesino que sólo piensa en destruirlo todo”. El lector racionalista experimentará, claro está, ciertas dificultades en admitir esta leyenda relatada por el Sepher-ha-Zohar. Y es evidente que no se puede basar una conclusión racional en un relato mítico, sin raíces históricas demostradas, por tradicional y antiguo que sea. Sólo los creyentes de las tres religiones de Abraham, judía, cristiana e islámica, no discutirán lo bien fundado de la misma.

En las Constituciones de Anderson de 1723 podemos leer: “En consecuencia, el príncipe Edwin convocó a todos los masones de su reino para que se uniesen a él en York, en una confederación. Ellos respondieron a su llamada y constituyeron una logia general, de la que él fue el Gran Maestre“. El príncipe Edwin, hijo menor del rey Atelstan y nieto del rey Alfredo el Grande, que vivió de 895 a 941, aparece citado en un documento de 1475, utilizado por James Anderson para la Introducción a sus Constituciones. Da la impresión de existir en este caso un error histórico, una confusión con Edwin, príncipe de Northumberland, conocido por haber construido iglesias en York, de 627 a 633, y por haber reunido en 627, igualmente en York, un Parlamento que redactó leyes y concedió cartas. Pero esta tradición, aún siendo ligeramente errónea, tiene su valor, ya que nos aporta un primer testimonio sobre los soberanos que, mucho antes que los reyes franceses Luis XV, Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X, no desdeñaron recibir la iniciación masónica. Volviendo a Escocia e Inglaterra, cuna de la masonería actual, es importante estudiar rápidamente a los reyes Estuardo de los siglos XVII y XVIII. Descendientes de Alan Fitzfiaald, vikingo muerto en 1114, uno de ellos tomó el nombre de su función, Stewart, que designaba entonces, en el seno de la nobleza, el cargo de senescal. La forma francesa Stuart fue adoptada en 1562 por María Estuardo a su regreso a Escocia. El descendiente de Alan Fitzfiaald, que tomó el nombre de su cargo, se llamaba Walter Estuardo. Fue compañero de armas del rey de Escocia Robert Bruce y se distinguió en la batalla de Bannockburn, que tuvo lugar el 24 de junio de 1314, donde fue vencido Eduardo II, rey de Inglaterra y yerno de Felipe el Hermoso de Francia. Walter Estuardo se casó al año siguiente con Marjorie, hija de Robert Bruce, y sucedió a éste como soberano de Escocia. Robert Bruce descendía de un homónimo, Robert de Bruis, alias Bruce, del nombre de una tierra situada cerca de Cherburgo, compañero de Guillermo el Conquistador. Su biznieto se casó, antes de 1245, con Isabel, sobrina del rey de Escocia Guillermo el León, cuyo sobrenombre se perpetúa en el blasón de Escocia: “De oro, con león de oro en un trechor de lo mismo”. Llegamos así al siglo XVIII. Pero antes hemos de señalar un pequeño hecho, que quizá tenga su importancia. En 1614 se imprimió un manifiesto célebre, la Fama Fraternitatis de los rosacrucianos, que afirmaban ser “Rosa Cruces”. Entre ellos figura un nombre, el de Johannes Valentinus Andrae, nacido en Herrenberg en 1586, de una familia de pastores. Ahora bien, Valentín Andrae no era noble. Pero como todo plebeyo al que su profesión o cultura eleva por encima de las masas, posee un blasón. Porta como armas las de los Estuardo de Lennox: “De plata, con sotuer de gules, acompañado de cuatro rosas de lo mismo”. Y los Estuardo de Lennox descienden igualmente de los Plantagenet. ¿Por qué privilegio se le permite a Valentín Andrae arbolar este blasón? Es curioso ver que las armas de los Estuardo de Lennox aparecen en el mandil masónico de los Maestros Escoceses del Early Grand Scottish Rite (Rito Escocés Primitivo), y que este grado se convirtió después en el del Caballero Rosa Cruz.

