Historia Oculta: Oliver Cromwell (II)

Publicado por

(Viene de la primera parte)

El 4 de enero de 1642, Carlos I de Inglaterra irrumpe en el Parlamento, acompañado por cuatrocientos soldados, para disolver la cámara como hace siempre que sus propuestas de ley no le agradan. Esta vez, sin embargo, los parlamentarios se niegan a someterse. Tienen motivos para resistir: los rumores acerca de una posible rebelión militar encabezada por Carlos se extienden; además han estallado la guerra en Irlanda y la insurrección escocesa. La posición del monarca en Londres está derrumbándose. Pronto se oye el afilar de espadas, cuando el ejército, como la propia Inglaterra, se divide en dos. Las tropas repartidas por todo el país quedarán al mando de partidarios del rey o de partidarios del Parlamento. En las ciudades, dominadas por los burgueses y los puritanos, los militares apoyan al bando parlamentario; lo mismo sucede con la marina. En las zonas rurales, controladas por los aristócratas y la iglesia anglicana más oficialista, las guarniciones se decantan por el bando realista. Trazando una línea imaginaria, el norte de Inglaterra queda en manos de Carlos y el sur en manos del Parlamento. Es la primera guerra civil inglesa, de la que emergerá una figura destinada a cambiarlo todo.

Cromwell aparece en escena

Oliver Cromwell tenía cuarenta y tres años cuando empezó la guerra. Su experiencia bélica era nula; sabía montar a caballo y manejar una espada porque, al igual que muchos otros burgueses ingleses de su tiempo, había recibido una instrucción rudimentaria que se impartía ante la posibilidad de necesitarse convocar milicias locales para resolver situaciones de emergencia. Pero nunca había combatido y tampoco había recibido formación táctica o estratégica. Como decíamos en la primera parte, ni siquiera había dado muestras de poseer capacidad de liderazgo. Había pasado su vida administrando sus granjas y yendo a la iglesia, poco más. Ni siquiera en el Parlamento había destacado de manera particular. Sin embargo, como en su reciente etapa parlamentaria se había mostrado más activo que en su juventud y sus colegas del partido puritano apreciaban su fervor religioso y su compromiso con la causa, le dieron algunas responsabilidades. Volvió a su región natal, el condado de Cambridgeshire, para hacerse cargo del reclutamiento de soldados. De repente, el hasta entonces irrelevante Cromwell empezó a dar señales de una inesperada eficacia. Su primera hazaña fue casi propia de película de aventuras: los partidarios de Carlos I en Cambridge habían preparado un cargamento de plata para ayudar a financiar al bando realista, pero Cromwell interceptó la caravana al poco de abandonar la ciudad y después utilizó el dinero para crear un regimiento de jinetes, con el que poco después obtuvo su bautismo de fuego en diversas escaramuzas, donde puso a prueba su valor.

Consolidado como capitán de caballería, su primera actuación de entidad se produjo en el verano de 1643, en la batalla de Gainsborough. Cabalgando con sus hombres en uno de los flancos, su brillante intervención captó la atención de sus superiores, que le ascendieron al rango de coronel. Poco después, durante la batalla de Winceby, sus jinetes desbarataron a la caballería enemiga. Lo mismo sucedió en la batalla de Marston Moor, cuando Cromwell obligó a los jinetes realistas a batirse en retirada. Su prestigio militar estaba creciendo como la espuma y recibió otro ascenso, a teniente general de toda la caballería de su ejército. Sus éxitos sobre el campo de batalla resultaban sorprendentes sin duda, porque hasta entonces no había dado la impresión de tener mejores hechuras militares que el resto de parlamentarios, pero no eran éxitos producto de la casualidad. Contra todo pronóstico, estaba demostrando poseer los atributos necesarios para el mando militar. Para empezar, era combativo y valiente; siempre cabalgaba junto a sus hombres en primera línea; en una ocasión incluso sufrió una herida en el cuello (aunque no era grave, pues tras hacerse vendar regresó a la batalla). Los soldados respetaban su arrojo y no dudaban en seguir a un hombre que lideraba con el ejemplo. Otra característica  imprevista que se destapó era un fogoso carisma mesiánico; aunque la guerra era de carácter político, el factor religioso tenía también mucho peso y las arengas de Cromwell adoptaban un tono bíblico, produciendo la impresión de que no estaba librando una guerra civil, sino una cruzada. Aquella fanática convicción y su magnetismo le ganaban la adhesión incondicional de sus subordinados más creyentes, quienes sentían que, junto a Cromwell, de verdad peleaban en el bando elegido por Dios.

Esto no significa que fuese un oficial irreflexivo, al contrario. Su oratoria era mística, sin duda, y así lo recordarían quienes peleaban junto a él. Pero en cuestiones tácticas era muy pragmático. Planeaba las intervenciones de sus regimientos de caballería con la cabeza fría, prestando atención a los detalles más nimios. Era muy imaginativo a la hora de concebir sus tácticas y tenía un raro instinto para saltarse las convenciones militares cuando sentía que la situación lo requería. Por ejemplo, hacía que sus jinetes avanzasen muy juntos, rodilla con rodilla, creando una muralla impenetrable pero que cubría un frente muy reducido (algo que otros oficiales evitaban, sobre todo en campo abierto) y que la convertía en un blanco más fácil para los mosquetes. Pero Cromwell, por pura intuición, creía en la fuerza de la carga de los jinetes sobre un punto muy concreto de las líneas enemigas. Y le funcionaba, porque la mayor parte de los soldados (de ambos bandos) eran reclutas no profesionales, que no sabían cómo detener aquellos asaltos y por tanto tenían tendencia a salir en desbandada. Cromwell prohibía a sus jinetes que persiguieran a las tropas que huían, cosa que hasta entonces era costumbre porque ayudaba a desorganizar el ejército enemigo. Si sus hombres conseguían hacer retroceder al enemigo no lo perseguían, sino que se movían de inmediato a otro punto del frente para continuar participando en la acción allí donde la batalla estaba aún por decidirse. Todo esto se salía del cauce normal que los generales de la Inglaterra de su tiempo consideraban normal en el combate y convirtió a la caballería de Cromwell, los Old Ironsides, bautizados así por el apodo de su líder, en un regimiento famoso y temido. Los oficiales del bando realista, muchos de ellos aristócratas con ideas militares poco flexibles, no sabían cómo hacer frente a las imprevisibles maniobras del diabólico Cromwell. Ni siquiera sus propios superiores llegaban a entender bien sus tácticas, pero como tenían éxito y Cromwell era un subordinado leal y fiable, le dejaban hacer las cosas a su manera.

La guerra trajo un acontecimiento luctuoso. Su hijo mayor Oliver, que estaba acampado con las tropas, murió por causa del tifus. Cromwell no descuidó sus labores militares después del doloroso golpe, entre otros motivos porque otro de sus hijos estaba también en el ejército, pero es muy posible que esto contribuyese a acentuar su visión mística del conflicto y a que se tomara las cosas de modo más personal. En cualquier caso, emergió otra faceta inesperada, otra más, de su personalidad. Con su prestigio, la fe inquebrantable que despertaba en sus soldados y la autoridad moral que le confería su reciente pérdida, Cromwell empezó a sentirse autorizado para expresar su propia opinión en cuanto al modo en que era conducida la guerra. Resultó ser tan temerario con sus opiniones como en el campo de batalla, pues criticaba sin reparos incluso a quienes estaban por encima de él en el escalafón. Cromwell había detectado que esa era una de las las debilidades del bando parlamentario, más allá de su desventaja numérica, y después de conocerse algunas derrotas empezó a acusar a algunos generales de mostrar poco entusiasmo con la causa, bien porque continuaban sintiéndose cercanos al rey, bien porque pretendían curarse en salud ante la posibilidad de que el bando parlamentario terminase siendo derrotado. Los principales blancos de sus diatribas eran los generales aristócratas provenientes de la Cámara de los Lores, quienes no combatían con suficiente celo para su gusto. En otras circunstancias sus superiores quizá le hubiesen apartado de sus funciones, pero Cromwell contaba con importantes apoyos dentro del ejército, así que los nobles no se atrevieron a tocarlo. Pronto se hizo patente que la desafección entre Cromwell y el sector más aristocrático de la cúpula militar era algo más profundo que las meras quejas aisladas de un coronel de caballería. Muchos oficiales de segunda fila y combatientes de clase baja suscribían sus críticas. Incluso algunos generales, como su propio superior William Waller, se pusieron de su lado. Contra todo pronóstico, Cromwell se había convertido en el portavoz de toda una corriente interna dentro del ejército parlamentario. Ni siquiera tenía el rango de general, pero ya no se le podía silenciar, no se le podía obviar. De repente, Oliver Cromwell era alguien.