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Se impone tratar sobre las relaciones, muy estrechas, entre los Estuardo y la francmasonería operativa de su época. Nada más normal que el hecho de que algunos soberanos hayan sido recibidos y elevados al cargo supremo de Gran Maestre. Pero los representantes actuales de la francmasonería que se llama a sí misma “escocesa” rechazan toda posibilidad de iniciaciones femeninas. La Guilda de los Carpinteros de Norwich, que data de 1375, a la que pertenecían también los albañiles de York, recuerda que: “Todos los años, el sábado siguiente a la Ascensión, los Hermanos y las Hermanas se reunirán en un lugar determinado para recitar oraciones en honor de la Santa Trinidad y a favor de la Santa Iglesia, por la paz y la unión del país y por el reposo del alma de los difuntos, no sólo los Hermanos y las Hermanas, sino también los amigos y todos los cristianos. Si muere algún miembro de la guilda, sus Hermanos y Hermanas deben rezar por él y hacer celebrar una misa por el reposo de su alma”. Y en los archivos de la York Lodge número 236, que perteneció a la antigua Gran Logia de toda Inglaterra, al oriente de York y de origen inmemorial, hay un manuscrito de 1693, transcrito en un pergamino y ligeramente mutilado. Por él nos enteramos de que durante una recepción en el siglo XVII: “Uno de los antiguos toma el Libro, y aquel o aquella que debe ser hecho masón posa las manos sobre el Libro y entonces le son dadas las instrucciones”. Otro dato viene a contradecir la exagerada misoginia de ciertas obediencias masónicas. Hay un gran nombre femenino entre los de esos “constructores de catedrales” de los que tantos se vanaglorian de descender, tales como el de Sabine de Pierrefonds, hija de Hervé de Pierrefonds, más conocido por la forma germánica de su nombre, Erwin de Steinbach, que le fue dado por su participación en la construcción de la catedral de Estrasburgo. Sabine esculpió algunas de las estatuas de Notre Dame de París. Fue Charles Gérard quien encontró el verdadero nombre de esta familia de masones. Claro que obras como catedrales, que duraron tres o cuatro siglos, necesitaron más de un maestro de obras, y es muy probable que Sabine de Pierrefonds no fuese la única mujer que trabajase en esas obras. En las Antiguas Constituciones de los masones francos y aceptados, tomadas de un manuscrito escrito hace quinientos años, por J. Roberts, Warwick-Lane, en1722, podemos leer que entre las posibles recepciones femeninas, tal como las relatan los antiguos Deberes medievales, se puede pensar en las de las esposas de los Maestros, ya que esos reglamentos mencionan invariablemente a los dos: “No revelaréis los secretos o los proyectos de vuestro Maestro o de vuestra Maestra”. Y en lo que respecta a la Maestra evocada, se puede admitir que Sabine de Pierrefonds, escultora de estatuas, tuvo a su vez que formar Aprendices y Compañeros. Esta iniciación femenina a la francmasonería aceptada se extendió a una soberana, en lugar de un soberano. Se trata de la reina Ana Estuardo, hija de Jacobo II, que reinó de 1702 a 1714.

Tenemos pues a los reyes francmasones de los siglos XVI y XVII, que reinaron sobre toda Inglaterra, ya que eran también reyes de Escocia y de Irlanda. Jacobo (James) I (y VI de Escocia), nacido en Edimburgo el 19 de junio de 1566, 30 de junio en el calendario gregoriano, y muerto en Theobald Park el 27 de marzo de 1625, era hijo de María Estuardo y de Enrique Estuardo de Lennox, lord Darnley, su primo. Jacobo I se casó con Ana de Dinamarca (1574 – 1619), matrimonio del que nació Carlos I, rey de Inglaterra después de Isabel I, anglicano devoto, que persiguió por igual a los católicos y a los protestantes de la secta presbiteriana. No obstante, se convirtió a un cierto esoterismo y favoreció secretamente las asambleas rosacrucianas de la taberna de La Sirena de Londres. En 1590 se embarcó rumbo a Scania, al norte de Suecia, para ponerse en contacto con Tycho Brahe en su observatorio de Uranienborg. Tycho Brahe, astrónomo y astrólogo, muy aficionado a la magia, fue el autor del “Calendario mágico” que lleva su nombre. Tycho Brahe (1546 – 1601) fue un astrónomo danés, considerado el más grande observador del cielo en el período anterior a la invención del telescopio. Hizo que se construyera Uranienborg, un palacio que se convertiría en el primer instituto de investigación astronómica. Los instrumentos diseñados por Brahe le permitieron medir las posiciones de las estrellas y los planetas con una precisión muy superior a la de la época. Atraído por la fama de Brahe, Johannes Kepler aceptó una invitación que le hizo para trabajar junto a él en Praga. Tycho pensaba que el progreso en astronomía no podía conseguirse por la observación ocasional e investigaciones puntuales sino que se necesitaban medidas sistemáticas, noche tras noche, utilizando los instrumentos más precisos posibles. Tras la muerte de Brahe las medidas sobre la posición de los planetas pasaron a posesión de Kepler, y las medidas del movimiento de Marte, en particular de su movimiento retrógrado, fueron esenciales para que pudiera formular las tres leyes que rigen el movimiento de los planetas. Posteriormente, estas leyes sirvieron de base a la ley de la gravitación universal de Newton. Al volver de Uranienborg, Jacobo I se detuvo para visitar a Guillermo IV el Sabio, landgrave de Hesse-Cassel, protector de Tycho Brahe y relacionado con los rosacrucianos de la época. De regreso a Inglaterra, publicó su obra capital: Daemonologiae hoc est adversus incantationem sive magia institutio, auctore serenissime potentissimioque principe. Por último, en 1593 creó la Rosa Cruz Real, con treinta y dos caballeros de la Orden de San Andrés del Cardo, fundada en 1314 por Robert Bruce y restablecida por su padre, Jacobo V de Escocia, en 1540. Convertido en 1603 en rey de Inglaterra, a la muerte de Isabel I, reinó sobre Inglaterra y Escocia con el nombre de Jacobo I. Los masones operativos escoceses tendrán desde entonces derecho a elegir a su Gran Maestre, ya que Jacobo I será desde entonces miembro de los masones operativos ingleses. William Sinclair de Roslin le sucederá en Escocia a la cabeza de las logias operativas.

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Carlos I, nacido en Dunferline, Escocia, el 19 de noviembre de 1600, y muerto en Londres el 30 de enero de 1649, hijo de Jacobo I y de Ana de Dinamarca, se casó en 1625 con Enriqueta de Francia, hermana de Luis XIII e hija de Enrique IV. Gran señor, cortés, liberal, dividido entre el catolicismo militante de su esposa y su papel de jefe de la Iglesia anglicana, religión de Estado a partir de Eduardo VIII, Carlos I era un místico. Durante su reinado, en 1645, se constituyó en Londres el Colegio Invisible, nacido de la Rosae Vía de 1610. El Colegio Invisible fue un precursor de la Royal Society del Reino Unido. Se trataba de un grupo de filósofos de la naturaleza, entre ellos Robert Boyle, John Wilkins, John Wallis, John Evelyn, Robert Hooke, Christopher Wren, y William Petty. En las cartas de 1646 y 1647, Boyle se refiere a “nuestro colegio invisible” o “nuestra universidad filosófica“. El tema común de la sociedad fue la adquisición de conocimientos a través de la investigación experimental. A su vez, los “Hartlibianos”, un círculo de personas en torno a Samuel Hartlib , fueron los precursores del Colegio Invisible. Sir Cheney Culpeper y Benjamin Worsley se interesaron por la alquimia, pero también por temas agrícolas. La idea de un colegio invisible se volvió influyente en Europa en el siglo XVII, en particular, en la forma de una red de intercambio de ideas entre sabios o intelectuales. Se trata de un modelo alternativo al de la revista erudita, dominante en el siglo XIX. La idea de colegio invisible se ejemplifica con la red de astrónomos, profesores, matemáticos y filósofos de la naturaleza del siglo XVI en Europa. Hombres como Johannes Kepler, Georg Joachim Rheticus, John Dee y Tycho Brahe compartieron información e ideas entre sí en un colegio invisible. Uno de los métodos más comunes utilizados para comunicarse era a través de los márgenes del libro, con anotaciones escritas en las copias personales de los libros. Un año más tarde Carlos I envió a Jean Sparow a Alemania a recoger las enseñanzas de Jacob Boehme, místico y teósofo luterano, pensando en su publicación. El odio de los presbiterianos suscitará la revolución de 1649, y Cromwell le hará decapitar. Fue también este soberano quien en 1633 ordenó a John Milne, su maestro de obras, construir con la colaboración de John Bartonn, en el jardín del palacio de Holyrod, en Edimburgo, el misterioso “reloj solar” que describe Fulcanelli en sus Moradas Filosofales. En realidad, este icosaedro emblemático de la Gran Obra, vinculado por su decoración no sólo a Carlos I, su esposa Enriqueta de Francia y su joven hijo, el futuro Carlos II, sino también a la Orden de San Andrés del Cardo, revela a la vez la marcha del Sol de los Sabios, el Sello de Sabiduría de los alquimistas, de ahí su exoterismo de reloj solar, y lo que fue en realidad el misterioso Baphomet de los caballeros del Temple. Baphomet es un supuesto ídolo o deidad cuyo culto se le atribuye a los Caballeros de la Orden del Temple. Su nombre apareció por primera vez cuando los templarios fueron enjuiciados por herejes. Durante el proceso muchos de los caballeros de la orden fueron sometidos a tortura, y confesaron numerosos actos heréticos. Entre ellos se incluyó la adoración a un ídolo de este nombre. Se entiende que aquellos que buscan destacar esta imagen son contrarios al cristianismo.