Con todo, en lo concerniente al combate se mantuvo dentro de su papel en el escalafón. Se dio cuenta de que su enfrentamiento ideológico con algunos generales podía afectar a la causa y para separar lo militar de lo político, propuso que quienes ocupasen un puesto en cualquiera de las dos cámaras renunciasen al máximo rango militar, conformándose con puestos intermedios. Así, él mismo renunciaba a ser ascendido a general, pero conseguía apartar a los nobles menos entusiastas de la comandancia. También empezó a insistir sobre la necesidad de reformar por completo el ejército. Hasta entonces era habitual que las tropas fuesen habitantes de cada región, muchos de ellos de medios modestos, que peleaban sin cobrar —porque habían sido reclutados, pero también por motivos ideológicos— y que no querían combatir lejos de sus casas porque no podían dejar abandonadas sus familias y haciendas. Cromwell proponía invertir más dinero en el reclutamiento y formación de soldados que cobrasen un salario y estuviesen por tanto dispuestos a embarcarse en campañas que los llevasen a cualquier punto geográfico requerido. En otras palabras, demandaba un ejército profesional, móvil y flexible. Al principio sus ideas fueron escuchadas con respetuoso interés pero desestimadas por el alto coste que conllevaban. Sin embargo, nuevos reveses en la guerra terminaron convenciendo a los líderes parlamentarios de que la reforma militar propuesta por Cromwell era perentoria. En 1645 se organizó el nuevo ejército, llamado New Model Army, con una estructura inspirada en las tropas que Cromwell había comandado hasta entonces. Gracias a esta reforma, además, los puritanos ganaron mayor presencia en el nuevo ejército: seguía habiendo pocos de ellos entre los altos mandos, pero abundaban en los mandos intermedios, los que estaban más en contacto con las tropas. La reforma cromwelliana del ejército fue al mismo tiempo una mejora militar sin precedentes, una inyección de poder para el partido puritano y un espaldarazo para el ascenso político del propio Cromwell. La ascendencia que tenía sobre los soldados se trasladó al terreno ideológico. Ya no era un parlamentario cualquiera; ahora se estaba convirtiendo en el hombre a escuchar en su bando.

Cuando Carlos I engañó a Cromwell

La medida de limitar el mando militar de los parlamentarios le impedía ser general, pero su intervención en batallas subsiguientes continuó siendo importante ya fuese por sus ideas tácticas o por el fuego combativo que su carismática presencia insuflaba en las tropas. En la Batalla de Naseby desbandó la caballería enemiga. En la batalla de Langport, donde su caballería se enfrentaba el último ejército de importancia que le quedaba a Carlos I, su siempre decisiva presencia ayudó a derrotar al rey. El bando realista todavía presentó una resistencia inútil durante varios meses, pero Carlos I terminó rindiéndose en 1646. El Parlamento hizo prisionero al monarca, aunque no lo arrojaron en una celda como había hecho él con sus enemigos, sino que se limitaron a mantenerlo bajo un cómodo arresto domiciliario en el palacio de Hampton Court. La intención y deseo de muchos parlamentarios continuaban siendo que Carlos I accediese a ceder buena parte de su poder a cambio de permanecer como jefe del Estado y, sobre todo, como símbolo de la nación. El propio Cromwell, cuyas opiniones políticas eran ahora muy tenidas en cuenta, se mostraba partidario de mantener al Estuardo en el trono siempre que aceptase todas las condiciones que le fuesen impuestas. Condiciones que Cromwell, reformista pero todavía monárquico, consideraba razonables.