Los de Escocia se habían convertido en la Orden de San Andrés del Cardo el 24 de junio de 1314, tras la victoria de Bannockburn, trascendental victoria escocesa contra los ingleses en las Guerras de independencia de Escocia. Carlos II, primogénito de Carlos I, se convierte en rey de derecho, exiliado con su madre Enriqueta de Francia y su hermana Enriqueta de Inglaterra, futura esposa de Felipe de Orleáns, Monsieur, hermano de Luis XIV. En 1658 muere Cromwell. Al año siguiente el general Monck, jefe del ejército escocés, miembro de la Gran Logia Operativa de Edimburgo como masón aceptado, es hecho caballero de San Andrés. En el seno de la masonería operativa anglo escocesa se forma la Orden de los Maestros Escoceses de San Andrés, que agrupa a los partidarios de los Estuardo que han sido recibidos como masones aceptados, núcleo que se mantendrá prácticamente secreto, pero que será el foco del que irradiarán las futuras logias militares de Saint-Germain-en-Laye, bajo Jacobo II. En 1660 Carlos II sube al trono de Inglaterra gracias al golpe de Estado del general Monck. En 1662 asegura la publicación de las obras de Jacob Boehme que se había propuesto su padre. Crea después la Royal Society, derivada del Colegio Invisible. Jacobo II, su hermano, anteriormente duque de York, nació en Londres el 14 de octubre de 1633 y murió en Saint-Germain-en-Laye el 5 de septiembre de 1701. en 1673 se casó con María de Módena. Capturado en 1646 por las tropas de Cromwell, consiguió escapar y huir a Holanda. De 1648 hasta 1600, fecha de la restauración de los Estuardo, vivió en Francia. Nombrado gran almirante, se distinguió en la lucha contra los holandeses, a los cuales arrebató Nueva Amsterdam, bautizada después Nueva York en recuerdo de su victoria. Convertido al catolicismo en 1672, un año antes de su matrimonio con María de Módena, condición impuesta para este matrimonio, se atrajo la hostilidad de los whigs, antiguo nombre del Partido Liberal británico, pero el Parlamento fracasó en sus tentativas de excluirle de la sucesión al trono. Durante su exilio en Francia, en Saint-Germain-en-Laye, los oficiales y suboficiales de los regimientos escoceses e irlandeses que le habían seguido fielmente crean las primeras logias militares, fuente de la francmasonería francesa. Será la célebre masonería jacobita o masonería estuardista. En esta pequeña corte, gentileshombres ya afiliados a la Orden de los Maestros Escoceses, constituida en Londres en 1659, fundan, bajo el patronato real, la Orden de San Andrés del Cardo. El ritual, de doble sentido, simboliza la reconstrucción del templo de Jerusalén por Zorobabel, pero también la restauración de los Estuardo.

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Ana Estuardo, hija de Jacobo II, entonces duque de York, y de su primera esposa, Ana Hyde, nació en Londres el 6 de febrero de 1665 y murió, también en Londres, el 12 de agosto de 1714. Fue reina de Gran Bretaña y de Irlanda de 1702 a 1714. Se había casado en 1683 con el príncipe Jorge de Dinamarca, muerto en 1708. Tuvieron diecisiete hijos, que murieron todos a temprana edad. La sucedió Jorge I de Hannover (1600-1727), rey de facto, que no se interesó por los asuntos de su reino, ignoró la lengua inglesa y vivió en Alemania con la mayor frecuencia que pudo. Jacobo III Estuardo (Jacobo Francisco Eduardo), llamado el “Caballero de San Jorge”, fue rey de derecho de 1701 a 1766. nacido en Londres el 10 de junio de 1688 y muerto en Roma el 2 de enero de 1766, el papa Clemente XI y el rey Luis XIV de Francia le reconocieron como soberano de Gran Bretaña a la muerte de su padre Jacobo II (1701). En 1719 se casó, en Roma, con la princesa Sobieska. Excluido del trono por el Acta de Establecimiento, siguió siendo pretendiente al mismo, con el apoyo de Francia, y participó formando parte de las filas francesas en la batalla de Malplaquet. Sus partidarios se sublevaron en Escocia, bajo la dirección del conde del Mar. Desembarcó allí en 1715, pero fue rechazado hasta el mar. Dado que el Tratado de Utrecht le impedía residir en Francia, se retiró a Italia, donde se casó, como hemos dicho, con la bella princesa Sobieska. Más tarde la abandonó por la condesa de Inverness, escocesa como él, lo que explica esta separación. Discípulo de Fénelon, del que fue amigo, había heredado la afabilidad y la complacencia de su abuelo Carlos I. Carlos Eduardo, Carlos III, llamado el “Pretendiente”, conde de Albany, nació en Roma el 31 de diciembre de 1720 y murió en Roma el 31 de enero de 1788. Ya desde muy joven demostró excelentes condiciones militares. Con la ayuda francesa desembarcó en Escocia en agosto de 1745. El 17 se septiembre consiguió la victoria sobre las tropas enemigas y se apoderó de Edimburgo. Volvió a vencer a sus adversarios en Prestompans, avanzó hasta Derby y venció una vez más en Falkirk, Escocia, en enero de 1746, pero fue aplastado en Culloden por el duque de Cumberland (16 de abril de 1746), a causa de la indisciplina de algunas de sus tropas. Al quedarle prohibida Francia por la Paz de Aquisgrán, se exilió a Italia bajo el nombre de conde de Albany y se casó en 1772 con la bella condesa de Stolberg, una alemana, hija del príncipe Gustavo Adolfo de Stolberg, que le engañó rápidamente con el poeta Alfieri. Desalentado por sus fracasos y desolado por sus penas conyugales, ese príncipe valiente y caballeroso se dejó arrastrar al etilismo.

Tenemos que algunos de los descendientes de Robert Bruce, que fueron reyes de Escocia o de Inglaterra, pertenecieron a la francmasonería especulativa de su época como masones aceptados y que, con toda seguridad, ocuparon el cargo de Gran Maestre, que toda logia consideraba un honor ofrecerles, para poder denominarse Logia Real. En 1874 un masón erudito, el señor de Loucelles, publicó un opúsculo. En su estudio, basándose probablemente en documentos de archivo y en tradiciones orales conservadas entonces en el seno de esta Logia Real, afirma que Jacobo I, Carlos II y Jacobo II fueron Grandes Maestres de la francmasonería operativa. En 1672 Carlos II promulgó un edicto concediendo la libertad de conciencia. En 1687 Jacobo II firmó la Declaración llamada de la indulgencia y, en 1693, promulgó el Edicto de tolerancia. Recordando el interés prestado por Carlos I a los místicos heterodoxos y su búsqueda de los escritos de Jacob Boehme, se puede considerar como posible su afiliación a la misma francmasonería operativa y su título de Gran Maestre. En cuanto a Jacobo III, no sabemos nada, salvo que al parecer prohibió a su hijo Carlos Estuardo adherirse a ella. Pero como padre e hijo vivían entonces en Roma, y el papa Clemente XII había excomulgado a los francmasones y sus sucesores pagaban a los Estuardo una pequeña pensión, esa repudiación fue quizá tan sólo aparente. En el mes de octubre de 1688 su rival Guillermo de Orange publicó en Inglaterra el Edicto de tolerancia para los no conformistas y el Edicto de libertad de conciencia para los católicos. Y en 1692 firmó la Declaración de hostilidad a toda persecución religiosa. También él fue miembro de la francmasonería operativa. Y esta tradición continuó, puesto que el uso quiere que los soberanos de Gran Bretaña sean los Grandes Maestres de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Como la reina Isabel II no puede ser iniciada, ya que la Gran Logia se muestra acerbamente opuesta a las “recepciones femeninas”, es el duque de Kent, Eduardo de Windsor, nieto del rey Jorge V, y nacido en 1935, el que asume la gran maestría. Después de él, será el actual príncipe Carlos, heredero de la corona británica, el que asumirá el cargo de Gran Maestre de la Gran Logia Unida de Inglaterra. Sin embargo, en 1985 todavía no estaba iniciado, y ciertos rumores dan a entender que no se siente nada atraído por este cargo, que su abuelo el rey Jorge VI asumió con celo y fidelidad. Parece sorprendente la pertenencia de los soberanos de Escocia y de Inglaterra a la masonería, primero operativa y luego mixta (operativo-especulativa), mientras que no se señala nada semejante en cuanto a los reyes de Francia. Se trata sólo de una carencia de documentación histórica, ya sea que la enseñanza estatal, entonces más o menos impregnada de clericalismo, ocultase voluntariamente el detalle, ya sea que los elementos masónicos, bastante inclinados a la izquierda desde finales del siglo XIX, hayan considerado útil el disimularlo. Como ejemplo tenemos que a los Estuardo se los ha presentado como dominados por la Compañía de Jesús.

Fuente: https://oldcivilizations.wordpress.com/2016/02/18/algunas-pinceladas-historicas-sobre-la-masoneria/

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