Cuando el Parlamento se estaba reuniendo para debatir sobre la forma de proceder con Carlos I, Cromwell enfermó y estuvo postrado en la cama durante semanas. Se recuperó y regresó a su asiento en la cámara de los Comunes para encontrarse con que el bando vencedor estaba fragmentado, al borde incluso de una ruptura violenta. El sector moderado, personificado en aquellos mismos lores a quienes Cromwell había criticado durante la guerra, deseaba acelerar la reposición del monarca como única garantía de acabar con la inestabilidad que, pese al fin de la guerra, continuaba asolando las islas británicas. Por el contrario, los comunes puritanos preferían esperar a que Carlos se dignase aceptar todas las condiciones y pensaban que devolverle el trono antes de tiempo haría que la guerra se hubiese peleado a cambio de nada. Esto no era todo, pues otra grieta mucho más peligrosa se había abierto en el bando parlamentario: los lores pretendían disolver el New Model Army porque pensaban que se estaba radicalizando con rapidez. En efecto, dentro del ejército habían surgido grupos extremistas de toda condición, algunos muy minoritarios pero cercanos a posturas republicanas que podrían ser definidas como antecedentes del socialismo o incluso del anarquismo. El grupo más peligroso, por lo menos a ojos de los lores, pregonaba la soberanía popular mediante un sufragio que incluyese a todas las clases sociales y un igualitarismo económico con reparto equitativo de tierras y bienes, inspirado en el libro bíblico de Hechos de los Apóstoles, donde se describe cómo algunos de los primeros seguidores de Jesús de Nazaret mantenían todas sus posesiones en común. Esa facción era conocida como los Levellers, o «niveladores», un apodo más bien despectivo cuya invención se atribuyó al propio Cromwell, a quien disgustaba la idea de «nivelar el país desde abajo». Los Levellers más radicales llegaban a defender la necesidad de asesinar al rey. Aunque fuesen minoritarios y Cromwell les tuviese cierta antipatía, hacían un ruido considerable. Lo mismo sucedía con otros grupúsculos radicales, pero eso no implicaba que los comunes estuviesen dispuestos a que los lores utilizaran como excusa la presencia de extremistas para disolver el New Model Army, principal herramienta de influencia de los puritanos.

El bando parlamentario, pues, había ganado la guerra para encontrarse al borde de un terremoto interno. Cromwell quería evitarlo y salvar lo que, en su opinión, era lo prioritario: la inmediata construcción de una democracia estable basada en la reforma de la monarquía parlamentaria. Con esta voluntad pacificadora, accedió a ejercer como portavoz entre los lores y los oficiales más radicales del New Model Army, pero ni siquiera él, quizá el hombre más respetado por los soldados ingleses, pudo resolver la situación, porque los lores y los moderados consiguieron que el Parlamento dejase de pagar los salarios de la tropa, alegando falta de fondos, para desactivar a los extremistas. Esto escandalizó a los puritanos y en ese momento de su carrera Oliver Cromwell se encontró atrapado entre los defensores del mantenimiento del New Model Army, sector al que pertenecía ideológicamente, y el sector aristocrático, al cual, pese a todas sus diferencias, consideraba necesario escuchar para devolver la estabilidad a la nación.

Entretanto, Carlos I hizo lo que parecía lógico: en cuanto supo que ciertos grupos hablaban de quitarle la vida, intentó escapar. Esto apenas sorprendió a nadie más allá, claro, del hecho de que estuviese a punto de conseguirlo. Tras sortear la vigilancia en su arresto domiciliario se dirigió a la isla de Wight, donde pretendía embarcar con rumbo al continente. En una jugada más bien ingenua, se presentó ante Robert Hammond, oficial del New Model Army que había combatido a las órdenes de Cromwell y que ahora comandaba la guarnición local de la isla. El rey había conocido a Hammond en una ocasión anterior, en la que el oficial se había mostrado tan solícito que Carlos pensó que en el fondo simpatizaba con la causa realista y que por ello le ayudaría a salir del país. Se equivocó. Hammond retuvo a Carlos y se apresuró a comunicar su paradero al Parlamento. Cromwell, que a esas alturas parecía ser la única figura política capaz de inspirar cierto consenso o por lo menos confianza en todas las partes, volvió a dar un paso adelante y se ofreció para negociar en persona con el rey. Carlos accedió y ambos acordaron unas líneas generales sobre las que discutir. Cromwell debía de sentirse aliviado pensando que se encontraba más cerca de una solución pactada, y con ayuda de su yerno empezó a redactar un cuidadoso pliego que contenía las condiciones que Carlos debía aceptar y firmar para volver al trono. Cromwell creía estar a punto de posibilitar la paz en un país que se estaba derrumbando.

Esta vez fue Cromwell el ingenuo. Mientras confiaba en la buena fe del rey, Carlos I consiguió llegar a un acuerdo secreto con los Covenanters escoceses, los mismos que poco antes se habían rebelado contra él por causas religiosas. ¿Cómo lo hizo? Les prometió que si volvía al trono profundizaría en la Reforma protestante, principal demanda de los rebeldes escoceses. Así, en mayo de 1648, los Covenanters atacaron el norte de Inglaterra en nombre del rey, lo cual dejó descolocado al Parlamento y animó a los partidarios del rey, que protagonizaron otras revueltas en diversas partes de Inglaterra. Para colmo, los rebeldes católicos irlandeses, que ahora se hacían llamar Confederados, también ofrecieron su alianza al rey, pensando que estarían mejor bajo el reinado del procatólico Carlos I que afrontando las represalias de una Inglaterra gobernada por los puritanos. Esto marcaba el comienzo de la Segunda guerra civil, cuando todavía no se habían asentado las cenizas de la primera. Cromwell, al darse cuenta de que Carlos había estado tomándole el pelo, se enfureció. Su deseo de compromiso con el monarca se hizo añicos en ese mismo instante y empezó a mostrarse contrario a llegar a cualquier tipo de acuerdo. Ahora también Cromwell pretendía sentar al rey ante un tribunal.

El segundo episodio de las guerras civiles inglesas no duró demasiado. El New Model Army, gracias a las reformas cromwellianas, era un ejército mucho más curtido y profesional, dotado de un nivel de organización del que carecían sus enemigos. Las distintas guarniciones no tardaron en apagar las revueltas realistas a nivel local mientras los Covenanters escoceses eran vencidos con mayor facilidad de la prevista. Cromwell, que acababa de cumplir cincuenta años, fue promovido al cargo de teniente general, segundo puesto en el escalafón militar solo por debajo de Thomas Fairfax, uno de los pocos generales que inspiraban tanto respeto como él. En sus respectivos frentes, ambos finiquitaron la guerra sin problemas. Mientras Fairfax vencía a los realistas en Colchester, Cromwell dirigió por primera vez a todas las tropas del campo de batalla (y no solamente a la caballería) en la batalla de Preston. Era su debut como general, en el que, pese a estar en inferioridad numérica, asestó el golpe definitivo al ejército combinado de escoceses y realistas ingleses. Carlos I, derrotado por segunda vez sobre los campos de batalla, volvió a rendirse.

La Purga de Pride

El rey fue puesto en custodia una vez más. Se ofreció a negociar, intuyendo que una mayoría de parlamentarios continuaba queriendo llegar a un acuerdo. El asunto fue sometido a votación en el Parlamento y ganaron los partidarios de pactar con el rey por una mayoría cualificada de ciento veintinueve votos frente a ochenta y tres. Pero un factor había cambiado en la ecuación, y ese factor era Oliver Cromwell. Su negativa a negociar era bien conocida de todos; es verdad que sus fallidas intervenciones políticas lo habían dejado escaldado, pues tanto el rey como los lores le habían engañado en las dos ocasiones en que se había ofrecido a interceder; ahora, reticente ante la idea de continuar poniendo la otra mejilla, parecía querer mantenerse en un segundo plano. Sin embargo, era el hombre más respetado en el partido puritano y en el New Model Army, que eran casi la misma cosa. Ya ni siquiera necesitaba ponerse en primera fila para ejercer su influencia.

En cuanto se supo que la cámara había aprobado nuevas negociaciones con el monarca, sucedió algo inesperado. En 1648, siete años después de que Carlos I hubiese irrumpido en el Parlamento por la fuerza y después de dos guerras civiles, un contingente del New Model Army, encabezado por el coronel Thomas Pride, volvía a ocupar el órgano legislativo. Pride se apostó en la entrada de la cámara e impidió el acceso a aquellos parlamentarios que todavía se atreviesen a defender la opción de negociar. Cuarenta y cinco fueron detenidos, aunque serían liberados durante las posteriores semanas. Hubo noventa que, pese a no ser detenidos, rehusaron volver a una cámara tutelada por los militares. Quienes permanecieron en el Parlamento fueron quienes habían acusado al rey de traición desde un principio, o bien quienes firmaron un documento desdiciéndose de sus opiniones anteriores. Este Parlamento fue apodado Rump Parliament, o «Parlamento rabadilla», porque así como la rabadilla era considerada una prolongación inútil de la columna vertebral, la nueva cámara estaba hecha de retales, de lo que había quedado tras la purga. En otras palabras: era un Parlamento formado por integrantes del partido puritano o por aquellos que aceptaron someterse al dominio del partido puritano.

El ejército acababa de protagonizar un golpe de Estado, pero ¿quién estaba detrás? Fue un golpe peculiar, porque nadie dio un paso adelante para hacerse con el poder. Thomas Pride, todos lo entendieron, era un mero brazo ejecutor. El partido puritano, pese a su ascendencia sobre las tropas, no podía haber organizado el golpe sin la aquiescencia de los dos únicos hombres con autoridad suficiente en las fuerzas armadas: Thomas Fairfax, comandante en jefe del ejército, y Oliver Cromwell, su segundo. Ninguno de los dos se dejó ver durante el golpe. Tampoco quisieron tener un papel protagonista en los acontecimientos políticos que se desencadenaron justo a continuación. Pero es fácil deducir que como mínimo tuvieron que dar el visto bueno. En el caso de Fairfax es fácil de explicar que no se situara a la cabeza visible del golpe, pues no era tan radical como muchos oficiales del New Model Army y tampoco tenía hechuras ni vocación de gobernante; es más, era notorio su desinterés por involucrarse más de la cuenta en cuestiones políticas. En cuanto a Cromwell, tampoco hubo evidencias de su implicación, aunque ciertos detalles causaban suspicacia. Por ejemplo, antes del golpe se encontraba fuera de Londres, acampado con las tropas, pero regresó a la capital justo el día en que se produjo la purga. Otro detalle significativo es que no se expresó en contra del suceso, como ya acostumbraba a hacer cada vez que una cuestión política le disgustaba, así que sin duda los golpistas contaban con su apoyo moral. Sin embargo, al igual que Fairfax, Cromwell prefirió mantener un perfil bajo. Así pues, fuera quien fuese el verdadero cabecilla del golpe, no quería apoderarse del poder de forma nominal, sino limitarse a imponer unas determinadas ideas y, en especial, evitar que se negociase con el rey. En la opinión de la mayoría de los historiadores, y yo estoy de acuerdo, esta inusual maniobra tiene estampada la firma de Cromwell y supuso el inicio de su tutela efectiva sobre Inglaterra. De hecho, en ocasiones posteriores se comportaría igual, ejerciendo como implacable guardián moral de la nación e interviniendo por la fuerza cuando el curso de los acontecimientos le contrariaba, pero al mismo tiempo mostrándose poco entusiasta ante la posibilidad de personificar el poder en sí mismo. La singular idiosincrasia de Cromwell encaja a la perfección con la naturaleza correctiva y autoritaria, pero no exactamente dictatorial, de aquel golpe de Estado.

La purga política se extendió a todo el país y se produjo una veloz campaña de represalias contra los partidarios del rey, que no ayudó a mejorar la imagen pública del Parlamento rabadilla. Una de las más célebres ejecuciones fue la triple decapitación de antiguos generales del mando realista, suceso que demostró la determinación de los puritanos a la hora de mutilar la influencia realista en el país. El escocés James Hamilton, uno de los asesores personales de Carlos, fue hecho prisionero por Cromwell en el campo de batalla; sometido a juicio, se le declaró culpable de traición y fue condenado a muerte. Otro general ennoblecido, Arthur Capell, se había entregado a Fairfax con la promesa de que su vida sería respetada. Al intuir que la promesa podría no ser cumplida, pues su destino dependía no del honesto Fairfax sino del voto de un Parlamento purgado por los puritanos, Capell escapó de la Torre de Londres gracias a un elaborado plan que falló cuando uno de sus compinches, el barquero que debía transportarlo a lo largo del Támesis hacia la libertad, decidió entregarlo en el último momento. Un tercer general realista, Henry Rich, fue también juzgado y condenado a muerte, pero su estado de salud era tan deficiente que los médicos sospechaban que estaba a punto de fallecer por causas naturales. Un grupo de mujeres de la nobleza presentó una petición al Parlamento, intentando enternecer a los diputados y solicitando que, con naturaleza excepcional, se dispensara a Rich de pisar el cadalso y se le permitiese morir en la cama. La petición fue votada y se produjo un inesperado empate. El presidente del Parlamento, William Lenthal, se resistía a la ejecución (después se empeñó en salvar la vida a otros realistas, como una especie de Schlinder del Parlamento), pero cedió a las presiones del sector duro de los puritanos y votó a favor de que Rich fuese decapitado junto con los otros dos. La ejecución de los generales tuvo un efecto dramático: pese a que en aquella época las decapitaciones eran frecuentes, esta campaña de represalias produjo una honda impresión en el público. Lo más difícil de contemplar en el día de las ejecuciones fue el estado de Henry Rich, quien tenía, en efecto, muy mal aspecto, porque en los últimos días no había sido capaz de comer ni dormir. Tras perdonar al verdugo y regalarle el dinero que llevaba encima, Rich se postró sobre el tajo. Su decapitación produjo una cantidad tan inusualmente escasa de sangre que los observadores se preguntaron si no había sido demasiado cruel impedirle terminar sus días como el hombre gravemente enfermo que era.

Estas y otras ejecuciones tenían un carácter no tanto vindicativo como ejemplarizante. Eran desagradables y para pocos parlamentarios supusieron un plato de buen gusto. La votación donde fueron aprobadas in extremis había demostrado que no todos los miembros del radicalizado Parlamento rabadilla eran partidarios de prolongar la sangría. Lo que no deja de llamar la atención es que las promesas de clemencia formuladas por Cromwell a los generales enemigos que había capturado en persona fuesen más respetadas que las promesas hechas por Fairfax, que era su superior. Valga una muestra: los tres principales líderes de las revueltas realistas de Gales —John Poyer, Rice Powell y Rowland Laugharne— se habían rendido ante Cromwell con la condición de que uno solo de ellos sería ejecutado en caso de sentencia de muerte. Se cumplió el trato y los tres prisioneros, una vez condenados por el Parlamento, echaron a suertes quién había de morir (lo hicieron mediante el procedimiento de elegir la ramita más corta). El desafortunado fue John Poyer, que a continuación fue fusilado por un pelotón de mosqueteros. La promesa de Cromwell sí se había cumplido cuando ya hemos visto que las formuladas por Fairfax no tenían tanto peso. En cualquier caso, las purgas realistas emprendidas por un Parlamento purgado a manos del ejército no estarían completas sin un último juicio: el del propio Carlos I. No existían precedentes legales para sentar a un rey en ejercicio en el banquillo. Desde el resto de Europa, la posibilidad era contemplada con una mezcla de asombro y horror; en el siglo XVII, las sociedades monárquicas no estaban preparadas para concebir un suceso semejante. Tampoco en Inglaterra parecía un proceso de fácil asimilación; la mayoría de ciudadanos y de políticos estimaban que esa idea era aberrante. Pero había un hombre a quien sí le parecía deseable. Ocho años atrás nadie había oído hablar de ese hombre; ahora Oliver Cromwell estaba dispuesto a conseguir, a cualquier precio, que el filo de un hacha terminase con el reinado de un monarca legítimo, siglo y medio antes de que estallase la Revolución francesa. Esto significaba que Cromwell tenía que echar un pulso a la mayoría de sus colegas; la pregunta era si todavía quedaba alguien en el país con la capacidad de resistir ese pulso.

(Continuará)

Fuente: http://www.jotdown.es/2017/02/oliver-cromwell-ii-new-model-army/

https://educacionlibreysoberana.wordpress.com/2017/02/18/historia-oliver-cromwell-ii/

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s